Otra vez admirando a malos despreciables

Ha vuelto a pasar. El protagonista malvado me ha vuelto a encandilar. Lo han vuelto a humanizar y he empatizado con él. Lo han vuelto a hacer. Esta vez ha sido con un personaje que, a priori, tenía todos los ingredientes para que nos asquease constantemente: un político corrupto, chulo, engarzado en un sistema y en una estructura podrida. Esos políticos que nos sirvieron y nos sirven, muchas veces con razón, como gran chivo expiatorio. Los objetivos de muchas de las reclamaciones del 15-M. Los que nos han robado a manos llenas y, sin embargo, muchos se han ido de rositas y, a causa de sus vilipendios, se ha tenido que pagar sus destrozos mediante recortes y demás. Pues eso, un político corrupto.

Un político corrupto que ahora nos ha caído guay. El político corrupto en cuestión era Manuel López Vidal, al que da vida el actor Antonio de la Torre, protagonista de “El Reino” (Rodrigo Sorogoyen, 2018), la premiada película que recuerdo haber bautizado como “thriller-rave” trepidante y en la que, como decía, el malvado se convirtió en bueno como por arte de magia o, más bien, porque acabamos identificándolo como cabeza de turco del poder establecido y como el único capaz de hacer caer a todos los malos.

Perdonen que utilice un lenguaje tan infantil para describir o clasificar a los personajes de una historia. Malos y buenos. Suena anticuado. Suena a indios y vaqueros. Suena a cine del siglo XX. De hecho, son miles los títulos que hicieron saltar por los aires esas dicotomías. También en el siglo XX. Afortunadamente, que una producción te descoloque de esa forma es algo digno de agradecer.

Pero volvamos a El Reino. Su prota era malo. Objetivamente malo, al menos en lo que a delinquir se refiere: robar, mentir, extorsionar, sobornar, sin tener necesidades para hacerlo y, además, jactándose de ello e, indirectamente, burlándose de sus víctimas, es decir, de la ciudadanía. O sea, malo. Y, sin embargo, ahí nos tienen las víctimas, sufriendo por él, por sus azarosas circunstancias.

La cuestión es que recuerdo otros casos así. Recuerdo otros personajes de ficción que no sólo me han hecho sufrir por lo que les pudiese pasar sino que he llegado a admirar. Ahora mismo me viene a la cabeza un nombre y un apellido: Tony Soprano. Capo de la mafia, responsable de asesinatos, extorsiones, corrupción, proxenetismo, putero, instigador de palizas, de fraudes, de crimen organizado… objetivamente malo. Malo como la tiña. Y fan, muy fan de él. Fan de póster y camiseta. Tony Soprano en plan estrella del pop. Personajes horribles desde un punto de vista moral, pero que sus creadores, mediante sugestivas técnicas, nos transforman en los más atractivos.

Y esto hablando de personajes de ficción aunque estén basados en personajes de verdad. Pero, ¿qué me dicen de los reales o de los directamente inspirados en reales? Me viene a la cabeza, un clásico en estas lides,el del asesino Charles Manson, modelo arquetípico de estrella pop. Más recientemente ahí tenemos el ejemplo de Sito Miñanco y su personaje en Fariña, la celebrada serie televisiva basada en el exitoso libro de Nacho Carretero. O también podemos hablar de Pablo Escobar, el narcotraficante colombiano y la revisión de su figura en la serie de Netflix Narcos. Malos, malísimos pero, tras su versión televisiva, admirados, admiradísimos. Hasta tal punto que, en el caso del delincuente gallego, las madres contra la droga han puesto el grito en el cielo por esa especie de exaltación popular que se ha generado alrededor de un tipo que causó estragos entre la juventud gallega durante décadas. Y supongo que tienen razones para quejarse, ¿no?, más allá de que nos mole el look, los coches, las formas, el carisma de Miñanco en la mencionada producción

Por tanto, ¿qué atractivo nos proporcionan estos malvados para tenerles estima en una película, en una serie?, ¿qué hay de nosotros en ellos? A lo mejor, representan esas perversiones internas que, en general, no llevamos al acto pero que ahí están. Quizá responda a que ellos emergen como reactivos ante poderes establecidos (¿anti-sistemas?) aunque por el camino rompan con determinadas normas de convivencia comunes. A lo mejor son fagocitados y convertidos en producto de consumo por la industria, como una moda más, como una tendencia más dentro esa contracultura que desde hace décadas convive (¿compite?) con la cultura sin prefijo.

En fin, que no es mi intención elaborar aquí una disertación excesivamente profunda al respecto. Sin más, como decía, no deja de sorprender la habilidad de los directores y guionistas para hacernos empatizar con malvados, para humanizarlos. Quizá esto también hable bien de nosotros. Y de ellos. No lo sé. Ante esa capacidad (de creador y receptor) cabe decir también que quizá empiece a estar un poco manida, que quizá empiece a estar ya muy visto esto de hacernos querer al malvado. Es por ello que, volviendo al motivo que me ha empujado a escribir esta pseudo-reflexión de chichinabo, esto es, la película El Reino, mi fiebre se desbordó al encontrarme con un acto final en ella que…

… ATENCIÓN, SPOILER!!! SI NO LA HAS VISTO DEJA DE LEER AQUÍ!!!

… que me dio un buen tortazo. El film de Sorogoyen concluye con una entrevista en directo de una periodista con el mencionado político corrupto. Ese delincuente que, durante el metraje, se nos convierte en héroe por querer revolverse contra todos sus compinches y la organización que siempre les ha amparado y con el que empalizamos por ser una especie de víctima. La intención de él en la misma era hacer públicos nombres y cargos manchados como él pero se ve que los brazos del poder son alargados y ya habían tocado las teclas necesarias para conducir la entrevista de forma que sus denuncias quedasen apagadas. Las preguntas que, en un principio, creía iban a estar orientadas a, simplemente, dar difusión a sus pruebas, se tornan inocuas y él, en una especie de último acto de constricción, se rebela nuevamente y se enfrenta a la periodista. Ésta que, efectivamente, recibía instrucciones desde arriba por el pinganillo, finalmente, decide quitarse el aparato de la oreja, dejar de seguir sus órdenes, no para, en un acto de cierta justicia, dar pábulo al entrevistado, sino para, en definitiva, decirle “mira, tío, no vengas aquí a darnos lecciones morales porque has sido un hijo de puta que has robado a espuertas”. Y esta periodista, que en el inicio de la entrevista parece una marioneta más del poder, nos sacude a los espectadores un sopapo para hacernos ver que, efectivamente, ese delincuente que hemos admirado y que tan bien nos ha caído durante tres cuartas partes del metraje, es un malo, un malo que merece nuestro desprecio. Y eso, en definitiva, a veces, se empieza a echar de menos, por mucho que nos guste admirar a los malos.

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