Cómo se me deriva la deriva (en el Soho)

“Yo vine a Londres porque quería encontrar una forma de libertad. Pero no creo que vaya a encontrarla en el Soho. Para mí, eso no es Libertad, tan solo es su apariencia (…). Esa clase de vida, vagabundeando por los cafés del Soho y durmiendo en el suelo, no me satisface. No creo que la respuesta sea encontrar un nuevo modo de vida. La forma, la manera en que uno vive, es algo muy distinto a la vida misma, y es esa vida misma lo definitivo e importante”.

Él fue a Londres, huyendo de una gris ciudad de las Midlands, buscando una forma de libertad. Ansiando, además, profundizar en ese concepto, para algunos tan abstracto, para otros tan meridiano. Pretendiendo disertar al respecto, escribiendo compulsivamente sobre ello. Él también fue a la City con ese objetivo… ¿o ese objetivo le encontró a él? ¿Lo hizo, de hecho, al ir topándose con pintores, putas, alcohólicos, vagabundos, caricaturistas y demás ralea supuestamente habitual en la época (años 50 del siglo XX) y en el supuestamente centro neurálgico de esa bohemia, el Soho?

El joven (si no recuerdo mal creo que cuenta con 19 años) aterriza, además, en la capital británica con un buen puñado de libras en el bolsillo y en ese iniciático deambule sin destino, acaba con sus huesos, como digo, en el Soho, atrayendo (¿él o su dinero?), como digo, a un buen número de estrafalarios personajes.

El contacto con ellos y el pasear casi incesante, casi sin referencias espaciales por el propio barrio, supone, a mí modo de ver, el comienzo de un camino (¿de una evolución, de una involución?) en nuestro protagonista. Me da la impresión que la ilusión o el hambre de aventura y su motivación en pos de la Libertad le lleva a abrazar, quizá ingenuamente, los caracteres de esos personajes como la panacea que buscaba para ejemplificar la libertad en su máxima expresión.

Sin embargo, tengo la impresión (o eso he querido creer) que muchos de ellos se acabaron acercando a Harry Preston (el protagonista de ‘A la deriva en el Soho’) con una vocación utilitarista, interesada, atraídos por esas libras que podían satisfacer necesidades primarias y otras igualmente necesarias pero no tan básicas vistas desde un punto de vista más maslowliano. Y tengo la impresión (o eso he querido creer) que a medida que el protagonista se anclaba a estas compañías e iba conociendo otras nuevas, a cada cual más extravagante, él iba reconociendo ese interés, a pesar de lo cual no se negaba a ser utilizado y, ni mucho menos, se oponía a rechazar esas relaciones que a él le proporcionaban satisfacciones y, sobre todo, conocimiento y experiencia.

Quizá por esto también, por ese aprendizaje exprés extraído del vagabundeo, he sentido que Preston se iba alejando de los extremos (de los más planos y conservadores, digamos, que poblaban su vida pre-Soho, y de los más libérrimos conocidos en el barrio negro londinense) Y creo que, además de esa experiencia simultánea, hubo otro factor que desencadenó esa, llamémoslo así, equidistancia: el amor. Que no sé si trata de amor pero, desde luego, la aparición en su vida de una joven venida de las antípodas, aterrizada en Londres de una forma un tanto casual, y la complicidad surgida entre ambos, creo que llevó a nuestro héroe a desengancharse de la pléyade de bohemios que le acompañaban en aquellos estimulantes y azarosos días y concluir, en definitiva, que “la manera en que uno vive es algo muy distinto a la vida misma”.

Quiero destacar y destaco, como diría aquel, esas sensaciones o impresiones, pese a que pueden estar totalmente equivocadas, porque me quiero ver o me veo reflejado en él. Porque siempre me he sentido o me quiero sentir atraído por personas o personajes un poco al margen, nihilistas, extravagantes, irracionales, a veces antihumanistas, huraños o estrambóticos, divertidos y reflexivos y no sé qué más adjetivos poner para señalar a esos otros grandes protagonistas de ‘A la deriva en el Soho’. Y, por descontado que él, Preston, se moja en esta historia mucho más de lo que yo he podido hacer (si bien, ahora que lo pienso, me dedico a lo que me dedico) y mucho más de lo que jamás haré. Y porque él, sea por el tiempo que sea, se mueve en ese alambre pseudomarginal huyendo de su anodina vida anterior, alambre que yo conozco, en realidad, a través de relaciones mucho más superficiales (sin querer, nuevamente, hablar de – mi – trabajo) y sin abandonar, en definitiva, mi pseudoburguesa vida.

Quizá por todo ello, uno de los fragmentos del libro que subrayé en rojo tras doblar la esquina superior izquierda de la página par en la que aparecía y que vuelve a entroncar perfectamente con el destacado al inicio de este texto, es el siguiente:

“Yo empezaba a familiarizarme con la idea de que los vagos del Soho no poseían el espíritu de iniciativa que cabría esperar de su género de vida; las únicas características que desarrolla la vida bohemia son la ineficiencia y la vagancia”.

Pero no me malinterpreten al pobre Preston (ni siquiera a mí) a pesar del tono crítico y desencantado de lo mencionado. Él, de hecho y a pesar de ello, sigue con ellos y rebate y les sigue el juego y participa de sus costumbres, de sus delirios, de sus espacios y de sus excentricidades. Empatiza, claro, con muchos de ellos y les otorga su parte de razón en este mundo. Creo que, hasta cierto punto, los considera necesarios como contrapunto a la aburrida cotidianidad. Insisto: lo cree así pese a la ineficiencia (ineficiencia, ojo, recordemos, para la “iniciativa que cabría esperar de su género de vida”) y la vagancia. Pues eso. Que yo. Que yo también. Que yo también les otorgo su parte de razón y empatizo y, hasta cierto punto, los considero necesarios y, en mi caso, trabajo por/para/con ellos (aunque no, digamos, con bohemios precisamente) pero desde esa equidistancia vital, cobarde, acomodaticia, burguesa… llamémoslo equis. O sea, no me atrevo a ser como ellos pero admiro que lo sean y me gusta la relación subrepticia que, de vez en cuando, he establecido o establezco con ellos.

Es más, y ya acabo, no huyan, creo que nuestro ya querido Preston, debido a su fulgurante deriva en el Soho, ya ha tenido suficiente y si se tuviese que hacer una continuación a la obra de Wilson ésta debería ser la de un hombre de mediana edad casado con la nezoelandesa conocida en esos días londinenses, que sigue pensando en la libertad (experimentada y reflexionada) pero con la certeza de que esa, aquella vida no es para él.

Y por si no ha quedado claro todo lo que he querido decir en estos párrafos, acudamos a los libros. Bueno, al libro. Es fácil. Vuelvo a pegar a continuación el fragmento inicial, impreso en la página 198 de mi ajada edición de ‘A la deriva en el Soho’, mi primera y fructífera lectura de este 2019:

“Yo vine a Londres porque quería encontrar una forma de libertad. Pero no creo que vaya a encontrarla en el Soho. Para mí, eso no es Libertad, tan solo es su apariencia (…). Esa clase de vida, vagabundeando por los cafés del Soho y durmiendo en el suelo, no me satisface. No creo que la respuesta sea encontrar un nuevo modo de vida. La forma, la manera en que uno vive, es algo muy distinto a la vida misma, y es esa vida misma lo definitivo e importante”

Y fin. No era mi intención realizar, ni mucho menos, una especie de reseña al uso de ‘A la deriva en el Soho’ (Colin Wilson) ni tampoco escribir una disertación tan rimbombante y pedante como la que ha salido. Mi idea era dejar algunas reflexiones, un poco a vuelapluma, derivadas de su lectura. Sorprendido estoy, eso sí, de lo que ha surgido, de cómo se ha derivado la deriva (en el Soho) habida cuenta que me acerqué a esta obra con ciertas reservas. De esperar algo más cercano a lo oscuro, lo desconocido, lo atávico, lo liminal (que, quizá, de una forma subjetiva por ahí andan, qué sé yo… y Carlos, perdóname los prejuicios, je) me encuentro con una especie de trip beat por las calles de Londres que, sin embargo, me resuena y, no sé, supongo que, en cierta forma, me remueve. Bienvenido sea, pues el revolcón.

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Las manos siguen frías

Desentumezco los dedos. Escribo esto ahora para desentumecerlos. El corrector del word me subraya en rojo desentumezco y desentumecerlos. Me resulta extraño que las primeras palabras de este texto sean esos verbos, en esas formas. Verbos que no parece reconocer la máquina, el procesador de texto. Me dan ganas de parar. Casi hasta de llorar. No. Confesaré que esto último es una especie de licencia que he añadido al releer este primer párrafo. No, no he sentido ganas de llorar.

Esto que nos ocupa me ha sobrevenido hace un par de horas o así, mientras fumaba un cigarro. He inhalado humo y he chupado frío. He bajado con una chaqueta fina al portal de la oficina. Y con un café de máquina. Si hubiese quitado la tilde a máquina, la esdrújula sería una llana y habría rimado con fina y oficina. Lástima de reglas ortográficas y gramaticales.

Bebía y fumaba con una fina chaqueta ya de noche, decía. Noche cerrada. Mucha gente abandonaba ya el edificio tras acabar su jornada laboral. Yo sólo me tomaba un pequeño descanso. En él, he decidido, decía, empezar a escribir algo para desentumecer los dedos. Curioso: el procesador de texto no me subraya ahora el infinitivo.

Las manos siguen frías. Pensaba que al escribir esto las calentaría. O, al menos, templaría las falanges tecleando. Al usar ese sinónimo, falanges, para no volver a decir dedos me ha sobrevenido una sonrisa. ¡Qué tontería! He pensado en el otrora sindicato o partido o lo que fuese: la Falange. La Falange Española. Lo que iba a ser un ejercicio para desentumecer los dedos parece virar hacia un texto en el que incluir referencias políticas. Puedo desviarme, de hecho, al ascenso de VOX y tal. Realizar una reflexión acerca del auge de la extrema derecha en Europa. En breve, de hecho, empezaré a leer ‘Ilska – La Maldad’ que versa, precisamente, sobre esto. Pero no.

No. No estoy ahora aquí para eso. Que va. He abierto un documento en blanco para desentumecer los dedos. Ahora voy a poner en cursiva, en el párrafo anterior, dedos y falanges y, a continuación, voy a buscar un sinónimo para desentumecer. Y también lo voy a poner en cursiva. Esperad. Ya está: desentorpecer, desadormecer, desentumir, reavivar. Os confesaré que también he buscado un sinónimo para dedo. Y no: falange no aparecía como sinónimo. Mejor. Era la excusa que necesitaba para no llevar este escrito hacia vericuetos ideológicos.

Desadormezco los dedos. Los desentorpezco, los reavivo. Pero las manos siguen frías. He salido a cuerpo gentil a la calle, a fumar y a beber sucedáneo de café y ahora no entran en calor. Tampoco estoy tecleando de una forma compulsiva, obsesiva. Y eso que me gusta imaginar que lo que va surgiendo a medida que avanzo en este escrito es una especie de declamación sin sentido como la de aquellos artistas que igual, qué sé yo, en los años 20 o 30 del siglo pasado practicaban algún tipo de escritura automática de la que brotaban textos inconexos, con poco sentido y que, estos sí, golpeaban con fruición las teclas de una vieja Olivetti llevados por no sé qué motivación. Aunque a lo mejor lo hacían a mano. En un café lleno de humo. No me pararé a buscar ahora información sobre ellos en la red para saber qué instrumento utilizaban, para saber en qué década lo hacían, ni siquiera para comparar esta serie de párrafos aburridos con lo que en mi cabeza visualizo como escritura automática o algo de esa índole. No quiero hacerlo para que no se me enfríen más las manos y, sobre todo, porque no quiero que penséis que con esta perorata absurda pretendo emular a aquellos bohemios que buscaban vete a saber qué mediante ejercicios así. No. No quiero parecer un impostor aunque sea demasiado tarde.

Además, he sido sincero desde el principio: esto ha surgido para desentumecer los dedos, las falanges (ay, no), para desentorpecerlos y reavivarlos, tras un café y un cigarro. Como una especie de entrenamiento para hipotéticos futuros nuevos textos que no interesarán a nadie. Ya es suficiente. Se ha producido un salto de página y estoy en la dos. Ya vale. Te compadezco si has llegado al punto y final. Gracias por ayudarme a desentumecerlos.

Las manos siguen frías. Son las de la foto. Frías y feas. Es difícil que unas manos salgan bonitas – una mano – en un picado con el teléfono móvil.

Cosecha 2018. Y fin.

¡Qué absurdo es esto de las listas de fin de año! O sea, que está guay y tal, echar la vista atrás, hacer balance y todas esas cosas, vale. Pero tampoco es necesario tener que proclamarlo a los cuatro vientos, ¿no? O quizá sí. No sé. Quizá sea, exclusivamente, un rasgo, una característica de nuestros tiempos. No pasa nada. Se ve que uno no puede abstraerse del momento y la época y se deja llevar. Pues eso, que no pasa nada. Digo yo. Pero lo que es verdaderamente absurdo o a mí me lo resulta según escribo estas líneas y releo las de los días anteriores, es la capacidad de estas entradas, de esto de las listas que yo llamo Cosecha ____, como si estuviese en pleno Falcon Crest, de motivarme (¿obligarme?) a sentarme delante del ordenador, dejando de hacer otras cosas por venir aquí, a contarle a cuatro y el tambor lo que leo, veo, escucho o siento durante determinados momentos a lo largo del año que se acaba. El caso es que en estos últimos 4 o 5 días, he escrito más en este blog que en tres o cuatro meses, momento en el que, precisamente, me dediqué a escribir unos textos muy parecidos a estos mismos pero referidos a resumir lo que había dado de sí el verano.

A lo mejor no me da para más que para escribir cinco o seis post en una sentada (realmente tardo muy poco en escribir estas bobadas) sobre… bueno, sí, mis fiebres, circunscritas, en cualquier caso, a un determinado período de tiempo. Y, hombre, a decir verdad, no me gustaría que esto se redujera a eso, por más que tampoco tengo muy claro a qué se tiene que dedicar ésto, por más que mi máxima sea la de escribir sobre lo que me apetezca, cuando me apetezca y demás y, por tanto, si lo que me pide el cuerpo es hacer este tipo de escritos, pues sea. Pero es absurdo, en cualquier caso. Si dedicara ese pequeño tiempo a diario a sentarme a pensar o escribir de otras cosas, quién sabe, incluso si me sentase el exiguo tiempo que dedico a estos posts (que, al final, no dejan de ser una especie de vomitona desordenada pero coordinada por no-sé-qué-cosa-de-qué-año-o-mes) a escribir, yo qué sé, relatos o algo así, si lo hiciese, digo, pues igual hasta me acercaba a ejecutar uno de mis anhelos teenagers… pero no… cuatro o cinco días comentando que el libro que más me ha gustado del año es no sé cuál o diciendo que el disco que hay que escuchar es este de aquí… como si mi criterio fuese importante para quien esté al otro lado. No sé a qué pretendo jugar cada año repitiendo estos textos en el mes de diciembre pero insisto: es absurdo pero, al mismo tiempo, fascinante que una vez hecha esta reflexión tan autocrítica conmigo mismo, sea plenamente consciente de que en el siguiente párrafo remataré el serial Cosecha 2018 y que el año que viene, por estas fechas, estaremos con el Cosecha 2019. Con todo, sólo espero, antes de acabar esta disertación, poder escribir algo más y de algo más que de estas bobadas en Cienfiebres durante el 19. Porque no, a pesar de lo expuesto y de cierto tono apesadumbrado que se haya podido intuir, lo siento, amigos: no lo dejo. Me quedo.

Y ahora sí… Cosecha 2018. Y fin. Hemos hablado de libros, de pelis, de discos, de fútbol… los días anteriores y ahora, a escasas horas de despedir el 18, quiero hacer una especie de ‘remembering’ en unas pocas palabras para acabar con el nombre en mayúscula, para mí, de este año. Así, me vienen a la cabeza imágenes como la de Rajoy despidiéndose de su poltrona de presidente por una moción de censura de la oposición que, lo nunca visto desde que tengo uso de razón, fructificó una vez que el hasta entonces partido en el gobierno fuese señalado judicialmente como un partido corrupto; pienso en el cuento de nunca acabar de Cataluña y el prusés o en la irrupción de fuerzas políticas que asustan, aquí, ahí y más allá; rememoro a los viejillos y viejillas que han salido a la calle (siendo Bilbao su epicentro) durante casi todo el 18 y me acuerdo de la explosión feminista que se vivió el 8M; aparece por ahí la Rosalía, el Netflix (¿ha sido el 2018 el año de su absoluta consagración ya entre toda la basca, no? Admito, sin querer sonar snob (o sí, ¡qué coño!), que yo no uso de eso), el VAR… pero, como decía antes, si hay una imagen que mantendré fresca e impoluta en mi cerebelo o donde quiera que se alojen los recuerdos, para toda mi vida, no sólo el 31 de diciembre, esa es la de la mañana del 27 de abril de 2018, un amanecer primaveral en el que llegó Telmo, el nombre que marca mi 2018, sin ningún género de duda.

Feliz 2019 a todas y todos.

* La foto la he encontrad aquí.

Cosecha 2018. El pop.

Sin muchos preámbulos. Este año lo titulo así, con lo de “El pop” porque, más allá de los, para mí, mejores discos del año, quiero hacer otras distinciones. Y sin más… ni menos… aquí, como en otras de las millones de listas que han abundado durante este mes, se viene a aplaudir las selecciones o a vilipendiar la desfachatez de elegir equis álbum o ene canción, sin entrar en mayores disertaciones o argumentos. Así que no me extiendo, digo, extendiéndome.

Este año he vuelto a destinar una parte importante de mis ingresos a comprar discos en formato físico (CD y vinilo) Entre los editados durante estos casi finiquitados doce meses, he comprado un total de 24 referencias. Este criterio, el de la compra, es determinante para que aparezcan en esta lista ya que, en la mayoría de los casos, antes de comprarlos habían pasado el filtro de ser testados en plataformas de streaming, principalmente Spotify, aunque hay excepciones (discos comprados en conciertos – que me convencieron, claro – y cosas así) y, por tanto, han tenido su correspondiente fiebre y su consecuente suelte de gallina. De esos 24, mi top 10 del año sería:

10.- FATHER JOHN MISTY: God’s favorite customer
9.- SR. CHINARRO: Asunción
8.- HONEYBUS: For where have you been: The lost tracks
7.- SPIRITUALIZED: And nothing hurt
6.- THE JAYHAWKS: Back roads and abandoned motels
5.- DROPKICK: Longwave
4.- COOPER: Tiempo, temperatura, agitación
3.- PETE ASTOR: One for the ghost
2.- JOEL SARAKULA: Love Club
1.- FINO OYONARTE: Sueños y tormentas

Dado que han sido también unos cuantos los singles y EP’s editados este 2018 que han ido a parar a mi discoteca particular, me gustaría hacer mención a algunos de ellos en una pequeña lista:

1.- THE ANGLOS: Broke down piece of man/Four walls of gloom
2.- BELLE & SEBASTIAN: How to solve our human problems. (Part 1, 2, 3)*
3.- CANGREJUS: La elegancia entra en su casa
4.- JOHN’S CHILDREN: Desdemona
5.- CAROLINA DURANTE: Examiga

* la primera parte de la serie de tres EP’s de Belle & Sebastian en realidad se editó a finales de 2017.

En cualquier caso, desdeñar, en estos tiempos, el consumo virtual o digital de música sería una especie de incongruencia espacio-temporal. Por ello, por ahí tengo anotados (guardados) unos álbumes que me han gustado muchísimo y que, como digo, sólo he disfrutado, de momento, a través del Spotify, a la espera, eso sí, de que sus correspondientes ediciones físicas sean un poco más accesibles.

BETACAM: Mítico.
DANIEL ROMANO: Finally free
THE LIMIÑANAS: Shadow people
MGMT: Little dark age
STONE FOUNDATION: Everybody, anyone
TRIÁNGULO DE AMOR BIZARRO: El gatopardo
THE ESSEX GREEN: Hardly electronic

Del mismo modo que antes destacaba singles, es decir, formatos de corta duración, he tenido también mi lista de canciones favoritas de 2018 en el Spotify, canciones algunas que me han empujado a escuchar álbumes enteros y otras que he disfrutado sin necesidad de ampliar nada más… algunas de ellas…

THE FERNWEH: Timepiece
THE ESSEX GREEN: Sloane ranger
THE MAX MESSER GROUP: Free
FERNANDO ALFARO: Qué clase de animal
PECKER: Seremos parte del huracán
MIQUI PUIG: Raros
GRUFF RHYS: Frontier man
MILES KANE: Loaded
SUEDE: The invisibles

Lo curioso, en todo caso, es que, puestos a medir las horas escuchadas a lo largo del año, es más que probable que le haya dedicado más tiempo a artistas, bandas y discos pretéritos que a los coetáneos. No soy el único al que le pasa eso, estoy seguro. Al final, acabamos tirando de (nuestros) clásicos por hache o por be. Haciendo un poco de memoria sobre este 2018, citaré cuatro grupos (muy obvios en mi caso, como bien puede saber quien me conoce un poco en estas lides) que me han enfebrecido a raíz de aniversarios, libros, películas o por razones más insondables:

THE KINKS
STEREOLAB
EL NIÑO GUSANO – LA COSTA BRAVA – SERGIO ALGORA
PULP
COLIN BLUNSTONE
LA GRANJA
THE HONEYBUS

Y vamos acabando con una de mis actividades preferidas alrededor de la música: asistir a conciertos. Este año, por evidentes razones de índole familiar, no he podido disfrutar en número como a mí me hubiese gustado. De hecho, al 2019 le pido un poco más de tiempo para la música en directo… veremos si es posible… tres conciertos muy disfrutados de este 2018 que se nos va:

COOPER (Shake, 6 de enero, formato acústico)
DR. MAHA’S MIRACLE TONIC + SANTI CAMPOS + RUNAWAY LOVERS (Ambigú, 3 de febrero, fiesta V aniversario de los TwoBaskos)
DAN PENN + THE MASQUERADERS (Kafe Antzoki, 6 de octubre, Soul 4 Real)

Cosecha 2018. El fútbol.

¡Quién nos lo iba a decir! Quién nos iba a decir, allá por el mes de agosto, que íbamos a llegar a finales de año con nuestro equipo en posiciones nobles. Y es que el Barakaldo CF acaba el curso del 18 en la tercera plaza del grupo II de la 2ªB y, lo que para mí es más importante, metiéndole seis puntos al quinto. Como digo, algo impensable a principios de la temporada 18/19 que ni los más optimistas podían imaginar cuando tres cuartas partes de tu plantilla se piran a otros equipos en el mercado veraniego, yéndose, claro, los principales puntales de la campaña pasada.

Echando la vista atrás, precisamente, a la temporada 17-18, a uno le queda la sensación de que se desaprovechó una plantilla muy compensada y en la que, sobre todo en la vanguardia, las cosas salieron a pedir de boca, con una de las mejores duplas atacantes de la categoría y de las que no se recuerdan por Lasesarre desde hace años (Sergio Buenacasa y Ander Vitoria) Un equipo bien armado atrás, muy compensado en el centro del campo (otra buena pareja de baile eran los Cerrajería y Baba) y, como ya he dicho, con mucha pólvora arriba. Sin embargo, la parroquia gualdinegra nos tuvimos que confirmar con la clasificación para la Copa (competición, por cierto, que, por el momento, es el gran fracaso de lo que llevamos de curso, tras caer eliminados a las primeras de cambio frente a un tercera navarro, el Mutilvera)

Quizá esa rémora de la pasada campaña y el escepticismo inherente a una plantilla completamente nueva y desconocida es lo que a uno le mantiene desconfiado de cara al futuro. Espero equivocarme totalmente pero es como que tengo la sensación de que tarde o temprano empezaremos a encadenar resultados negativos y caeremos a posiciones más mediocres. En algunos partidos (me estoy acordando ahora contra el Calahorra) es como que se apreciaban las costuras del equipo y parecía que de un momento a otro las hechuras iban a saltar por los aires. Eso sí, mientras tanto, mientras yo me sitúo en una posición quizá demasiado agorera, el Barakaldo de Larrazabal de la actual campaña se empeña en llevarme la contraria. Y, obviamente, me alegro enormemente de que sea así. De hecho, si dejo un hueco a la esperanza de pensar que, quién sabe, a lo mejor en mayo del 2019 igual el Barakaldo está entre los 4 primeros clasificados, es por el hecho de que a la plantilla se le ve muy solidaria entre sí, que pelea hasta la extenuación y que es como que, inconscientemente, quieren vencer a esa impresión de principios de campaña y darnos a todos los escépticos en los morros. Insisto: ojalá sea así.

Lo que ya no es tan increíble es lo del Liverpool de Klopp. La evolución del conjunto del Mersey es magnífica, preciosa y apasionante. De hecho, 2018 queda como año de los de guardar para la hinchada red, aunque faltase el lazo en forma de orejona. Una pena, sí, pero, en cierta forma, disfrutamos (o eso habrá qué decir) la final contra el Madrid, a pesar de todo. Para mí, desde luego fue todo un punto vivirla este año con un bebé recién nacido, un niño cada día más enfermo con el balompié y demás, como ya os conté en Niño adoctrinado y Bebé volador.

En cualquier caso, más allá, como digo, de la guinda de la final de copa de Europa, el año de los de Klopp sigue siendo espectacular. A fecha de hoy y a escasas dos horas de la segunda jornada del Boxing Day que enfrenta al Liverpool frente al Arsenal, los reds son líderes en solitario de la Premier, sacándole cinco puntos al segundo clasificado (el Tottenham), manteniéndose imbatido tras 19 jornadas, ganando 16 y empatando 3, siendo el segundo equipo más goleador de la liga y el menos goleado. Por tanto, ¿es o no es, de momento, un año para enmarcar? Sólo cabe esperar que en el próximo 2019 se mantenga la evolución y llevar algún título a las vitrinas de Anfield (un título de liga tras 39 años o resarcirse de lo del año pasado, aún presente, o, por pedir que no quede, ambos dos)

Para acabar esta pseudomemoria de 2018 en clave futbolero-cienfebrista, podríamos referirnos al Mundial y tal, pero, además de que yo no soy mucho de selecciones, hay un nombre que creo que es más idóneo para este cometido: Nicolás, mi primogénito. No negaré que estoy encantado con que el crío le guste esto del balompié pero, quizá, sólo quizá, no esperaba que fuese a ser para tanto. Le encanta jugarlo, tanto física como fantasiosamente (vaya partidos se juega él solo sin mayor compañía que su propio cuerpo y mente… en realidad, algo ya os conté pero os puedo asegurar que ha ido a más), le ha encantado hacer la colección de cromos de la liga, se ha aprendido los escudos de muchos clubs, te puede decir 5 o 6 nombres, fácilmente, de jugadores de un montón de equipos y, lo que es más flipante, si se encuentra con un partido en la tele, prefiere verlo antes que los dibujos que puedan estar dando en alguna cadena infantil, por no hablar de que ha venido ya a unos cuantos partidos a Lasesarre y el chaval ha aguantado estoicamente a pesar del habitual turre que supone el fútbol de bronce.

En fin, que sí, que encantado y tal, pero me las he visto ya en varias ocasiones diciéndole que hay vida más allá del balón… pues eso, que acabo casi casi como empezaba esta entrada: ¡quién me lo iba a decir a mí!

* en la imagen, el protagonista final del post, Nicolás, ataviado con su zamarra gualdinegra, en Lasesarre, observando a Oscar Prats, el día que nos eliminó el Mutilvera.