Cosecha del 19. Lo EDUSO.

No tengo mucho que decir, lo admito. En 2020 nos podremos valer de lo que acontezca en Zaragoza (a donde acudiremos al Congreso de Educación Social), pero este año, no sé muy bien qué puedo trasladar a modo de Cosecha en clave Eduso.

Pienso en lo último que he pensado en EducaBlog: en lo político. Y me acuerdo, por ejemplo, de los MENAs, utilizados vilmente por algunas formaciones políticas. Y me sigo acordando de los muertos en el Mediterráneo.

Y hay un hito que puedo reservar para el capítulo final de la cosecha del 19, el más personal y/o egocéntrico y/o vital, pero que, evidentemente, encaja aquí a la perfección: un cambio de trabajo que ha conllevado un cambio radical de campo de actuación. Y he aquí que, por ello, he de acordarme y remarcar la importancia de las escuelas, del profesorado, del alumnado, de los programas escolares, de las AMPAS… he aterrizado con perspectiva largoplacista en el mundo de la educación (formal, académica, escolar… como quieran), ámbito que espero tiznar con el primer apellido de mi profesión, el social.

Y, en este sentido, de nuevo a modo de autobombo, 2019 ha sido el año en el que por primera vez he escrito en una clave muy alejada a la que estoy acostumbrado: he publicado un artículo academicista en un libro científico-universitario.

Espero repetir en 2020 y espero, como he dicho al principio, que la cita de abril en Zaragoza nos aporte mucho material que volcar en EducaBlog y que remueva nuestras seseras.

Reflexiones a vuelapluma sobre Educación Social y Política. Incluye extras.

Escribí el pasado 4 de diciembre un artículo en EducaBlog titulado “Reflexiones a vuelapluma sobre Educación Social y Política” que versaba, atención, sobre Educación Social y Política. A ver si te vas a meter en un berenjenal, me dije. Pero no ha sido ni fue para tanto. Al fin y al cabo sólo me limité a exponer lo siguiente:

1.- Hay políticos de VOX con el título en Educación Social.
2.- La Educación Social es una profesión muy ideologizada y esa ideologización cojea, generalmente, a la izquierda.
3.- A pesar de que un altísimo porcentaje de las personas que ejercen esta profesión son de izquierdas, eso no excluye, en mi opinión, para que la puedan ejercer personas de tendencias políticas más conservadoras.
4.- A veces la Educación Social cae en los mismos errores que la izquierda más identitaria.

Estos cuatro puntos podrían resumir mi artículo pero entiendo que lo suyo es que se lea o relea. Y, además, lo suyo, tras el feedback que originó, es leerlo o releerlo añadiendo algunas matizaciones, algunos extras, a saber:

¿Qué es ser de izquierdas? Es complicado ser de izquierdas si ésta se identifica con el nacionalismo más excluyente o con el populismo.

Puede que la Educación Social sea inherentemente incompatible con tendencias conservadoras o liberales porque estas ideologías, per sé, “están más cerca de posiciones del tipo ‘búscate tú solito la vida, tío'”.

Aunque, claro, ¿en verdad no van a poder aportar nada a la Educación Social personas de tendencias liberales? Del mismo modo que también “habrá gente de izquierdas trabajando en bancos”.

[AUTOBOMBO] ‘La Educación Social en el sistema educativo: una herramienta transversal para mitigar las desigualdades’

Unas cervezas en la plaza del pueblo. En la terraza del bar, a resguardo del implacable sol ribereño. La plática imparable de un chileno y el gusto de uno por conversar. Del Barakaldo, de la U, de política, de memoria histórica, de Educación, de juergas inconfesables y peligrosas, de Stereolab. Etcétera. Y producto de ello, quiero pensar, surge la invitación. “A ti que te gusta escribir”, me dijo, “¿por qué no te animas a hacer un artículo para un libro sobre políticas públicas sobre Educación Social, sobre Educación, etcétera?”. Y no sé, pues supongo que no supe decir que no y de aquellos barros…

Pues que me complace anunciarles que hace escasos días vio la luz el segundo volumen del libro “Políticas Públicas para la Equidad Social”, publicado por la Universidad de Santiago de Chile, en su colección Políticas Públicas y en colaboración con la Facultad de Educación y al Departamento de Didáctica y Organización Educativa de la Universidad de Barcelona.

Y me complace hacerlo, como podrán intuir habida cuenta de la introducción, porque, además de lo interesante de la temática, he tenido el honor y el privilegio de aportar un artículo a dicha obra. El capítulo en cuestión lleva por título ‘La Educación Social en el sistema educativo: una herramienta transversal para mitigar las desigualdades’. Para poder acceder a todo el libro, pinchen en este enlace y si quieren buscar mi escrito pueden acudir a la página 23 del mismo.

Desde este humilde espacio, sólo me queda, pues, agradecer a los responsables de dicha publicación por haberme invitado a participar en la misma. Un libro con unas características especiales, eso sí. Una obra académica, con un evidente tono científico, que he de confesar me ha supuesto un gran esfuerzo sobre todo para adaptarme a los requisitos y normas que un libro de estas características exige.

La experiencia derivada de dicha, digamos, adaptación al medio daría para otro post en el que analizar esas reglas de publicación, comúnmente aceptadas en el ámbito universitario, claro, pero que para profanos en la materia nos resultan especialmente rígidas, entendiendo, insisto, que ese rigor será absolutamente necesario para poder catalogar algo de científico y demás.

Sea como fuere, reiterar mi agradecimiento (¡GRACIAS, PABLO!) y mostrar, por qué no, mi orgullo al colaborar por primera vez en una obra de este tipo. Espero os parezca interesante lo que aporto en la misma, así como el resto de artículos que componen la misma. No me extiendo, que ya lo he hecho bastante en el episodio ‘La Educación Social en el sistema educativo: una herramienta transversal para mitigar las desigualdades’.

Más de (mis) prejuicios en EducaBlog

Pues eso, que he vuelto a valerme de EducaBlog para exponer o confesar algunos prejuicios que tengo en relación con determinados temas, en este caso, relacionados con la Educación Social. Ya lo he hecho en alguna otra ocasión (ahora mismo me viene a la cabeza el Cuento de Ahmed y Hamma) pero, en este caso, los vuelco sobre una idea preconcebida según la cual un espacio elitista no va a apoyar que uno de sus miembros decida dedicarse a un mundo como el de mi gremio.

Asimismo, aprovecho para subrayar una obviedad: las y los Educadores Sociales tenemos prejuicios. A veces se puede suponer que la ausencia de ellos es inherente a esta profesión pero cabe recordar que, aunque no lo parezca, somos seres humanos. Sí, de verdad.

En fin, no me extiendo. Este post es sólo una invitación para que vayáis a EducaBlog y leáis ‘Bienvenido a la Educación Social. Vengas de donde vengas’.

¡VIVA LA INFANCIA!

Recuperar la conversación, el aburrimiento y el juego. El infinitivo alude a ti madre, padre. Y a mí. Y a nuestros hijos e hijas. Que dicen José Ramón Ubieto y Marino Pérez que recuperar esos elementos es una de las fórmulas con las que luchar contra esa infancia hiper (hiperestimulada, hipersexualizada, hiperconectada), esos niños, niñas y adolescentes y su interacción con el mundo adulto que tan bien describen en el libro “Niñ@s Híper” (NED Ediciones, 2018) que he reseñado en EducaBlog.

Parece fácil, ¿verdad? Hablar, dejar a las criaturas que nos molesten cuando están aburridos y jugar. Chupao, ¿no? Pues no. Todos lo sabemos. En los tiempos que corren, es muy habitual que las pantallas callen las conversaciones, que no permitamos los tiempos de aburrimiento y nos mantengamos y les mantengamos siempre ocupados con algo y que no encontremos espacios para el juego.

Pero quizá es necesario que nos esforcemos en intentarlo. Al menos, debemos hacerlo si no queremos perpetuar un modelo de infancia como el que se describe en el mencionado libro. Un libro, por otra parte, que, en formato casi de intercambio epistolar entre los dos autores, recomiendo encarecidamente tanto si eres profesional que trabaja con infancia, juventud y familias como si, por supuesto, eres padre o madre.

No me quiero extender. Si queréis leer con más detalle lo que me ha parecido dicha obra, pues eso, podéis pinchad aquí. Aún así, a continuación, dejo algunas reflexiones, a vuela pluma, que he subrayado en sus páginas y que no he incluido en el post de EducaBlog, no sin antes reivindicar ese alegato mencionado en el título con el que se concluye el libro de Ubieto y Pérez: ¡VIVA LA INFANCIA!

Todos productores y consumidores podía ser el lema que igualase a adultos y a niños, borrando las fronteras entre unos y otros. Una identidad compartida, ya no por la vía de los ideales, sino a través del objeto del consumo común. El problema de esta utopía es que hace aguas por todas partes, generando síntomas que muestran su fracaso.

Esta hiperconexión no es ajena al destino que la curiosidad y el aburrimiento, signos inequívocos de la infancia, están tomando. La curiosidad aplastada por los estímulos incensantes que los invaden y el aburrimiento como una especie de enfermedad de la que habría que curarse rápidamente.

Nuestra sociedad es hiperreflexiva y parte de esa hiperreflexividad viene de la propia ciencia, que supuestamente tiene unos conocimientos sobre el desarrollo infantil, sobre cómo cuidar a los niños, no sólo en el sentido pediátrico, sino en todos los ámbitos de la vida. Supuestamente entonces, los niños tienen que estar monitorizados por la ciencia a través de los padres. Esto da lugar a una paradoja: los propios padres pierden el sentido común, las maneras tradicionales de educar a los niños para que sepan estar y para que funcionen de acuerdo con las pautas de la sociedad.

La ciencia está ocupando los espacios que antes estaban ocupados por el sentido común. Y la ciencia debe estar al servicio de la vida, no actuar como un sustituto de todos los conocimientos.

Hoy se clasifica más que se acompaña.

En nombre del bien común y en nombre del cálculo de lo mejor, de lo que conviene, se plantean toda una serie de políticas de control que tienen que ver con el peso ideal, con la vida saludable, con la medicación necesaria, etc. Las tecnocracias sanitarias han diseñado, como ejecutoras de esa biopolítica, toda una serie de protocolos de vida y de control.

Esta pasión actual por las etiquetas tiene que ver, también, con las crisis identitarias de las personas. Muchas veces son los propios pacientes quienes piden una nominación. Ellos son los que quieren una etiqueta. Quieren un nombre para eso que les pasa. Y lo quieren porque hoy vemos que hay una crisis generalizada de identidad, una dificultad seria para representarse.

El etiquetaje también produce un efecto de exención de la responsabilidad. Por lo que respecta a los propios niños, aprenden a no tener ninguna responsabilidad acerca de sus problemas. Dado que si ellos tienen los problemas que tienen, por los que van al psiquiatra, al pediatra, al psicólogo, esos problemas se atribuyen a la enfermedad, no a él. Y si luego él mejora de resultas de una medicación que le dieron, no es él el que ha mejorado, sino que es la medicación la que le ha hecho a él mejor.

Cada vez más el fenómeno cultural tiende a la expropiación de la experiencia y a lo que eso implica, quitando al sujeto la capacidad de testimonio. Y lo que él pueda explicar, queda borrado en beneficio de esa homogeneización. Hoy en día, por ejemplo, esa expropiación pasa también en nuestra vivencia de la realidad. No paramos de fotografiar con la paradoja de que cada vez vemos menos el paisaje y no paramos de acumular fotografías que ni siquiera llegaremos a ver después. Hoy el paisaje de la infancia queda oculto, cada vez más opacamente, por la proliferación de diagnósticos en esa operación de macdonalización de la infancia.

Los simulacros suplantan la realidad, el “desierto de lo real” (Baudrillard)

La sociedad del cansancio no solo cansa a uno sino que uno también se puede cansar de ella, plantarse.

Fenómeno de la hipermodernidad: lo que antes estaba prohibido, ahora no sólo está permitido sino que, sobre todo, es de obligado cumplimiento. Esa sociedad disciplinaria se ha transmutado, no en una liberación como se prometía, sino en una sociedad del control, más feroz que nunca porque ahora se trata del autocontrol, cada uno se evalúa y se vigila a sí mismo.

Se ha fomentado una autoestima mediante elogios, parabienes y autobombardeos de positividad, desconectados de cualquier tipo de mérito, de singularidad, sino simplemente porque yo estoy aquí.

Se ha fomentado el narcisismo, niños con el ego inflado, que más tarde o más temprano van a chocar con la realidad, en la que no tienen garantizados lo sparabienes, en la que van a chocar con otros que vienen igual de inflados que ellos. El narcisismo, la agresión y la infelicidad son algunas de las consecuencias de la autoestima subida.
Luego viene la medicalización, como otra tendencia característica de esta sociedad neoliberal en la que estamos, consistentes en naturalizar los problemas sociales que genera la propia sociedad, convirtiéndolos en supuestos problemas naturales, a título de trastornos o enfermedades. El neurocienticifismo termina por hacer el resto.

La rebeldía como tal es necesaria en el proceso de individuación y separación de todo sujeto humano.

Muchos fenómenos, más que de rebeldía a una norma establecida por un ideal paterno, habría que situarlos más bien en la perspectiva de una cierta desorientación, en la que quedan tanto los hijos como los padres. Se ve en el hecho mismo de que muchos padres estén más pendientes de ganarse el amor de los hijos cuando más bien deberían perseguir su respeto y ser los hijos quienes buscasen la estima paterna.

Hay que introducir la nada, un poco de vacío en la hiperactividad, hipersexualidad… recuperar el aburrimiento. El vacío es necesario para que surja el pensamiento y la invención. El fin de la infancia es el propio éxito de los objetos.

La infancia seguirá viva sometida a un fuerte control, que la empuja cada vez más a una reducción del tiempo, a una comprensión de su duración y a una tendencia a la homogeneización, vía la estandarización. Ese control ya no se ejercita, como antaño, a través de la conciencia moral (“No hagas esto, esto está mal”), sino que hoy funciona más bien como un imperativo: “Tú puedes, tienes que ser feliz”.

Querer callarles la boca con pastillas o smartphones para protegerlos (¿de qué?), o protegernos nosotros de sus quejas, los convierte en cambio más vulnerables. Sería una ironía darles primero tabletas (tablets) para que no se aburran y después tabletas (píldoras) porque se aburren.