Las Fiebres Musicales del cuatrimestre

Del cuatrismestre, amigos. Así, en plan universidad. De agosto, septiembre, octubre y noviembre. Y mejor exponerlas ahora no se me vayan a juntar con la cosecha de 2017 que toca este mes, claro. Y es que no he sacado tiempo de hacer el serial mensual por falta de tiempo. Bueno, decir falta de tiempo puede llevaros a pensar que he estado a tope y tal. Y bueno, aunque en algunos momentos así ha sido, no me escudaré en ello. Ha sido, como tantas otras veces, por pura pereza y por una tendencia casi patológica a la procastinación.

En fin, sea como fuere, no temáis, no me extenderé aunque cuatro meses haya dado para enfebrecerme por muchas cosas, tanto a nivel de novedades musicales como de grupos, discos o canciones de cualquier época que, por equis razón, me han soliviantado en este periodo.

Lo dicho, no me extenderé, ahí van, no sin antes amenazaros a que en poco tiempo, pues eso, traeré mis discos, libros, canciones, películas, momentos futbolísticos o lo que sea de 2017, es decir, un repaso en clave Cienfiebres al año que se nos va. Venga, ahí os dejo, cuatro y cuatro, va.

Belle and Sebastian. “This is just a modern rock song”.

Ya lo he dicho otras veces. Belle and Sebastian merece un capítulo aparte como una de las bandas que conforman mi propia banda sonora personal, valga la redundancia. De hecho, supongo que algún día lo haré. Si sois fieles seguidores de este blog, podréis comprobar que en los capítulos dedicados a repasar mis fiebres musicales mensuales he eliminado del encabezamiento lo de Mi Banda Sonora ya que tengo pensado volver a dedicar esa sección a grupos, canciones o álbumes que tengan un carácter más transversal a nivel biográfico y, como decía, los escoceses merecen mención especial. El caso es que no sé si fue en agosto o en septiembre, volví a dedicarles mi tiempo. Volví a recorrer los surcos de sus LP’s, las pistas de sus CD’s. No sé si el motivo fue que entonces me acabé el libro de Stuart Murdoch, ‘Café celestial’ (un tanto decepcionante, por cierto) o porque me compré uno de los EP’s que me faltaban, este “This is just a modern rock song”. Sea como fuere, como tantas otras veces en estos últimos, qué sé yo, 20 años, Belle and Sebastian volvieron a acompañarme de de forma febril.

Gentle Brent. “The lonely one”

Intercalemos ahora una novedad que añadí a mi lista de Spotify Agosto 2017. Gentle Brent. Maravilloso himno pop respaldado por el no menos maravilloso sello You are the cosmos que se empeña, regularmente, en traernos gemas pluscuamperfectas, artefactos sin pretensiones y artificios, sólo canciones, preciosas y redondas canciones. Para muestra, un botón esta “The lonely one” (qué bien pega, por cierto, pinchada justo después de la de B&S)

Johnny Lytle. “Babo”.

No sé quién tuvo la idea de añadirme en septiembre o por ahí a un grupo de Facebook llamado Jazz Club, dedicado, como su propio nombre indica, a este género. No sé a quién se le ocurrió ni por qué ya que poco puedo aportar yo al respecto. Sin embargo, lo bueno para mí es que la mayor parte de la gente allí presente sí que controla y con ellos se aprende un montón y se descubren cosas realmente buenas. De todo ello, de todo lo encontrado, hubo un tema que alguien compartió en octubre, que, permítanme, me volvió loco. Un tema de esos que uno desearía poder pinchar a todas horas, en cualquier elegante fiesta que se preste y que, desde entonces ha pasado a formar parte de mis favoritísimas. Con todos ustedes, “Babo” de Johnny Lytle. De nada.

St. Vincent. “New York”.

Cambiemos de tercio. Hallazgo de septiembre. St. Vincent. Una de esas artistas siempre reivindicadas por la gente que se supone que sabe de qué va esto y a la que uno nunca le prestó demasiado atención. Error. En esta ocasión, esa gente que se supone que sabe, realmente sabe. Annie Erin Clarck, la persona que se esconde bajo el pseudónimo del santo patrón de la anteiglesia de mi pueblo, nos lleva de Barakaldo a la costa este norteamericana con un elegantísimo tema que, maldita sea, debe encabezar las listas de las canciones más cool del año. Intensa, emotiva, épica, trascendental. Se me agotan los adjetivos para, en realidad, no decir nada. Haced el viaje, va, iros hasta New York de la mano de St. Vincent.

Carlos Berlanga. “Indicios de arrepentimiento”.

Lo dije, en octubre, en modo cienfiebres: el “Indicios” de Carlos Berlanga es, posiblemente, uno de los mejores discos de pop de la historia de la música española. Y punto. Y no recuerdo ahora por qué me dio por ahí. Pero ni falta que hace. Atrapado durante varias semanas. Única banda sonora en el coche durante días. Sin duda, una de las fiebres del cuatrimestre. Y del año. Y para siempre.

Noel Gallagher’s High Flying Birds. “Holy mountain”.

Me ha pasado como con el disco anterior en solitario del mayor de los Gallagher: mi intención era no acercarme a él siquiera. Para alguien como yo que fue muy fan de Oasis, abrazar las aventuras en solitario de los hermanísimos me resulta, a priori, insultante. A priori. Porque el caso es que luego, por casualidad (¿casualidad?, no lo creo), acabas escuchando alguna canción por ahí suelta y, zapa, descubres que, ojo, no está nada mal. Que, ojo, tiene temas frescos, interesantes e incluso diferentes. Y, ojo, es que el disco entero no está nada mal. Y, ojo, que de no querer ni acercarse a acabar comprándose uno el álbum no va nada. Pues eso, que a mí el nuevo trabajo de Noel Gallagher’s High Flying Birds, como el anterior, me resulta muy reivindicable y sino escuchen sin prejuicios (como yo los tengo o tenía) este tema, “Holy Mountain”.

Luther Russell. “Everything you do”.

Os vuelvo a amenazar: quiero escribir algo reivindicando a los advenedizos. A lo que sea. La capacidad de sorpresa ante algo asentado, que se debería haber descubierto antes pero que, por hache o por be, no se ha hecho, mola. Yo lo soy con un montón de cosas. Ahora es más fácil con los medios tecnológicos, claro, y con la posibilidad de encontrar y seguir a personas con opiniones fundadas, gustos exquisitos, etcétera. Este 2017, por ejemplo, he accedido a algunos artistas que llevan ahí la tira de tiempo y que yo ahora los abrazo como si hubiesen debutado esta misma tarde. Me ha pasado este año, por ejemplo, con Robyn Hitchcock y con Luther Russell. Casualidad, ambos artistas compartieron escenario (el pequeño del Antzoki) el pasado 30 de noviembre y mi fiebre se elevó a cotas altas. Sobre todo en el caso del estadounidenses (Russell) ya que con el inglés (Hitchcock) llevo así casi todo el año. Pues eso, que he llegado, aterrizado, descubierto a un honesto y humilde creador de magníficas composiciones de rock y que me encanta haberlo hecho.

Rusos Blancos. “Pimentón húngaro”.

A ver, que es que le mandé un wathsapp a un colega con un enlace a esta canción diciéndole algo así como “¡qué guapo este tema de Rusos Blancos!”. Yo creo que ya es motivo suficiente, ¿no? El caso es que a este grupo siempre le he seguido así como un poco de refilón, sin restarle valor ni sin atribuírselo en demasía. Recuerdo que, en su momento, sacaron un disco llamado “Sí a todo” que me moló mucho pero, a partir de ahí, pues eso: canciones que sí y otras que psché. El caso es que ésta, “Pimentón húngaro” me parece un SÍ total y tampoco me pidáis que lo argumente que ya llevo un rato aquí dándole a la tecla y, como buen cienfebrista, tengo otros frentes absolutamente intrascendentes que atender. Vosotros escuchadlo a ver qué os parece.

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La radio y yo

No recuerdo qué fue primero pero empezaré por La Furgoneta Azul. Me remonto a cosa de hace quince años o por ahí cuando, tras unas conversaciones con Edu Gong en las cuales él nos facilitaba el acceso a la extinta radio popular de PitiTako Irratia, pensamos que podría estar guay hablar de música en plan coña y pinchar canciones desde una emisora pirata. La propuesta no fructificó o quizá sería más adecuado decir que germinó en otro formato: el de la web. Web que, posteriormente mutó a blog y que, finalmente, cinco o seis años después, ahora sí, se cristalizó en un programa de radio, en la antena de Bidebieta Irratia primero y BI FM después. Espacio que se mantuvo durante siete temporadas y que tenéis enlazado por ahí, a la derecha.

Lo otro que no recordaba qué fue primero es mi participación en la SER, en Radio Bilbao. Entre 2003 y 2005, eso seguro, arrancó. Yo trabajaba como educador social en un espacio joven en el que también ejercía su labor una compañera, Ainara, a la que, supongo, le daría mis buenas chapas sobre diferentes temas cada vez que subía a fumar un pitillo. Quizá, derivado de ello y fruto de la amistad que Ainara tenía (y aún tendrá) con Azul Tejerina, un día me viene contando que ésta, Azul, buscaba gente joven para su espacio, El Farol del Sur, que se hacía al lado del curro, y que ella, Ainara, había pensado en mí y en mi hermano educabloguero Iñigo para participar. Y empezamos a acudir, claro. Y desde entonces pues aún aguantamos unos cuantos años en plan tertulianos, tratando infinidad de temas una tarde a la semana, primero en El Farol y más tarde en La Ventana. Allí conocimos a Yuri, a Iñaki, allá llevamos a Lorena (que aún aguanta al pie del micrófono con ‘De las ondas a la red‘) e incluso logré embaucar a mi señora esposa y a una amiga a participar en el espacio por eso de que hubiese más presencia femenina en la mesa. Aguantamos unos años pero también son unos cuantos ya los que han pasado desde que dejamos de acudir a los estudios de la SER. Fácil que desde 2011 o por ahí, no recuerdo bien.

O sea, que entre La Furgoneta Azul y los programas de Azul, he pasado unos cuantos años de relación, digamos, directa con la radio. Me parece algo lógico, en todo caso. Me encanta la radio. Escucharla, hacerla o participar en ella. De hecho, si hablamos de escucharla, mi relación con este medio abarcaría casi los 40 palos, o sea, desde que nací. Al menos, desde mi más tierna infancia recuerdo en casa un transistor conectado en el enchufe de la cocina. Para desayunar, para comer y para cenar. Quizá es porque no teníamos televisión en dicho espacio pero, sea como fuere, la presencia de este medio, la compañía de las ondas fue una constante desde siempre.

Al recordar lo que escuchaba, lo que he escuchado, me vienen algunos nombres a la cabeza: Iñaki Gabilondo en el Hoy por Hoy, en la SER, por las mañanas; Tomás Fernando Flores y su siglo XXI en Radio 3; el carrusel deportivo y al showman radiofónico Pepe Domingo Castaño; Diego Manrique y su Ambigú; el desaparecido Carlos Llamas, en Hora 25, también en la SER, posiblemente mi periodista favorito de siempre; el Butano, José María García, a quien empecé a escuchar con asiduidad porque en El Larguero se metían mucho, de aquellas, con Javier Clemente, entonces seleccionador español; La Rosa de los Vientos con Juan Antonio Cebrián también me acompañó muchas madrugadas; etcétera.

En fin, sirva toda esta txapa nostálgica para anunciar que, desde el pasado 5 de octubre, he vuelto a la radio. Vuelvo a sentarme delante de un micrófono. Vuelvo a hacerlo acompañando de nuevo a Azul Tejerina en su casa, en su Hoy por Hoy Bilbao, donde siempre soy bien recibido. Desde entonces, por ahí estaré una vez al mes. De hecho, hoy he vuelto a estar ahí, segundo episodio de mi nueva temporada. Si os apetece escuchar el primer capítulo, podéis hacerlo pinchando aquí, dándole al play y avanzar hasta el minuto 58; en el caso de la jornada de hoy, clickad aquí y a partir del minuto 54 podréis hacerlo. En ambos casos, si sois amantes de la radio como yo lo soy, mejor que os escuchéis el programa entero, claro está.

Comics – Tebeos [Listas Tontas]

Hoy se ha inaugurado en la localidad vizcaína de Getxo la XVI edición del Salón del cómic de dicho municipio. Como en los últimos años, mañana a la mañana un grupo de amigos ha organizado una expedición a dicho espacio. Una excursión a la que, en principio, me apuntaré. Este hecho me ha llevado a pensar en mi relación, de unos años a esta parte, con este género: el del cómic, la historieta, la (sofisticada) novela gráfica, el tebeo.

Echando la vista muy atrás me vienen a la cabeza imágenes de ajados ejemplares, en formato apaisado, del Capitán Trueno. Supongo que eran propiedad de mis hermanos y sé que me gustaba ojearlos pero no tengo el recuerdo de que me apasionasen. Sí lo hacían, en cambio, los Mortadelos. Me encantaban, además, los finos números compuestos por una sola historieta. Los prefería frente a los Súper Humor, no sé por qué. Me flipaban los números que el gran Ibáñez dedicaba a los mundiales o a las olimpiadas. Me destenillaba con los disfraces de Mortadelo, con las metidas de pata de Filemón ante el Superintendente Vicente y los desvaríos pseudocientíficos del profesor Bacterio.

En la “liga Ibáñez” también me gustaban bastante Pepe Gotera y Otilio y Rompetechos aunque no llegaban a la fiebre de los Mortadelos. Y también en el ámbito de estas historietas de humor, me cayeron y me leí unos cuantos ejemplares de los personajes del otro dibujante consagrado de la época en España: Escobar. Eso sí, admito que aborrecía a sus exitosos Zipi y Zape. Me parecían, ya de pequeño (o, al menos, justo antes de la adolescencia) una cosa como muy simple, naif, no sé… no acababan de hacer gracia sus historias y, normalmente, me parecían repetitivas. De otros de sus personajes, como Petra, criada para todo o el bueno de Carpanta, guardo mejor recuerdo; en el caso de la primera porque recuerdo que mi abuela me los compraba por el mero hecho de que la protagonista era tocaya de ella y, en el caso de Carpanta, porque su sufrimiento para llevarse un bocado a la boca sí que me resultaba irrisorio (siempre que pienso en Carpanta me viene a la cabeza la imagen de una langosta como epítome de la inalcanzable comida de lujo para el paupérrimo personaje de Escobar)

En fin, que los nombres señalados fueron los primeros tebeos que se cruzaron en mi camino y que me acompañaron, en mayor o menor medida, hasta mi adolescencia, etapa en la que abandoné casi totalmente el mundo de la viñeta, salvo puntuales excepciones de entre las que me gustaría destacar el fantástico “El señor de los chupetes” de Súper López, el mítico personaje de Jan. Pero, como decía, en aquellos lejanos años pubertos, el cómic desapareció de entre mis intereses.

Y, con ese amplio paréntesis, llegamos a una época en la que el género renace o resucita para mí. Y lo hace, creo yo, coincidiendo con la buena prensa que un nuevo concepto estaba adquiriendo: la novela gráfica. Es como si, de repente, el tebeo de siempre se sofisticara o, si me lo permiten, se intelectualizara. Temas profundos, novela negra, historias personalísimas, comics de autor… y no es por dármelas de guay pero, al principio, desconfié. Veía algo impostado en el hecho de que todo el mundo empezase a reivindicar un género que yo, inculto de mí, sólo asociaba a unos momentos y a unas temáticas… pero, sea como fuere, arrastrado, como tantas otras veces, por la(s) tendencia(s) y por las fiebres de gente de mi alrededor, acabé cayendo. Y en esa (fantástica) caída, lo primero que me llamó la atención fue la facilidad de lectura y la riqueza de matices y de estructuras que encontraba en ellos, tanto en los guiones como en los dibujos y, a partir de ahí, comencé a descubrir fantásticas historias y, por tanto, el cómic pasó a engrosar una buena parte de mis recurrentes fiebres.

Dicho lo cual, como podréis advertir los desafortunados incautos que hayáis leído esto, no hay presencia en esta personal pseudo-trayectoria con el mundo del tebeo-cómic-novela gráfica de obras relacionadas con super-héroes, CIMOCs, Conans o mangas. Sé que esto será un gran pecado para muchos ortodoxos del género pero, a decir verdad, esas temáticas o estilos apenas me atraen, a pesar de que hay quienes me insisten en que pruebe, como si de experimentar con una nueva droga se tratase, y de que algo de manga ya he catado (y además me ha gustado) Dicho lo cual, tampoco descartemos futuribles acercamientos a esos sub-géneros.

En fin, no me extenderé más en esta especie de egocéntrica retrospectiva comiquera porque, al fin y al cabo, la idea de incluir este post en las desérticas Listas Tontas es la de traer 10 títulos que, en este tiempo, tanto el más pretérito como el más actual, de alguna u otra forma me han impactado, me han llegado, me han entusiasmado… me han enfebrecido. Ahí van.

  1. El arte de volar. Antonio Altarriba / Kim.
  2. La casa. Paco Roca.
  3. Serie Los Mundiales – Mortadelo y Filemón. Ibáñez.
  4. Persépolis. Marjane Satrapi.
  5. La cumbre de los dioses. Jiro Taniguchi.
  6. Intrusos. Adrian Tomine.
  7. El ala rota. Antonio Altarriba / Kim.
  8. Arrugas. Paco Roca.
  9. Blankets. Craig Thompson.
  10. Los surcos del azar. Paco Roca.

De la aldea global a la aldea globalizada

Hola, qué tal. Un pequeño rescate del marasmo, del agostamiento, del abandono al que he sometido a este espacio desde hace casi un mes. Pero tan pequeño que me limitaré a hacer un Ctrl+c, Ctrl+v de un post que escribí el pasado 2 de octubre para ser publicado en el blog de unas compañeras gallegas, 365 posibilidades, con motivo del Día Mundial de la Educación Social y de la iniciativa Carnaval de Blogs que, un año más (y van cinco), promueve la gente del Colegio de Educadores Sociales de Cataluña. En esta edición el tema propuesto era el de “Los retos de la educación social en tiempos de la globalización”. Artículo que, aún apoyado por mis amigos de Educablog, me costó pergeñar y que, admito, puede resultar, no sé, quizá un tanto redundante habida cuentas de otras piezas que pueda haber por ahí al respecto del tema en cuestión. O no, no sé. Lo dejo a vuestra consideración y no me enrollo más. A ver si en los próximos días regreso con más fuerza. Salud.

Tuvo que sonar bien aquello de Aldea Global. Imagino que, en su momento, el término acuñado por Marshall McLuhan en la década de los 60 se compraría por muchos activistas, interventores sociales y demás figuras como un eslogan a reivindicar, un lema que imprimir en camisetas y por el que pelear.

Desgraciadamente, el tiempo nos ha demostrado que aquella idea de globalización que podía desprenderse del citado término (basada, entiendo, en internacionalismo, solidaridad, interculturalidad, etc) acabó virando hacia un concepto más mercantilizado, más orientado al intercambio desde un punto de vista comercial, productivo… vaya, que pasamos de la aldea global al mercado global y dicho cambio dejaba de lado a la persona, sus ideas, sus derechos… cosificándolo todo, tecnificándolo todo, olvidándose de la cooperación, de la distribución de la riqueza, de la dignidad personal… y debilitando los estados del bienestar que con tanto esfuerzo se intentaron construir.

La ideología neoliberal, esa que tanto rehúye, precisamente, de las ideologías, absorbió o se apropió de la idea global dejando tras de sí un sinfín de estados-naciones-pueblos sin autonomía con la que gestionar las crisis sociales y económicas que nos han sacudido en las últimas décadas.

Y ahí estamos, las educadoras y educadores sociales… llorando la pérdida del lema o de la idea (supuestamente) primigenia de aldea global y capeando el temporal de consecuencias del mercado global; adaptándonos a esa jungla, a sus pobladores y a las formas inherentes al sistema (occidental), tratando que las víctimas sean las menos; aceptando (obligatoria o voluntariamente) las características que esta realidad (sí, esta realidad, la de ahora, la de ayer y, posiblemente, la de mañana) también ha traído a nuestra profesión: la persona es usuaria, dedicamos más tiempo a informes, diseñamos cada vez más herramientas científicas de último modelo made in UE, etc…

Y ahí estamos, adaptados queriendo desadaptarnos, en muchos casos, sin muchas posibilidades de conseguirlo. Sobreviviendo (metafórica y, desgraciadamente, en muchas ocasiones, literalmente) a estos tiempos que ya son unos cuantos y que, de una forma u otra, ya deberíamos conocer de sobra. Quizá, por ello, en realidad, ya estamos más que adaptados. Se puede decir, sin querer sonar peyorativo, que sí, que las educadoras y educadores sociales también formamos parte del sistema.

Dicho lo cual y aceptando que estamos dentro, algo se podrá hacer, ¿no? Perseguir ese utópico mantra universitario que nos decían en la carrera a finales del siglo XX basado en la transformación social… buscando ese cambio de paradigma (¿sería del técnico al crítico?) pero a sabiendas de que el enemigo (me disculpan el tono beligerante) es enorme… no, mejor: es GLOBAL.

La potenciación de la criticidad en estos tiempos en los que no da tiempo a ser crítico, por tanto, sería un punto de partida. OK. Reivindicar la identidad propia frente a la repetición, la fotocopia, el cliché alienante (me resulta curioso, me permiten el inciso, esta apuesta por una especie de defensa de lo individual cuando una de las cosas que más se ha renegado de la globalización ha sido, justamente, la individualización que traído, en detrimento de lo comunitario, concepto que, por otra parte, casaba muy bien con la idea de lo global, al menos semánticamente. Ya paro) OK. Trabajar por el empoderamiento de las personas, por la igualdad de las personas, por sus reconocimientos, poner en valor los grandes acuerdos en materia de derechos… OK, vale.

¿Cómo? Partido a partido, como el Cholo, siendo un partido un barrio, un aula, una casa, un centro cívico… ya saben, eso de mucha gente haciendo cosas pequeñas y tal… (lema Mr. Wonderful total, o sea, otra arenga absorbida por la máquina, por el mercado… me disculpan el nihilismo, please)

Habrá que reconocer que, según leo y escribo esto, me digo que más de lo mismo… o sea, son recetas que siempre he leído/escuchado (entre otras miles, claro)… son ideas que van en nuestro ADN profesional y que me llevan a preguntarme: ¿por qué no somos capaces de culminarlas, de llevarlas a la práctica?, ¿por estar dentro del sistema, como decíamos antes?, ¿hay que refundar el sistema?, ¿quizá, en su momento, pensamos, ingenuamente, que una conceptualización como la de aldea global encajaba perfectamente en el ideal que una educadora o educador social podía perseguir como meta final y eso ha conllevado una, digamos, pérdida de tiempo o aceptación parcial?, ¿cuándo empezamos a darnos cuenta de que esto no era así?

Igual no es cuestión de tiempo, si no de ritmo, de velocidad. Quizá los cambios (políticos, sociales, migratorios, culturales…) aparejados a la tendencia globalizadora, a ese paradigma nos han pasado por la derecha y, probablemente, ha sido muy difícil seguirles siquiera el rastro. O ellos muy rápidos o nosotras muy lentas, no lo sé.

Sea como fuere, por supuesto que habrá que seguir apostando por la persona, sus derechos, por la igualdad entre los seres humanos, etcétera, sin duda, y habrá que hacerlo como decíamos: piano piano, sin prisa pero sin pausa (a pesar de la ventaja que nos llevan), desde abajo, horizontalmente pero tirando para arriba… haciendo política, claro, etc… y deberíamos pensar, por qué no (quiero pensar que ya lo hacemos), en seguir ese itinerario valiéndonos, aprovechándonos y apoyándonos en algunos aspectos que nos ha traído el mercado global, sabiendo identificar las oportunidades que nos brinda, que también las hay: las herramientas de comunicación, avances científicio-técnicos (sí, también debemos apropiárnoslos sin olvidar que son sólo una herramienta y que debemos aprovecharlo para el bien común), la facilidad para configurar redes de apoyo mutuo, la posibilidad de nuevas vías de autofinanciación basada en el mecenazgo interpersonal, las facilidades para moverse, para desplazarse, nuevas formas de asociacionismo, la apertura a nuevos nichos (pequeño desliz mercadotécnico, perdón) o ámbitos de intervención, etc…

Los retos están ahí. Son enormes (globales), claro. Nos sacan mucha ventaja, sí. Pero, al final, siempre nos queda la artesanía, lo manufacturado frente al plástico; lo realizado con pasión frente a lo realizado desde la frialdad mercantilizada; iremos más lento pero perseguimos calidad versus cantidad; sigamos ese camino, sigamos resistiendo y buscando la manera de transformar las cosas. Precisamente la supervivencia del tercer sector y su autoconciencia son fuente de esperanza para la transformación, sin desdeñar, ojo, el riesgo de mercantilización del mismo. Continuemos, pues, con todas las trabas (adaptándonos también a ellas), anhelemos la idea de McLuhan que, digo yo, debió fascinar a nuestros predecesores y transformemos, por tanto, el mercado en aldea, la aldea de todos y todas.

Yo fui portero del Barakaldo CF

Un encabezamiento apelativo. Eso pretende el título de este post. Llamar vuestra atención. Sin mentir, eso sí. Yo fui portero del Barakaldo CF. En serio. Lo fui. Ese es uno de los grandes (sino el gran) titular a extraer del artículo que el pasado 19 de agosto se publicó en el fantástico blog del amigo Holden Caulfield, Crónica Deportiva Sentimental. Un texto que escribí para dicho espacio invitado por su autor que ha tenido la idea o iniciativa de conmemorar el centenario del club hacia cuyos colores profesamos afición común mediante escritos de corte sentimental o nostálgico. El propio Holden, en ese sentido, se ha salido de la tabla con una pieza particularmente emotiva titulada Cien historias mínimas que os recomiendo leer encarecidamente aunque no te guste el Barakaldo e incluso aunque el fútbol no sea de tu agrado.

Portero del Barakaldo, decía. Así es. Ese es el destacado de Mi puerta, el verdadero título del artículo. Con Mi puerta, en realidad, yo he querido rendir homenaje a todos los amigos que se rieron (con razón) de otra pieza que escribí, no sé, entre el año 1997 y 1999, titulada del mismo modo. Mis primeros pinitos frente a un teclado, hablando del Barakaldo, ay. Un incunable que, a veces, aunque no lo creáis, algunas amistades me han pedido que rescate. Desgraciadamente, no tengo de dónde. No sé dónde ni cómo acabó. Una lástima. Por eso, aprovechando la oportunidad que me brindaba el bueno de Caulfield, me decanté por hacer una versión 2017 de Mi puerta.

En fin, no me enrollo más. El anzuelo está lanzado. Recordad: yo fui portero del Barakaldo CF. En serio. Lo fui. Esto os ha de obligar a ir a Crónica Deportiva Sentimental y leerlo. Hacedlo pinchando aquí. Y ya daos un garbeo por el blog de Holden y, si os mola, recordad que también escribe (impresionantemente bien) de música en el ya mítico Fiasco Fiasco.

Ale pues.

* En la imagen, la portería del fondo de La Kábila, en el antiguo Lasesarre. Mi puerta.