Realidades

Trajeron sus autorizaciones firmadas. Sus mochilas. Un pequeño sandwich y un botellín de agua en ellas. Su calzado deportivo y su ropa cómoda. Y sobre todo sus caras. Sonrisas y ojos iluminados ante las perspectiva de pasar la jornada escolar fuera de la propia escuela.

También la suya transmitía ilusión. También la suya, tiznada de negro en la mejilla izquierda. También la suya, afeada por una enorme legaña que no le habían quitado del párpado de su ojo derecho. También la suya ofrecía una perspectiva animosa. Su cara era como la de los demás alumnos pero su ropa no. Su rostro resultaba igual de feliz pero no tenía mochila. Traía un ennegrecido plátano en una bolsa de plástico del supermercado. Sí llevaba una botellita de agua. Al menos.

Subieron al autobús dicharacheros. Sentándose los más formales adelante, los más traviesos atrás. Obligaron a sus maestras a elevar el tono de voz, a dar órdenes constantemente. A volver a explicar lo que iban a ver. Él, alentado por poder ver los mandos del conductor del autocar, se ubicó en la parte delantera. A su lado se sentó ella, la nueva profesora. Joven. Recién salida de la universidad. Guapa, como de origen noble. Expresión asustada. Ella no estaba acostumbrada a tratar con niños así. Él le agradeció con la mirada que se sentase ahí.

Primero, identificar pájaros. Luego, plantas y flores. Más tarde, un estanque, con el agua turbia, en el que se distinguían unos enormes peces con cierta dificultad. Después, un descanso. Para comer el bocadillo. Los sandwiches. Lo que llevaban en las mochilas. Gritos y revuelo. Poca obediencia a las maestras. Él sacó su plátano. Su plátano ennegrecido. Y su botellín de agua. Lo que llevaba en la bolsa de plástico del supermercado. Y los otros rieron y se mofaron de él. Ella, la profesora, la nueva estaba junto a él. Abriendo una barrita de cereales y muesli chocolateada. Esa iba a ser su comida. No la pudo empezar. Quería defenderle o recriminar a los otros su actitud.

– Me van a llevar a un centro porque dicen que mis padres no me cuidan – le contó él a la profesora, a la nueva – pero yo creo que sí lo hacen. Además, no quiero que me cambien de colegio. Si me cambian no podré hablar contigo.

Ella, la maestra, la nueva se emocionó un poco. Se acordó de los chicos con los que hizo las prácticas. Alumnos de su pueblo, de colegio privado, de uniforme. Niños y niñas con modales. Una realidad muy alejada de plátanos ennegrecidos, de bolsas de plástico, de legañas perennes, de mofas, de centros de protección.

Antes de regresar al autobús, para ir al colegio y, de ahí, volver a sus casas, las maestras explicaron a sus alumnos porque se usan diferentes contenedores. El amarillo para el plástico. El azul para el papel. El otro para todo lo demás.

– Mis papás no echan nada. Mis papas traen a casa la comida de ese, en el que se echa todo lo demás – dijo él de buen grado. Estallaron las risas. Ella, la profesora nueva, le abrazó.

Ella, esta vez, se sentó sola en el autocar. Se soltó la coleta, pegó la cara contra el cristal y lloró. Y decidió. Decidió acudir a la mañana siguiente al despacho del director a presentar su renuncia. Su dimisión. No podía soportar esa realidad. Necesitaba regresar a la suya.

*Imagen vía Flickr (licencia CC). Autor: Guillermo Varela.

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