Septiembre. ¡Feliz año nuevo!

Ya tenéis los kioskos atiborrados de coleccionables y fascículos con un número especial de lanzamiento a precio de baratija. Pero ya sabéis que para acabar la serie tendréis que extirpar un riñón a vuestro vástago.

Ya habréis oído que la cuesta de septiembre es, en realidad, peor que la de enero.

Ya habréis preguntado por ahí a ver si alguien os puede prestar los libros de Ciencias y de Inglés de 2º de la ESO. A ver si valen para este curso, eso sí.

Ya tenéis por ahí a algún amigo que se ha cogido vacaciones. Ya sabéis que viajar ahora es más barato, no hay niños y el buen tiempo está asegurado. Sobre todo en la costa.

Un experto ha salido en la televisión hablando del síndrome post-vacacional. Y de cómo recuperar las rutinas para que a los niños no se les haga muy duro.

Ya va a empezar el nuevo curso político y se prevé un otoño caliente para el gobierno.

Ya ha vuelto el fútbol de competición. Aunque la mujer te dice que a ver cuándo había parado.

Ya estáis forrando libros. Y en el Carrefour ya tienen expuestos uniformes de colegios de pago. Lo veis como una curiosa imagen interclasista.

Ya habéis puesto el hit de Earth, Wind & Fire en vuestro muro de Facebook.

Septiembre. ¡Feliz año nuevo!

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Una tarde de agosto en Deusto, Bilbao.

Un parón para tomar un café a media tarde. Una tarde de agosto en Deusto, Bilbao. Las calles están vacías. Un cortado con hielo en una terraza. Frente a mí, un tipo fuma y toma café mientras observa concienzudamente el cartel con el menú del día que se ha servido esa jornada. También es un cortado. Sin hielo. Una mujer llega, se sienta en una mesa contigua a la mía. Toma un rosado y frutos secos. De esos exóticos. La lona del cenador empieza a repiquetear. La anunciada galerna ha llegado. Un hombre llama al interfono del portal adyacente al bar.

– ¡Abre! – pide.
– Espera, que se me ha derramado el vinagre – le contestan.

Iba a empezar el libro de un columnista al que admiro pero esta escena, la surrealista respuesta, lo impide. La respuesta, La incipiente lluvia, la soledad de la calle… aceleran mi ingesta cafeínica. Entro en la cercana pastelería California y me compro un bollo de mantequilla. Regreso a la oficina. La mujer del rosado se ha metido dentro del bar. Supongo que para refugiarse de la lluvia aunque no se mojase. El hombre que observaba el menú del día está de pie, un poco más adelante. Revisa una máquina de la OTA. Supongo que mira a ver si se ha quedado alguna moneda en ella. El hombre que ha llamado al interfono sigue en el portal. Supongo que la mujer que le respondió sigue recogiendo el vinagre derramado.

El chico de la limpieza ya ha limpiado mi mesa. Se alegra de que llegue la galerna. Se alegra de que refresque. Mientras expresa su buen ánimo por la bajada de la temperatura y barre el suelo, a mí me da no sé qué sacar el bollo de mantequilla.

Un parón para escribir esto. En cuanto teclee el punto y final, me zampo el bollo. Una tarde agosto en Deusto, Bilbao. Punto y final.

“Sandinista”

No sé cómo he llegado a él, la verdad. En cuanto he visto su portada en la interface de Spotify en el Mac le he tenido que dar al play. Cuanto los primeros acordes de “The magnificent seven” han salido a través de los altavoces Bang & Olufsen se han multiplicado las imágenes en mi cabeza. Me he aflojado la corbata y me he puesto una copa. Me he acercado a la ventana, he visto la ciudad a mis pies y me he dejado llevar.

Tendría 18 años, quizá 19 cuando escuchaba el “Sandinista!” de los Clash. Sí, supongo que sería mi primer año en la universidad. Cuando empecé psicología. La hostia. Menos mal que estaba lejos de casa porque el viejo no habría soportado aquellas pintas. Aquellos pelos mugrientos, aquel chaleco con tachuelas y parches, los pantalones pitillo rojos y las botas de militar.

Salir todas las noches a emborracharnos; acabar con chácharas con las que parecía que arreglaríamos el mundo; las manifestaciones, las carreras delante de la policía; las hostias que dimos y recibimos en las trifulcas con los fachas de la facultad. La hostia. Y Esther. Joder, Esther. Con sus discursos anti-sistema y sus locas ideas. Qué guapa era. Cómo me animaba a escribir y a romper con el mundo de mi familia. Joder, cómo me pillé de aquella tía… ¿qué será de ella ahora?

Por ahí creo que tengo guardada una foto con ella y el resto de la gente de clase. Yo con una camiseta que ponía acción anti-capitalista o algo así… jajaja… la hostia… acción anti-capitalista pero yo siempre llevaba la cartera bien llena de pasta y vivía en el mejor colegio mayor de la ciudad pagado íntegramente por el viejo. Te cagas. Joder, si creo que estuve a punto de afiliarme a la CNT e incluso asistí a algunas de sus asambleas. Esther me arrastraba. Joder, cómo me pillé de ella… ¿qué será de su vida?

A veces pienso que me lo creía. Creía en los derechos de los trabajadores, en la igualdad entre todas las personas, creía eso de ni Dios, ni Patria ni Rey y toda la pesca… creo que hasta me gustaba Psicología. En realidad, era lo que siempre quise estudiar. Claro que, de haberla acabado, no viviría como vivo ahora. Bueno, seguramente sí. El viejo me habría respaldado muy bien. Supongo que se veía obligado a compensar con bienes materiales su constante ausencia física como padre. Mira, parece que me vuelve la vena de psicólogo.

Recordando y pensando ha llegado el quinto corte del disco. “The leader”. Qué casualidad. Ése soy yo. El líder. El puto amo. El que maneja el cotarro ahora en la empresa del viejo. Ahí estamos. Fuera psicología, hola empresariales. Hasta siempre Esther, te quiero Inés, mi perfecta esposa y madre de mis tres preciosos querubines. A tomar por saco comuna anarquista, venga ese loft de 400 metros cuadrados. De aquella lucha obrera a firmar despidos y a recortar sueldos de mis empleados, personas a las que ni siquiera pongo cara. Del “Sandinista!” de los Clash a saberme de memoria letra y coreografía del “Despacito”.Ese, éste soy yo ahora. Aquel, supongo, también lo era.

“Somebody got murdered”. Décima canción. Fue aquel. El asesinado. El de hace 20 años. Sin dejar rastro. No queda nada de él. Nada de mí. No sé cuál de los dos es más falso. Si el de entonces o el de ahora. Todo una mentira. “You’re such a liar / You won’t know the truth if it hits you in the eye / Deny / You’re such a liar / You’re selling your”. Así arrancaba “Deny”, el séptimo corte del primer disco de los Clash. Joder, cómo me acuerdo de esta banda. Joder, en mala hora la he puesto. En mala hora he llegado a ella.

Abuelas

Las dos abuelas fueron, como cada tarde, a recoger a la nieta. Una, Begoña, más joven y de mejor planta que la otra, Luisa, llegó antes a la puerta de la escuela. Al verla allí, charlando con la madre de otro niño, Luisa pensó: “mírala, siempre tiene que ser ella la primera”. Al verla aparecer, despacito, con una bolsa de supermercado en la que llevaba la merienda de la cría, Begoña pensó: “mírala, ahí viene, con la merienda en una bolsa de supermercado… qué le costará comprar algo más mono para traer la fruta”.

– ¿Qué tal, Luisa? ¿cómo andas, hija? – preguntó Begoña acercando su rostro al de su consuegra para darle dos besos aunque procurando, eso sí, que sus labios no tocasen piel.
– Bueno, no tan bien como tú pero vamos tirando, querida – respondió Luisa, tratando de retirar la cara de los besos de Begoña pero de forma en que ésta no se diese cuenta.

Begoña, sonrisa mediante, regresó a la intrascendente conversación con su anterior interlocutora. Luisa, por su parte, fue sacando el bocadillo de la bolsa y empezó a desprender el papel de plata que lo envolvía, dejando entrever el color anaranjado del chorizo. Como si un destello del mismo hubiese captado la atención de la abuela materna, Begoña se giró a la paterna, a Luisa.

– ¿Otra vez chorizo? Hija mía, los niños tienen que comer más fruta, ya lo dicen en la televisión, mujer…
– Bah, paparruchas… La niña lo que tiene que hacer es comer bien y fuerte, que está muy flaca…

El griterío de un montón de críos abandonando las instalaciones escolares y poblando el patio, interrumpió el debate alimenticio sobre la merienda de Naroa. Begoña, con garbo, comenzó a agitar su mano derecha hacia un punto indeterminado de la masa infantil que emergía cual marabunta hacia el tiempo de ocio. Luisa, de puntillas, sin aspavientos, trataba de localizar con la vista a su nieta. Al de poco, Naroa, ocho años recién cumplidos, apareció allí.

– ¡Kaixo amama, hola abuela! – saludó a Begoña y a Luisa respectivamente – me voy con mis amigos a jugar… ¿me dais el bocadillo?, ¿de qué es?

Luisa ofrece el emparedado a la niña pero ésta, al distinguir el contenido, lo rechaza.

– ¿Chorizo? Jolín, abuela, sabes que no me gusta nada…
– Pero, hija, esto te viene bien para coger fuerzas después de todo el día en la escuela…
– Naroa, bihotza*, te he traído un tupper con un poco de pera picadita… toma, laztana*…
– ¿Pera? No, no quiero, no quiero nada… bueno, me voy, que me están esperando…

Casi sin acabar la frase, Naroa sale corriendo con la energía propia de su momento, en busca de sus compañeros de colegio.

– Si es que ya sabía yo que en cuanto viese que hoy también había chorizo ya no iba a querer nada…
– Bueno, tampoco es que la pera esa que le has traído tú le haya llamado mucho la atención, vive Dios…
– En fin, ya le preparará algo Nerea esta noche… la niña no se va a quedar sin comer, eso desde luego…
– A lo mejor el que lo prepara es mi Valentín… no sería la primera ni la última vez que se tiene que encargar él de preparar la cena a la cría…
– ¿Qué quieres decir?, ¿que mi hija no hace nada en casa?
– No, nada no, pero como cada dos por tres está que si en el gimnasio o que si está en el trabajo… pues al final Valen se tiene que encargar de la Naroa y, la verdad, yo no concibo que sea un hombre el que se tenga que encargar de esas cosas.
– Ay, Luisa, hija, qué antigua eres, por favor… y qué machista… lo que me faltaba por oír… anda, vamos a dejarlo y a ponernos un poco ahí, al sol.
– Sí, será mejor.

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Huye

El tiempo es oro. La vida es tiempo. Huye de este estercolero llamado vida. La vida es tiempo y el tiempo es oro. La vida es tiempo y el tiempo se mide en días, horas, minutos, segundos… Siempre segundos. Siempre plata. Oro y plata. El vil metal. El tiempo es vil. La plata es metal. La plata se fuma. El tiempo se esfuma. Como arena entre los dedos. Como una frase manida a más no poder escogida de algún fragmento de alguna canción absurda. La vida es absurda. Absurda y manida.

Huye de este estercolero que estás leyendo. Es falso. Como mucho oro. Como mucha plata. Fake. El tiempo es falso. La vida también. La vida es vil. La vida es vid. Vida y vid. La vid engarzada a la tierra. La tierra es vida y soporta el paso del tiempo. Más que nada y más que nadie. Huye. Aún estás a tiempo.

Insisto: huye. Esto sale por pereza. Porque no hay tiempo. O porque, aunque lo haya, no se sabe aprovechar. Si hay tiempo, entonces, hay vida. No se sabe aprovechar. No sabes aprovechar el fruto de la vid. No sabes beber. Ni fumar. En plata o en papel. Bébete la vida. Nadie te dice que te la fumes. Bébete la vida suena a eslogan publicitario. Bébete la vida suena a como arena entre los dedos. Es basura.

Huye. No pierdas más el tiempo. No pierdas más vida. Es falso. Todo esto suena nihilista pero no lo es. Es pereza y compromiso. Tócatelos. Compromiso, dice. En realidad, lo es. Es nihilismo para cumplir el expediente. Es un tono oscuro que no se sabe usar. Que no se sabe aprovechar. Como el vino. Como el fruto de la vid. El de la tierra.

Huye de este estercolero. Pero, espera. Ha salido así, tal cual. Ojo ahí. Fruto de la pereza y el compromiso (tócate los cojones). Dejándose llevar. Detrás de una frase, otra. Sin apenas pensar. Pensarlo. Sin pensarlo. Viviéndolo. Atemperándolo. Ojo ahí. Ha salido así. Y aunque todo lo dicho suene falso, esto último no lo es. Ha sido así, por pereza y compromiso. Da para analizarlo. Que salga esto así, espontáneamente. Ojo ahí.

Y ahora sí. Huye. Vete. Pero no vuelvas a llamarlo estercolero.

* Imagen vía mis Paredes que Hablan