Abuelas

Las dos abuelas fueron, como cada tarde, a recoger a la nieta. Una, Begoña, más joven y de mejor planta que la otra, Luisa, llegó antes a la puerta de la escuela. Al verla allí, charlando con la madre de otro niño, Luisa pensó: “mírala, siempre tiene que ser ella la primera”. Al verla aparecer, despacito, con una bolsa de supermercado en la que llevaba la merienda de la cría, Begoña pensó: “mírala, ahí viene, con la merienda en una bolsa de supermercado… qué le costará comprar algo más mono para traer la fruta”.

– ¿Qué tal, Luisa? ¿cómo andas, hija? – preguntó Begoña acercando su rostro al de su consuegra para darle dos besos aunque procurando, eso sí, que sus labios no tocasen piel.
– Bueno, no tan bien como tú pero vamos tirando, querida – respondió Luisa, tratando de retirar la cara de los besos de Begoña pero de forma en que ésta no se diese cuenta.

Begoña, sonrisa mediante, regresó a la intrascendente conversación con su anterior interlocutora. Luisa, por su parte, fue sacando el bocadillo de la bolsa y empezó a desprender el papel de plata que lo envolvía, dejando entrever el color anaranjado del chorizo. Como si un destello del mismo hubiese captado la atención de la abuela materna, Begoña se giró a la paterna, a Luisa.

– ¿Otra vez chorizo? Hija mía, los niños tienen que comer más fruta, ya lo dicen en la televisión, mujer…
– Bah, paparruchas… La niña lo que tiene que hacer es comer bien y fuerte, que está muy flaca…

El griterío de un montón de críos abandonando las instalaciones escolares y poblando el patio, interrumpió el debate alimenticio sobre la merienda de Naroa. Begoña, con garbo, comenzó a agitar su mano derecha hacia un punto indeterminado de la masa infantil que emergía cual marabunta hacia el tiempo de ocio. Luisa, de puntillas, sin aspavientos, trataba de localizar con la vista a su nieta. Al de poco, Naroa, ocho años recién cumplidos, apareció allí.

– ¡Kaixo amama, hola abuela! – saludó a Begoña y a Luisa respectivamente – me voy con mis amigos a jugar… ¿me dais el bocadillo?, ¿de qué es?

Luisa ofrece el emparedado a la niña pero ésta, al distinguir el contenido, lo rechaza.

– ¿Chorizo? Jolín, abuela, sabes que no me gusta nada…
– Pero, hija, esto te viene bien para coger fuerzas después de todo el día en la escuela…
– Naroa, bihotza*, te he traído un tupper con un poco de pera picadita… toma, laztana*…
– ¿Pera? No, no quiero, no quiero nada… bueno, me voy, que me están esperando…

Casi sin acabar la frase, Naroa sale corriendo con la energía propia de su momento, en busca de sus compañeros de colegio.

– Si es que ya sabía yo que en cuanto viese que hoy también había chorizo ya no iba a querer nada…
– Bueno, tampoco es que la pera esa que le has traído tú le haya llamado mucho la atención, vive Dios…
– En fin, ya le preparará algo Nerea esta noche… la niña no se va a quedar sin comer, eso desde luego…
– A lo mejor el que lo prepara es mi Valentín… no sería la primera ni la última vez que se tiene que encargar él de preparar la cena a la cría…
– ¿Qué quieres decir?, ¿que mi hija no hace nada en casa?
– No, nada no, pero como cada dos por tres está que si en el gimnasio o que si está en el trabajo… pues al final Valen se tiene que encargar de la Naroa y, la verdad, yo no concibo que sea un hombre el que se tenga que encargar de esas cosas.
– Ay, Luisa, hija, qué antigua eres, por favor… y qué machista… lo que me faltaba por oír… anda, vamos a dejarlo y a ponernos un poco ahí, al sol.
– Sí, será mejor.

Las dos abuelas se dirigieron a un punto del patio en el que, en ese momento, la luz solar lo inundaba todo y la temperatura era más que agradable. Allí se juntaron las dos, como casi todas las tardes, con otro grupo de madres y padres y abuelos y abuelas mientras los niños pasaban un rato de asueto antes de retirarse a casa a hacer las tareas. En estas tertulias, Begoña solía llevar la voz cantante, interviniendo, riendo, proponiendo temas… Luisa, por su parte, se quedaba voluntariamente relegada, escuchando, eso sí, atentamente, sin perderse un sólo detalle de cuanto se decía.

– Pues no sé cuánto me costaron las alpargatas esas, la verdad – contaba Begoña al grupo – la compré hace muchos años, una vez que bajamos a Logroño. El caso es que fueron muy baratas. Ya se sabe que en España casi todo es más barato que aquí.

Luisa, al oír eso, no pudo permanecer en silencio.

– ¿Cómo que España?, ¿qué quieres decir?, ¿acaso esto no es España, Begoña? – inquirió una Luisa visiblemente indignada. La que hablaba era la oriunda de un pueblo de Valladolid que no soportaba ese tipo de declaraciones.
– Bueno, Luisa, hija, no vamos a entrar con ese tema… es una forma de hablar… y, además, cada una piensa lo que quiere y ya sabes que yo siento esta tierra como la siento. – respondió Begoña. La que hablaba era una mujer nacida en un caserío de una pedanía de Mungia a la que le obligaron, bien de niña, a hablar castellano cuando ella la única lengua que conocía era la vasca.
– Ay, madre mía… tener que ponerse así delante de toda esta gente, ay, madre… ay… dejémoslo que cualquier día nos va a ver la niña y se va a disgustar – trató de zanjar Luisa.
– A mí me da igual lo que piense la gente… y la niña… la niña no se entera, ésa es una txotxola – trató de persistir Begoña.
– Bueno, me da igual, se acabó. Vamos a ir recogiendo que hay que llevar a la niña a casa. Ya es tarde.
– Sí, mira, mejor, se acabó. Ale, vámonos. ¡Naroaaaa! – gritó Begoña.

El pequeño trayecto de la escuela a la casa de los padres de Naroa lo recorrieron en silencio. La cría, finalmente, accedió a merendar el bocadillo de chorizo, devorándolo más que comiendo. Las abuelas no se dirigieron la palabra en todo el camino. Apenas cruzaron sus miradas. Se despidieron de la nieta de forma fría, una vez comprobaron que el padre, Valentín, ya se encontraba en casa. La despedida entre ellas, entre las abuelas, fue más gélido aún.

Mientras Valentín preparaba el cuarto de baño para que su hija se duchara, ésta le dijo:

– Aita, ¿por qué tienen que venir siempre la amama y la abuela a buscarme al cole? Quiero decir que por qué tienen que venir las dos.
– Porque les gusta, cariño. Les gusta ir a las dos y como las dos pueden, van. Es que te quieren mucho.
– Sí, seguro que sí, pero yo creo que entre ellas no se llevan bien. Siempre se enfadan. ¿No sería mejor que fuese un día una y otro día otra?
– Que no, cariño, ellas se llevan bien aunque a ti no te lo parezca. Les encanta encontrarse ahí y charlar… y venga, a la ducha que tienes que hacer los deberes antes de que venga la ama del gimnasio.

La tarde siguiente, allí estaba Begoña, de cháchara con otra madre, en la puerta del colegio. Y allí llegaba Luisa, despacito, con la bolsa de plástico en la que llevaba un bocadillo, esta vez de mortadela. Sus miradas se encontraron. Ambas se esperaban.

* Bihotza, laztana: corazón, cariño… expresiones de afecto normalmente dirigidas a los niños en euskera.

* Imagen vía

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