Intro.

En el bar de la camarera atractiva. A Rekmer no le parece bien que sólo ése sea el motivo. Pero el resto va a ser historia.

La historia de una construcción, del nacimiento de una Generación. Una generación abrumada e infoxicada. Una generación que sueña con emular a héroes de hace cien años (o menos) y que pasa muchas mañanas llorando alrededor de un café, platicando sobre sí mismos, haciendo tertulia sobre la propia Generación, sabiendo, en el fondo, que no llegarán a nada y que las pretensiones creativas a las que aspiran son difíciles de cumplir.

Primero porque son febriles, con ciertos rasgos hedonistas. Lo mismo da hablar de literatura, que de música, que de cine, que de política, que de derechos, que de Internet, que de…, que de… Y puntos suspensivos… Un hedonismo consumidor que consume, valga la redundancia, el tiempo que se habría de dedicar a la propia creación. Por eso, además de hablar, hay que leer, escuchar, visionar, arengar, clickar y gritar. Y claro, el que mucho abarca… Puntos suspensivos.

Pero, otra vez, en el fondo, tampoco está mal. Eso que la Generación se lleva por delante. Libros, discos, películas y retuits. Y, a veces, caminatas en manifestaciones, escucha en actos subversivos y cervezas en librerías que hacen las veces de disquería y de estudio de tatuajes. Todo da experiencia, puntos de nivel, como en los juegos de rol y, quién sabe, con la edad, puede que esa experiencia se haga carne.

Pero, claro, lo quieren ahora. En realidad, además de febriles hedonistas, son primarios y quieren que la explosión generacional estalle ya, con treintaytantos. Porque son viejos comparados con los héroes del siglo XX (y puede que hasta XIX) pero jóvenes en el XXI. Una encrucijada evolutiva con la que tendrán que lidiar. Pues sea: al toro.

La Generación. La Generación Rekmer. El nombre ya está y el andamiaje, en parte, también. Es como si, permítanme el símil, hubiesen decidido practicar el footing y ya se hubiesen comprado las zapatillas. Ahora sólo hace falta librarse de la galbana y salir a la calle a desgastar suela. Y tener constancia en el ejercicio. Oh. Constancia y ejercicio. ¿No habíamos quedado en que eran hedonistas y primarios? Todo no se puede. ¿Cómo van a tener tiempo los miembros de la Generación si tienen que leer revistas, ver series, tomar vinos y cafés, comentar libros, compartir fotos en Facebook, ir al fútbol, hacer el amor con sus mujeres, escribir en blogs, cenar (de vez en cuando), trabajar (incluso), visitar librerías que son, a la vez, disquerías y estudios de tatuajes, descargar películas, inaugurar exposiciones (no de ellos), emborracharse, conducir, viajar, ir al pueblo, donar dinero a ONG’s, asistir a reuniones de vecinos, beber cerveza y té, escuchar emepetrés, vinilos y CD’s, quedar con amigos del trabajo, con amigos de siempre, con amigos de las mujeres, con amigos de la Universidad, del colegio y del instituto, follar (que no hacer el amor), tuitear, retuitear y crear hashtags, trasnochar, estudiar, dibujar y/o pintar, ir a la montaña y/o a la playa, grabar cortometrajes, hacer radio, enfermar y sanar, fumar y dejar de fumar (constantemente) y localizar camareras de bares atractivas?, ¿cómo? Una encrucijada ocupacional con la que tendrán que lidiar. Pues sea: al toro.

Al toro, por los cuernos. Y por los pelos. Aunque de esto, a estas alturas, más bien poco. De lo otro esperan que también. O mejor nada. Pero claro, ellas, las consortes, tienen que lidiar (al toro) con una amante absorbente: Rekmer, la Generación. Han de convivir con la dedicación improductiva que supone levantar un movimiento como éste e incluso han de adherirse, sin fisuras a los (aún) indefinidos preceptos que lo definen… Pero todo se andará.

Soportar la febrícula de turno, asintiendo, al principio, como a los tontos (que lo son) y bajando(les) a la tierra, después, cansadas ya de tanto devaneo y tanto vuelo sin motor, de tanta inopia y tanta luna de Valencia, de tanto cántaro lleno de leche derramada. Tanta respuesta y esfuerzo sin recompensa. Porque ellos, los creadores sin creación, no cederán, por muy objetiva, palpable y manifiesta que sea la realidad. Hay que seguir, sin rumbo y sin objetivos, pero sin parar. Disfrutar del camino, sin pensar en la meta.

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