El vómito de mi hijo marca el camino.


Nicolás vomitó el otro día sobre una cuartilla que he llevado este verano al pueblo con la intención de anotar en ella ideas, reflexiones o incluso para tratar de iniciar relatos o cuentos. Una crítica demoledora la de mi vástago, sin duda.
 

Yo pensaba que dos semanas de asueto, en un ambiente rural, me iban a permitir, además de mover el gaznate, leer y escribir. De lo segundo, algo hemos hecho. De lo primero, muy poco. De comer, mucho.

 Meros anticipos, avances, frases introductorias. Naderías. Cigotos en tinta azul que no prosperan. Bobadas para venir aquí y deciros que me llevé un cuaderno al pueblo para nada, pero que, eh, lo intenté.

 Me escudo en las fiestas, los almuerzos, los cafés, los baños en las piscinas municipales, el marcaje al hombre sobre Nicolás, las excursiones, el poteo, la cerveza en jarra de barro en la plaza (y en la foto), los cigarros, las siestas de dos horas, el paseo hasta la barca y la lectura, también, de libros, periódicos y revistas.

 Leía a no sé quién sobre no sé qué autor que antes de escribir también hay que practicar y entrenar la mirada. Y la escucha, supongo. Y también el tacto y el olfato. Bueno, si hablamos de mirar, escuchar, degustar, oler o tocar me surgen algunos fogonazos: los rótulos de las tiendas; los panteones de los caídos en la guerra civil; los caballos atravesando el Ebro con el agua hasta el cuello; las cada vez más bonitas etiquetas de las botellas de vino; las huertas y las vides; las señoras ataviadas de hawaianas; los salmos en una misa evangélica; El Tubo en Zaragoza; el mauritano expurgando la tierra; la antigua conservera en ruinas, el antiguo seminario en ruinas; el gozo libre de Nicolás; el vómito de Nicolás.

 La pota de mi hijo sobre mi cuaderno marca el camino. Es el motor de arranque de unas cuantas líneas más en este espacio para hacer lo que más nos gusta hacer a los que, ahora mismo, no tenemos nada que decir: decir que no tenemos nada que decir. ¿Y para qué decir que no tenemos nada que decir? La verdad es que no lo sé pero da igual. Ya que empecé con la gracia del devuelto del crío sobre el cuaderno, vamos a terminarlo. Sirve para marcar, avanzar o retroceder. Está bien. Una crítica demoledora pero constructiva.

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