Faustino en el parque.

Faustino acude cada mañana y cada tarde con una bolsa de chucherías al parque. Al parque con columpios. Con columpios y niños. Y padres. Faustino llega al parque, se sienta en un banco y observa. Mira a los niños, a los columpios. No se fija en los padres.

De vez en cuando, echa un vistazo a la pantalla de su celular. Un viejo teléfono. Lo mira y lo vuelve a guardar en la misma bolsa en la que lleva los dulces y los frutos secos. Allí mismo. Guarda el teléfono móvil con las chucherías y vuelve a mirar a los niños.

Tampoco son muchos los padres que se percatan de la presencia del sudamericano en un banco del parque. Un banco del parque en el que están sus hijos. Cerca de sus hijos. Pero algunos padres sí lo hacen. Y hablan. Y comentan entre ellos. Y se preguntan cosas. Al principio, de forma tímida para, poco a poco, ir especulando con más intensidad. Qué hace ahí, a diario, cada mañana, cada tarde, con una bolsa de plástico, solo, mirando a los niños. A sus niños. Y sacando un móvil. Sacando un teléfono de la bolsa de plástico. ¿No hará fotos a los niños?, ¿qué más lleva en esa bolsa?

Faustino nunca se acerca a los padres. Nunca se sienta en un banco que pueda estar ocupado por un adulto pero tampoco en uno que le reste visibilidad a los infantes. En cambio, una tarde, dos padres sí dan el paso y se sientan al lado de Faustino. Y le preguntan a ver qué hace allí. Y miran las chucherías en su bolsa de plástico, junto al celular. Y Faustino les responde que mirar a los niños, que le gusta mucho observar cómo juegan. Y a un padre esta respuesta no le sienta bien y le dice que se vaya y que no quiere volver a verle en ese parque.

Faustino no entiende nada. No entiende nada pero deja el parque con los ojos anegados de lágrimas y la mirada amenazante de los padres clavada en su nuca. Faustino saca el viejo teléfono, lo abre y vuelve a leer el mensaje de su esposa. Ese mensaje parco en el que le anunciaba que el médico le había dicho que Faustino no va a tener descendencia. Ese mensaje recibido hace más de un año.

Faustino no puede tener hijos y no puede ver jugar a los hijos de otros en el parque. No puede acercarse a sentir, a través de la observación, algunas de las cosas que tienen que sentir los que sí han podido ser padres. No, al menos, en ese parque.

PD: imagen procede de Paredes que Hablan

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