Hambre. El Hambre.

Antonio B., El Ruso pasó hambre. Sufrió palizas, persecuciones, violencia, humillaciones, desdicha, exclusión, pobreza. Pero, sobre todo, pasó hambre. Un hambre que se contagiaba. Ramiro Pinilla logra, en la transcripción de los relatos que El Ruso le hizo para componer ‘Antonio B., El Ruso, ciudadano de tercera’, que al lector le duela el hambre. Sí, sé que esto queda muy bonito como figura literaria o metafórica y que, afortunadamente, yo no sé lo que es pasar hambre. Sí me lo puedo imaginar leyéndolo. O tampoco.

Acabo el libro de Pinilla e inicio ‘El hambre’ de Martín Caparrós, un ambicioso y amplio ensayo en el que el periodista argentino plasma un ingente trabajo en el que habla de malnutrición, hambrunas, causas, consecuencias, habla de un mal actual e histórico, fruto de las injusticias o de la injusticia, así, en general. Caparrós escribe recordándonos o haciéndonos saber que esto, el hambre, es la principal causa de muerte evitable del mundo. Evitable. Vivimos en un momento de la historia en el que hay comida para todo el mundo pero no está bien repartida. Evitable.

El hambre mata más personas cada año – cada día – que el sida, la tuberculosis y la malaria juntos, y no existe. El hambre no participa del misterio, las sombras insondables, lo inmanejable de la enfermedad: la impotencia frente a lo incomprensible. El hambre se entiende demasiado aunque no existe: es un invento del hombre, nuestro invento.
Y podría ser, tan fácil, nuestro pasado inverosímil
”. (Caparrós, Martín. ‘El Hambre’, página 72. 2015. Anagrama)

Hay números y estadísticas pero nos recuerda que, muchas veces, estos números y estadísticas cosifican y, en cierta forma, silencian el hambre. Por ello, Caparrós se acerca, nos acerca, las vidas de niños, niñas, madres, padres, viejos, viejas, etcétera, cuya máxima prioridad, cuya máxima duda es saber si van a comer al día siguiente, contingencia que les acerca a humanos prehistóricos, a hombres y mujeres que vivían constante y únicamente para alimentarse.

Somos más humanos cuanto más saciados. Y somos más humanos cuanto menos tiempo debemos dedicar a saciarnos”. (Caparrós, Martín. ‘El Hambre’, página 84. 2015. Anagrama)

Mientras leo este volumen, creo haber engordado dos kilos. Los he engordado en mis vacaciones. Comida y descanso. Ocio. Tiempo en el que no me preocupaba si iba a comer al día siguiente. Una preocupación que no existe en mi mundo más cercano. Una preocupación que mantiene en vilo a millones de personas. Una preocupación que, al no resolverse, mata a 8 personas al minuto. O sea, mientras escribo esto, varias personas fallecen como consecuencia directa de no poder ser alimentados.

El hambre es el mal que más personas sufren, después de la muerte que sufren casi todas. Y es, por eso, el que más mata – sí, después”. (Caparrós, Martín. ‘El Hambre’, página 117. 2015. Anagrama)

Esto debería molestarme. Molestarnos. Pero tampoco sé muy bien cómo canalizar ese enfado. ¿Aportando dinero a una ONG que luche contra esta lacra?, ¿votando a partidos políticos que aborden este tema en sus políticas internacionales y nacionales?, ¿leyendo las seiscientas y pico páginas de esta obra y compartiendo algunas de las reflexiones que aporta, doblando esquinas de sus páginas y subrayando algunos fragmentos?, ¿yéndome de cooperante?, ¿haciendo un consumo responsable?, ¿alimentándome de lo que generan pequeños productores, evitando comprar a multinacionales que encarecen las materias primas alimenticias?, ¿ingiriendo menos carne?

Leer todo esto, eventualmente, pensar en todo esto podría provocar cierta culpa en los espíritus más débiles. ¿Para qué sirve la culpa? ¿Qué hacer con la culpa? ¿Es la culpa la emoción más apropiada para tratar de hacer algo? Y si no tratamos, ¿qué hacer entonces con ella? ¿O esa pequeña dosis de sufrimiento que la culpa te da ya cumple con su cometido tranquilizador y nos quedamos más tranquilos?
Lo más fácil, faltaba más, es no pensar. Se puede casi siempre
”. (Caparrós, Martín. ‘El Hambre’, página 154. 2015. Anagrama)

No sé si pido o busco respuestas para estas preguntas. Tampoco creo que sea fácil encontrarlas. Ni siquiera creo que el libro de Caparrós las aporte. En sus seiscientas y pico páginas (al menos en las doscientas y pico que he leído hasta el momento) señala a sistemas culturales, familiares, políticos y religiosos que generan pobreza, pobreza que, obviamente, provoca hambre. Se da caña a sí mismo, a nosotros, a todos. A los que nos inventamos justificaciones para sobrellevar mejor la carga que supone convivir con la realidad de que hay mucha gente que muere cada día por una causa evitable.

No hay ideología que haya funcionado sin convencer a los hambrientos de que lo son por su culpa, su culpa, su grandísma culpa”. (Caparrós, Martín. ‘El Hambre’, página 91. 2015. Anagrama)

La miseria que consiste en no creer ni haber aprendido ni sospechar que existen otras vidas y que las otras vidas no son siempre sólo de los otros.
El futuro es el lujo de los que se alimentan
”. (Caparrós, Martín. ‘El Hambre’, página 75. 2015. Anagrama)

No tienen plata, no tienen propiedades, no tienen peso: no suelen tener formas de influir en las decisiones de los que toman decisiones. Hubo tiempos en que el hambre era un grito, pero el hambre contemporánea es, sobre todo, silenciosa: una condición de los que no tienen la posibilidad de hablar. Hablamos – con la boca llena – los que comemos. Los que no comen generalmente callan. O hablan donde nadie les escucha”. (Caparrós, Martín. ‘El Hambre’, página 117. 2015. Anagrama)

Leo ‘El Hambre’ y me surgen estos apuntes a vuelapluma. Leo y escribo saciado, con la tranquilidad de que en unas horas volveré a ingerir alimento. Buscando respuestas o preguntas o qué sé yo. Seguiremos leyendo hasta el final aunque la pregunta que se repite sea: ¿cómo podemos seguir sabiendo lo que sabemos?

Imagen vía: reseña en PROSALUS de ‘El Hambre’ de Martín Caparrós.

Anotaciones rescatadas

Hoy he acabado una libreta. Es una Moleskine negra que me regaló Ana hará cosa de un par de años o así y que ya se ha llenado con anotaciones de lo más variopintas; desde productos para la compra pasando por apuntes del curro o de EducaBlog y llegando a títulos de libros o discos a adquirir. De vez en cuando, alguna idea, puntuales reflexiones o citas cazadas a vuelapluma. De esta última categoría (con etiqueta propia en este blog, todo sea dicho de paso), se nutre el grueso de este post.

Así, tras revisar la libreta entera para tratar de salvar algo que tenga continuidad en el recién estrenado bloc, me encuentro con una serie de notas que me retrotraen a un, llamémoslo, trabajo para un proyecto que pudo ser, aún es y puede que llegue a ser aunque, a día de hoy, esté en coma. Os dejo con ellas. No me extenderé más. Para el 99% de los que podáis leer esto, las siguientes frases y palabras no tendrán ningún sentido. Para cuatro personas concretas, sí. Buenas tardes.

“Si te vas, te dejo de hablar”.

“¿Vosotros vais a ser los cronistas de mi época?”

“Cuando abandonó el marxismo, le marcaron con una equis”.

“Yo, tres niñas y una escopeta”.

“Una grapadora Wolfcraft”.

* La imagen que acompaña esta entrada es uno de los resultados que da Google al buscar “grapadora Wolcraft”.

Notas a vuelapluma de una tertulia sobre trascendencia, azar y eneagramas.

tunel

La trascendencia. El azar. El eneagrama. El discurso. Quién me iba a decir a mí que el ir llorando sobre la mala suerte que persigue a mi equipo de fútbol tras caer eliminado en Copa del Rey iba a acabar (de)generando una conversación así. La inescrutabilidad, añado.

Yo no sé explicar muy bien qué es eso que me aterraba de niño y que en la actualidad me fascina. Esa percepción de exclusividad vital, de unicidad, de conexión con mi propio ser. Esa consciencia (si es que puede ser consciencia) de que estoy sentado delante de un ordenador tecleando este escrito. Que lo hago yo. Una persona. Esta persona. Mi persona. Yo. Me toco un brazo después de escribir ésto. Sigo sin saber explicarlo. Me encanta, por otra parte, no saber explicarlo. Me pareció entender a mi contertulio que las religiones nacieron precisamente con el fin de superar ese miedo a no encontrar explicación a esa aterradora y fascinante sensación. Y que, más o menos, de eso va un poco todo el rollo de la trascendencia. No sé, me suena todo muy new age, la verdad, y nunca me he considerado yo muy espiritual aunque quizá lo sea. Y ya no tengo pelo para dejarme coleta.

El azar, por otra parte, quedó un poco denostado. La suerte, la fortuna, ese concepto abstracto al que muchas veces nos agarramos para, nuevamente, tratar de explicar(nos) cosas. Creo que lo sustituimos por confianza o autoconfianza. Creer. Creérnoslo. La profecía autocumplida y tal. El efecto Pigmalión. Llámalo fe, qué sé yo. Y salió, claro que salió, el nombre de Simeone como ejemplo. Igual pecamos de evidentes y de obvios pero, ojo, los datos le han respaldado. Este tipo parece que generó confianza en el Pupas. Y se lo han creído a pies juntillas.

Y el discurso. O, mejor dicho, la narración del discurso. Que llegue el gurú y difunda su mensaje pero que tenga altavoces, resonancia. Siguiendo con el fútbol como ejemplo, recordamos a la Roja cuando aún no lo era. Mi compañero dijo que fue Luis Aragonés quien rebautizó así a aquella España que hasta 2008 no pasaba de cuartos de final. Un rebautizo, una refundación, un cambio. Y una cohorte de voceros dispuestos a difundir la nueva buena y una audiencia que se la cree. Todos los medios hablando de La (nueva) Roja y creyendo en que algo había cambiado. Campeones de Europa. Algo cambió, sí.

Autoconfianza, fe, nuevo discurso y nuevas formas de narrarlo y difundirlo.

Y ya tampoco me preguntéis como pasamos a hablar del Eneagrama de la Personalidad. Y aquí ya no me pidáis reflexiones tan sesudas (lo digo como si las anteriores lo hubieran sido). Me quedo con lo anecdótico, con el colorín: soy un siete, un 7, soy un puto cienfiebres que hoy tiene que plasmar por escrito lo que disfrutó teniendo una tertulia así y mañana quilosá qué será lo próximo que le entusiasme.

Buenas tardes.

‘Chavs: la demonización de la clase obrera’. Algunas notas a vuelapluma.

chavs

Equiparar el vilipendio hacia lo chav (cani/choni) con el ataque a la clase trabajadora en general es la línea fundamental del libro ‘Chavs: la demonización de la clase obrera’ de Owen Jones como reflejo de lo que, a juicio del autor, está pasando en el Reino Unido. Son muchas las personas que intentan huir de la etiqueta clase trabajadora porque, efectivamente, ésta se ha convertido en sinónimo de chav (y lo hacen a pesar de que sus mismos orígenes, ingresos o trabajos sí se corresponden con la clase trabajadora). Se establece esta línea a lo largo de toda la obra como ejemplo del clásico “pobres contra pobres” que se explota desde determinados sectores políticos y mediáticos. Y, por todo ello, trata de desmontar en sus casi 350 páginas mitos como que todos somos de clase media, que la clase es un concepto anticuado y que los problemas sociales son, en realidad, los fallos de un individuo.

Este artículo pretende recoger algunas de las reflexiones que aparecen reflejadas en el libro, apuntar anotaciones a vuelapluma con las que trasladar algunas de las ideas que más me han llamado la atención del mismo y tratar de trasladar algunos de los aspectos más importantes que en él aparecen para generar debate al respecto. Asimismo, creo a ciencia cierta que todo lo que se refleja en ‘Chavs: la demonización de la clase obrera’ es perfectamente extrapolable a España u otros países de nuestro entorno por lo que le otorgo un gran valor habida cuenta de la realidad que nos rodea.

Tras estas anotaciones a vuelapluma, mi siguiente paso será intentar desmenuzar mucho de lo aquí apuntado en clave Educación Social para la bitácora EducaBlog… Pero eso será en los próximos días… Ahora, algunas notas sobre ‘Chavs: la demonización de la clase obrera’ de Owen Jones.

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(Re)Pensando la Exclusión/Inclusión Social a vuelapluma

notas

“No te diagnostico cáncer porque no hay camas en el hospital”.

“No existe economía pública que soporte dedicar una gran cantidad de dinero a sectores donde hay poca población como, por ejemplo, la infantil. Su alcance es muy limitado”.

“Atribuimos a los otros ámbitos (sanitario, educativo… ) la responsabilidad de no entendernos, de no coordinarnos bien, etc… Pero, a lo mejor, lo que tenemos que tener clara es nuestra identidad profesional y nuestra propia identidad como sistema”.

“No hay ningún decreto que diga qué es una úlcera. No lo dice un gobierno. Lo dice la comunidad científica. Sin embargo, en los servicios sociales no pasa lo mismo. Nos cuesta ponernos de acuerdo para decidir qué es exclusión social. De ahí la importancia de homogeneizar categorías o herramientas diagnósticas. Esto, entre otras cosas, explica nuestra debilidad como sistema: los decretos de los servicios sociales los imponen los políticos, no los profesionales”.

“Si una persona tiene un cáncer, aunque se niegue a recibir tratamiento, no se le deja morir como un perro; en servicios sociales, sí. Es decir, se puede diagnosticar una situación de exclusión grave y que no haya intención de cambio por parte de la persona afectada. Que haya un diagnóstico no quiere decir que tenga que producirse un cambio”.

“Igual que existe un salario mínomo, ¿no debería existir un salario máximo?”.

“Es importante ser conscientes de que los y las profesionales de lo social costamos mucha pasta. Hagamos, pues, valer lo que costamos”.

“A veces se escuchan críticas hacia inmigrantes que tienen internet, tratando de hacer ver qué vaya lujo que tienen. Son esos mismo inmigrantes que para pedir cita en extranjería tienen que hacerlo a través de la red”.

“Educadores, trabajadores sociales… Somos proveedores de apoyo social”.

“¡Se acabó la Pirámide de Maslow! Ya no hay jerarquía a la hora de evaluar necesidades”.

“Sin establecer un vínculo afectivo, seremis incapaces de hacer un diagnóstico de exclusión social”.

“No se forman psicólogos, trabajadores sociales, educadores sociales para proveer domicilios o aspectos materiales o tangibles; debemos centrarnos en lo social, en la competencias personales. Lo que se da (empleos, RGI… ) derivado de las leyes, es un déficit de los servicios sociales o de las atenciones en el ámbito de la exclusión social”.

Sí, un cuaderno de notas para precisamente ésto, coger a vuelapluma ideas, reflexiones derivadas de mi participación en una formación en la que se nos presentaba una herramienta de diagnóstico de las situaciones de exclusión social y que, además, sirvió para (re)conceptualizar y (re)pensar este concepto. Esto, como digo, son sólo algunos de los pensamientos lanzados por una gran profesional, Izaskun Ormatexea, al respecto, y cazados por este que escribe en este cuaderno.

Compartiremos y maduraremos estas notas de forma que, más adelante, me pyueda explayar de una forma más profunda e intensa en el blog en el que habitualmente escribo de estos temas, EducaBlog, el blog de la Educación Social.