Invisible

edusohistorias‘Invisible’ es el relato que he escrito para el libro “#EdusoHistorias: un viaje por la Educación Social”. Espero que la lectura de esta historia protagonizada por Ella sea de vuestro agrado y sirva para explicar o tratar de explicar qué tipo de textos son los que podéis encontrar en dicha obra, de la que podéis haceros con un ejemplar a través de este enlace a la plataforma Bubok. Os dejo con Ella.

– Yo sólo quiero ir al instituto. Yo sólo quiero estudiar.

Podría habérmelo tomado a broma pero su tono no denotaba chanza. Resultaba curioso encontrarse con una adolescente que manifestase su deseo de querer asistir a clase, de querer estudiar, más que nada porque, precisamente, uno no estaba acostumbrado a toparse con chavales así en el trabajo.

– Yo veo a las otras niñas yendo a clase y estando en el parque y quiero ser como ellas.
– ¿Y por qué no eres como ellas? – le pregunto.
– Porque no salgo de casa.
– ¿Y por qué no sales de casa?
– Porque no me dejan.

Ella tiene 15 años. No tiene móvil. Llama desde una cabina y lo hace en el momento en el que sabe que sus familiares no la ven. No la ven. Ni sus familiares ni nadie. Es invisible. No la conoce nadie. Yo tampoco veo su cara. Su voz suena a resignación y a pena pero es como si ese rostro que yo no veo se iluminase al expresar sus deseos de estudiar.

– Sólo pueden ir al colegio mis hermanos pequeños. Yo me tengo que quedar en casa. Y no puedo salir a la calle más que para hacer algunos recados.
– ¿Por qué?
– Mi padre no me deja ir al colegio desde hace tres años. Mi padre quiere que me case.
– ¿Y si no lo haces?, ¿y si le desobedeces?
– Mi padre me pega.
– ¿Y tu madre?
– Mi madre nos abandonó a mí y a mi padre. Mi padre se volvió a casar y tuvo a mis hermanos.

Llama desde una cabina con el tiempo justo. Tiene que volver a casa. Un hogar en el que Ella no está empadronada. Su padre, su madrastra y sus hermanos sí. En casa, en silencio. Sin hablar con nadie. Invisible. Inaudible. Tiene que volver a casa y estar en ella sin rechistar.

– A veces voy al médico. Cuando estoy enferma o me pasa algo. Pero no le digo nada de lo que me ocurre. Me acompaña la esposa de mi padre.
– Y además del médico, ¿te conoce alguien más en el pueblo?, ¿tu familia tiene relación con alguien más?
– De vez en cuando, viene una asistenta social a casa. Cuando lo hace, yo me escondo.
– ¿Amigas o amigos?
– No. Apenas salgo. Mi padre no quiere que lo haga para que no beba, ni fume. En realidad, mi padre me quiere mucho y me protege de las cosas malas.

Ella es invisible gracias a su padre.

– No creo que sea algo que tengas que agradecer, ¿no? – le pregunto.
– No sé… Yo sólo quiero estudiar y casarme después de que haya estudiado algo, de que haya aprendido una profesión. No quiero casarme ahora.
– ¿Casarte ahora?
– El año que viene me llevan a mi país para casarme con un chico al que no conozco. Sé que lo hacen por mi bien, pero yo ahora no quiero casarme.

Ella se tiene que casar con alguien que también es invisible para ella. Y viceversa. Y es por su bien. Dice Ella. Cree Ella.

– Creo que has sido muy valiente por llamarnos, Ella.
– Gracias.
– Y con lo que nos has contado tenemos que hacer algo.
– ¿Voy a poder ir a la escuela?
– Vamos a hacer todo lo posible para que así sea. De momento, tenemos que informar de que existes, Ella. Tienes que dejar de ser invisible.
– Pero mi padre se va a enfadar mucho.
– Por eso no te preocupes.
– Mira, te doy las gracias, pero casi mejor que lo dejamos. No quiero que mi padre se entere de que he llamado aquí.
– Pero ya no podemos dejarlo, Ella.

Claro que ha sido valiente. Se ha dejado ver (¿o debería decir oír?) a través del teléfono. Dejar de ser invisible en una cabina. Como Superman. Hay que reforzar y empujar. Esta chavala merece ser vista, escuchada, tocada, olida, sentida, querida.

– Nosotros, Ella, ahora vamos a hacer los movimientos necesarios para ayudarte. Para que puedas ir a clase, para que puedas estar con chicas y chicos de tu edad, para que te cases cuando tú decidas casarte y con quien tú quieras. Ahora volverás a casa y te comportarás como siempre. Mañana, como hoy, cuando vuelvas a hacer tus recados, nos vuelves a llamar desde la cabina y te daré nuevas instrucciones, ¿vale?
– No sé. Tengo miedo.
– Claro, es normal. Pero eres una chica muy valiente y nosotros te vamos a proteger. Ya verás como todo va a salir bien.
– No sé. Supongo que si quiero estudiar, tendré que arriesgar, ¿verdad?
– Sí, pero te prometo que todo va a salir bien.

Uf. “Te prometo que todo va a salir bien”. No se puede fallar. No puedo fallar.

– No me lo puedo creer. He ido a esa casa cientos de veces y allí sólo he visto a dos niños, nada de adolescentes de 15 años. Es increíble – expresa la trabajadora social.
– Te entiendo. Es una chavala invisible. Y sí, es una historia increíble.
– Después de recibir vuestro informe, llamé al médico del pueblo y, efectivamente, conoce a Ella.
– Pero él no sabía nada de su situación, ¿verdad?
– Así es.
– Ahora lo importante es que quedéis con Ella, la hagáis entender que tiene que salir de esa casa y, sobre todo, hacerlo sin que su padre se entere.
– Claro. La sacaremos y, una vez esté fuera, informaremos a su padre.
– ¿Y como haremos para que os veáis? – me inquieto.
– Cuando te llame luego, dile que mañana esté a esa misma hora en la que te llama en la cabina y que yo acudiré allí.
– De acuerdo.

Ha sido un fin de semana raro. La cita de Ella con la trabajadora social era ayer, viernes, y no he podido hablar con ésta. Me asaltan dudas y preocupaciones. ¿Entendería bien Ella mis indicaciones?, ¿acudirán ambas puntuales?, ¿se habrá enterado su padre de algo?, ¿le habrá notado rara a Ella?, ¿se la habrán llevado del pueblo? Quién me iba a decir a mí que iba a estar deseando que llegase el lunes.

– Todo ha salido bien. Ella está en un centro de acogida. Está en un grupo muy majo y, por lo que me ha dicho, las Educadoras y los Educadores del hogar también lo son.
– Joder, cómo me alegro. Ella ya no es invisible.
– Así es.

Ella ya no es invisible aunque yo siga sin verla. Me la imagino yendo a clase, con una mochila cargada de libros y cuadernos, preparada para recuperar el tiempo perdido, el tiempo que le han robado. Reservada, acercándose tímidamente a chicos y chicas de su edad. Y yo, ahora sí, con muchas ganas de que llegue el fin de semana.

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