El cortaúñas de Calella


Salgo de la ducha. Tengo que cortarme las uñas. Abro el cajón. Y lo veo. Grande y brillante. Como nuevo. Y al reconocerlo, vuelvo a sentir rabia. Furia. Por haber sido robado, estafado, desvalijado, timado. Un cortaúñas como símbolo de la usura, de la codicia, de la ambición desmedida. Un utensilio para mantener a raya la higiénica longitud de las córneas que culminan mis falanges que, sin embargo, no consigue recortar la indignación del latrocinio sufrido el verano pasado en la localidad costera de Calella de Palafrugell. Y también por mi incapacidad de respuesta ante semejante atropello. Les cuento.

El mes de septiembre de 2015 pasamos las vacaciones en la zona de la Costa Brava y el Alto y Bajo Empurdà. Preciosos enclaves costeros bañados por el mar Mediterráneo y salpicados por pintorescos y bucólicos pueblos de estética medieval. Buen tiempo, no demasiada gente, rica gastronomía y la compañía de mi esposa y mi hijo. ¿Qué podía salir mal?

Ubicados en la localidad de Pals, casi a diario cogíamos el coche y recorríamos la comarca con el fin de conocer y disfrutar de los alrededores. Y fue una tarde, fue aquella tarde, en la que nuestros huesos acabaron en el municipio de Calella de Palafrugell.

Antes de relatar el atraco a mano armada que sufrimos en el mencionado pueblo, he de explicar cómo vino motivado. Un olvido, un descuido. Un despiste hizo que, al hacer el neceser con los productos para el cuidado personal para dos semanas, no incluyese un cortaúñas. Allí estaba el cepillo de dientes, la pasta, espuma de afeitar, cuchilla, aftershaves, desodorante, puede que incluso hasta un frasco de perfume. Pero no un cortaúñas.

Semana y pico de estancia por tierras catalanas después sin cercenar las zarpas, el tamaño de las mismas había aumentado más allá de lo digno. Temía por rasgar la delicada piel de mi vástago cada vez que tenía que cogerle. Las caricias hacia mi señora constituían un serio peligro de cortamiento. La arena de la playa encontraba un apacible acomodo entre la uña y la carne. Me sentía como el protagonista de aquel número de Faemino y Cansado o como el Nosferatu de Herzog.

Y llegamos a Calella. Con su belleza, sus terrazas, su playa y su gente. Su despampanante y guapa gente. Y yo con las manos en los bolsillos. Escondiendo mis dedos a la vista de los demás como si la lepra estuviese devorándolos; avergonzado de mis garras. Había que ponerle fin. Había que cortar por lo sano, nunca mejor dicho.

Paseando por el caso histórico de la localidad gerundense, al fin de una cuesta, escondida en la esquina de una plaza que daba lugar a serpenteantes calles, se hallaba una tienda de importantes dimensiones; un bazar que lo mismo vendía toallas para la playa, que chanclas, que cremas solares, que gafas de sol, que libros de Sudokus, que juguetes para la prole, que cortaúñas… CORTAUÑAS. Vende cortaúñas. Ahí lo tenía, en el escaparate. Radiante, bello, afilado, listo para ser contorneado, usado, preparado para emitir la bella cantinela que se produce al cascar una pezuña: CRAS, CRAS. Y a un precio asequible, 2 euros de nada. Una mísera moneda con la que finiquitar el aspecto rapaz de mis extremidades superiores.

Y ahora llega el momento de hacer otro inciso para hacer un flagrante corta y pega de un episodio del libro “Chap Chap” de Kiko Amat. El autor de Sant Boi aporta a este recopilatorio de sus artículos en diferentes publicaciones, un texto que escribió el 30 de abril de 2014 para PlayGroundMag titulado “Adoro a los pijos de mi país” dedicado a la población que, en vacaciones, suele habitar los pueblitos costeros por los que nosotros nos movíamos durante aquellos días. En un momento de la divertida pieza, Amat, como avezado enviado especial a Calella (aunque en el texto del enlace a la mencionada web se sustituye el nombre de ese municipio por Pearl Harbour, no así en el libro), relata el siguiente pasaje:

Hartos de arena, mis hijos y yo nos desplazamos al ultramarinos local para comprar polos a euro. No hay demasiada cola, solo una señora con aspecto de cortesana de Luis XIV delante de nosotros. Una señora que, posiblemente, aún recuerda haber leído en prensa lo del Desastre de Anual. Sus rasgos desnarizados y recontraoperados mil veces son una mezcla de Joan Rivers y la máscara de Scream. La señora marquesa pregunta, con acento catalán pero en castellano pudiente:

— ¿Me pones unas naranjas?

El tendero la observa un instante, realiza una apresurada combinación de sumas y sustracciones en su mente, echa una ojeada rápida al cartel que anuncia “NARANJAS. 1 euro el kilo”, agarra dos de ellas, las coloca en una bolsita de plástico, y le contesta:
— 5 euros.

La señora ni se inmuta. Saca su monedero de piel de Dodo y paga los cinco euros sin rechistar, satisfecha de su mundano perfil y desenvoltura al negociar con un inferior. La imagen que acabamos de ver es común en Calella, un lugar donde se practica el timo al pijo a gran escala. El comercio calellense es tradicionalmente inflacionista, al menos en lo que respecta a las clases adineradas. Lo cierto es que todas estas condesas holgazanas hijas del bisturí nunca han realizado la compra por sí mismas. Ni siquiera acostumbran a llevar papel moneda encima, como la Reina de Inglaterra. En ausencia de la mucama para dirimir entre lo que es justo o no, aceptan cualquier precio que se les imponga, por descabellado que sea. Por eso el frutero de Calella vive en un palacio muy parecido al de Cleopatra, y el heladero local se acaba de hacer instalar el segundo helipuerto.

Este episodio lo leí pasados varios meses de sufrir el mismo timo. Y aquí he de discrepar con Amat, al menos en lo que hace referencia a la potencial población objeto del vilipendio. Dudo mucho que el usurero responsable del bazar ubicado en la esquina de una plaza al final de una cuesta de Calella de Palafrugell nos pudiese asociar a estirpes como las descritas en el artículo del autor de “Rompepistas”. Nuestros ropajes, nuestras pintas, mis uñas e incluso nuestro aura, jamás podrían tener nada que ver con la señora de las naranjas.

Tampoco puedo ni quiero incluir a todas las tiendas de esta localidad en el mismo saco del abuso y de la especulación lacerante pero sí señalar indefectiblemente al bazar cuyo nombre, desgraciadamente, no logro recordar y, más concretamente, al tipo de aspecto, curiosamente, parecido al del Señor Burns de los Simpson que nos atendió aquella tarde de septiembre en la que yo sólo quería adquirir un utensilio con el que devolver un aspecto de normalidad a mis manos. Es más, puede que si nos hubiese atendido alguna de las otras personas que también estaban allí despachando sombrillas, pareos y náuticos, no se nos hubiese aplicado la tasa turística unilateral que el avaro tendero en cuestión nos endosó.

Un cortaúñas, os decía. En el escaparate. A dos euros. Un convencional cortaúñas. Plateado, de acero. Ni bañado en oro ni engarzado en piedras preciosas. Un común cortaúñas. A dos euros. Entro a por él. Y Ana: “mira a ver si hay más”. Y yo: “no, para qué. Lo necesito ya”. Y me dirijo al mostrador. Y el viejo cicatero, atento a nuestro escaso diálogo, ha olido la sangre, como un ave carroñera.

– Déme, por favor, el cortaúñas del escaparate.
– Aquí mismo lo tengo. SON CUATRO EUROS.

Un incremento del 100%. Un precio doblado por arte de birlibirloque que, en un primer momento, me noquea.

– Pero, en el escaparate pone que son dos euros y…
– Está equivocado – responde, sin titubear, el ruin responsable de la venta. Lo afirma con seguridad. Lo dice sabiéndose ganador. Cómodo en un desigual combate que está acostumbrado a librar. – ¿Lo quiere o no?

Ding-dong. KO técnico. Se acabó. Dos monedas de mi mano a la suya por un cortaúñas que hasta hace escasos minutos sólo costaba una de ellas. Y salir del bazar en una especie de limbo en el que no sé muy bien qué es lo que ha ocurrido y percatarse de ello ya en el volante, de vuelta a Pals. Y empezar a maldecir y a plantearme regresar a la tienda y devolver el cortaúñas, con vociferantes aspavientos, para recuperar mi dignidad. Y el crío empieza a llorar porque tiene hambre y es tarde y Ana me dice que me aguante y que lo que tenía que haber hecho era reaccionar en el momento y no ahora. Etcétera.

Salgo de la ducha. Tengo que cortarme las uñas. Abro el cajón. Y lo veo. Grande y brillante. Como nuevo. Y al reconocerlo, vuelvo a sentir rabia. Furia. Reconozco el cortaúñas de Calella. De Calella de Palafrugell. Y vislumbro el rostro del mezquino fenicio. Y me digo que, tarde o temprano, volveremos a la Costa Brava y entonces ajustaremos cuentas. Y espero que, esta vez, las cuentas no sean por el doble de su valor.

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Faustino en el parque.

Faustino acude cada mañana y cada tarde con una bolsa de chucherías al parque. Al parque con columpios. Con columpios y niños. Y padres. Faustino llega al parque, se sienta en un banco y observa. Mira a los niños, a los columpios. No se fija en los padres.

De vez en cuando, echa un vistazo a la pantalla de su celular. Un viejo teléfono. Lo mira y lo vuelve a guardar en la misma bolsa en la que lleva los dulces y los frutos secos. Allí mismo. Guarda el teléfono móvil con las chucherías y vuelve a mirar a los niños.

Tampoco son muchos los padres que se percatan de la presencia del sudamericano en un banco del parque. Un banco del parque en el que están sus hijos. Cerca de sus hijos. Pero algunos padres sí lo hacen. Y hablan. Y comentan entre ellos. Y se preguntan cosas. Al principio, de forma tímida para, poco a poco, ir especulando con más intensidad. Qué hace ahí, a diario, cada mañana, cada tarde, con una bolsa de plástico, solo, mirando a los niños. A sus niños. Y sacando un móvil. Sacando un teléfono de la bolsa de plástico. ¿No hará fotos a los niños?, ¿qué más lleva en esa bolsa?

Faustino nunca se acerca a los padres. Nunca se sienta en un banco que pueda estar ocupado por un adulto pero tampoco en uno que le reste visibilidad a los infantes. En cambio, una tarde, dos padres sí dan el paso y se sientan al lado de Faustino. Y le preguntan a ver qué hace allí. Y miran las chucherías en su bolsa de plástico, junto al celular. Y Faustino les responde que mirar a los niños, que le gusta mucho observar cómo juegan. Y a un padre esta respuesta no le sienta bien y le dice que se vaya y que no quiere volver a verle en ese parque.

Faustino no entiende nada. No entiende nada pero deja el parque con los ojos anegados de lágrimas y la mirada amenazante de los padres clavada en su nuca. Faustino saca el viejo teléfono, lo abre y vuelve a leer el mensaje de su esposa. Ese mensaje parco en el que le anunciaba que el médico le había dicho que Faustino no va a tener descendencia. Ese mensaje recibido hace más de un año.

Faustino no puede tener hijos y no puede ver jugar a los hijos de otros en el parque. No puede acercarse a sentir, a través de la observación, algunas de las cosas que tienen que sentir los que sí han podido ser padres. No, al menos, en ese parque.

PD: imagen procede de Paredes que Hablan

Merengue

Una imagen interrumpe nuestro diálogo.

merengue

Merengue. Mucho merengue. Blanco como la nieve. Sobre la madera de un banco del paseo de los Fueros. Sobre la camisa vaquera de un tipo sentado en el mismo. Merengue manchando las manos de un tipo con la mirada perdida. Merengue por todas partes.

Andoni y yo cruzamos nuestras extrañadas miradas sin que haga falta decirnos nada para mostrar sorpresa ante la escena adyacente.

El tipo del banco que momentos antes trataba de acabar de chupetear sus dedos, ahora parece dormido. Se encuentra desparramado en el banco anegado de dulce. Merengue por doquier. Da cosa decirle algo, tratar de despertarle más por miedo a acabar embadurnados de crema pastelera que por otra cosa pero, aún así, nos acercamos.

– Eh, amigo… EH!! – le gritamos – ¿Te encuentras bien?

Despierta. Merengue en la comisura de los labios. Merengue en el cuello. Merengue.

– Sí… – titubea – Sí, gracias… Me he quedado dormido.

Su acento parece gallego. Un gallego que ingiere merengue a mediodía sentado en un banco de madera en Barakaldo.

– Pero, ¿estás bien?, ¿te podemos ayudar en algo?

– Esto… Bien, gracias…

Le dejamos un kleenex, un pañuelo de papel que acabará completamente merengado. Torpemente se limpia la camisa, las manos, la cara. Todo blanco, todo merengue.

– Quiero agua – pide.

– Un poco más alante tienes una fuente – le indica Andoni.

– Vale.

Se levanta. Parece como si el merengue también hubiese llegado al suelo y su pegajosa textura provocase que el gallego del banco se tambaleara. El tipo no está bien. Se encuentra perdido, desorientado. Zigzaguea, hace eses y, agradeciendo una vez más que le hayamos despertado, se dirige en la dirección marcada por mi amigo.

Dejo el banco atrás. Madera salpicada de merengue. En el respaldo, en el asiento. Todo blanco. Mucho merengue. Me pregunto dónde habrá comprado el gallego ese dulce.