Zampachourizos

Y se hizo la luz. Y todos los que contemplaron aquel hito era la primera vez que veían esa calle de la aldea iluminada en plena noche. Muchos, incluso, era la primera vez que veían luz artificial. Todo gracias a Paquiño. Todo gracias a Zampachourizos.

Francisco, Paquiño, Zampachourizos acababa de regresar a Galicia. Volvía a su casa. Reconectaba con sus orígenes. Tornaba atraído por la ancestralidad de su tierra, de sus costumbres y sus tradiciones. Aún a pesar de su esposa. Aún a pesar de que la experiencia por tierras vascas había funcionado y se había granjeado un porvenir en aquellos grises territorios. A pesar de todo. Él tenía que volver para quedarse.

Precisamente las capacidades adquiridas durante la experiencia como emigrante le habían posibilitado esta vuelta. Tras formarse como operario telefónico y adquirir competencias sobre la red eléctrica, pronto buscó la oportunidad de plasmar esos conocimientos en su origen, sabedor de que, por aquel entonces, muchas zonas de Galicia eran deficitarias en ese tipo de instalaciones.

Y así fue. Pronto tuvo la suerte de que le llamaran para ejercer de operario en la provincia de Orense. Y allí fue. Y allí se instaló, aunque la mayor parte de la jornada la pasaba de villorrio en villorrio, en una pequeña furgoneta en la que portaba sus herramientas y una pequeña escalera con la que encaramarse a los postes de la luz o a los inhabituales tendidos eléctricos de las aldeas.

Farolas, bombillas, teléfono en el ultramarinos… Paquiño acercaba el progreso a los concellos. Francisco recorría los pueblos llevando claridad, conexión, luminosidad y contactos… Paquiño visibilizaba, con su trabajo, a estas pequeñas comunidades. Francisco llevaba la luz y los lugareños lo agradecían. A su modo. En la forma en que los gallegos mejor saben reconocer las buenas acciones: con comida.

Importantes agasajos culinarios se llevaba Paquiño para casa cada día. Chorizos, jamones, lacón, tocino, las mejores piezas derivadas de la matanza. Los mejores filetes de ternera. Y casi siempre, antes de partir al hogar, un caneco de vino con los paisanos con la consiguiente ración de criollo o de raxo.

Paquiño agradecía la correspondencia de los vecinos y aunque su labor ya fuese reconocida con el sueldo que percibía por ejercer su trabajo, no rechazaba los presentes. Siempre había tenido demasiada buena boca como para decir que no a semejantes manjares. Por algo era conocido como Zampachourizos. Además, como buen gallego, siempre había sido un gran ahorrador, una pequeña hormiguita que guardaba y guardaba como para decir que no a un caudal que le permitía no gastar nada en alimentación.

Aldea tras aldea, poste de la luz tras poste de la luz, chorizo a chorizo durante años, Paquiño fue consiguiendo lo que buscaba con su retorno: rescatar esos olores, esos sabores y esos sentimientos que llevaba consigo desde su más tierna infancia, recuperación que adquiría arrimándose a una pequeña lumbre, sentado en el banco de piedra del caserón, alrededor de una mesa repleta de carnes, platicando, de forma parca, con los complacidos anfitriones.

Pero Zampachourizos también consiguió, desgraciadamente para él, otra cosa: en principio, aumentar considerablemente de peso. Del figurín que volvió de Bilbao pasó a convertirse en un hombre con un excesivo sobrepeso. Kilos de más que, tiempo después, empezarían a menguar de forma poco lógica ya que Francisco, Zampachourizos, seguía haciendo honor a su apodo. A dicha pérdida de peso, le acompañarían unos intensos dolores estomacales a los que, a pesar de ello, tampoco él dio excesiva importancia. Las molestias eran compensadas con las pitanzas y con el alimento espiritual que también obtenía través de ellas.

Y se hizo la luz. Y los médicos que abrieron a Zampachourizos en el quirófano vieron que ya no había mucho que hacer. Y corroboraban que una mala alimentación basada en un exceso de carnes rojas y grasas, asociada, probablemente, a una predisposición genética, se llevaba a un hombre hecho a sí mismo, que volvió a su tierra natal para llevar luz y para quedarse para siempre.

* La fotografía que acompaña este cuento, la he encontrado en Flickr, bajo licencia CC, y su autor es Isidro Cea.

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