Ayer tuiteé mucho. We’re from Barcelona.

Ayer tuiteé mucho. Desde hace un par de años me he convertido en un usuario más pasivo en esta red social. Ayer volví al perfil activo a pesar de que mi intención, al principio, era acudir a la misma con el objetivo de seguir todo lo que estaba sucediendo en Barcelona en tiempo real. Al final, era tal el maremágnum de información que se vertía en ella que decidí cambiarme con el mismo cometido a la radio, sin cerrar, eso sí, la pestaña de Twitter. Y, al final, acabé volcando opiniones y emociones, más allá de algún retuit que yo consideraba útil.

Ayer tuiteé mucho. Supongo, no recuerdo bien, que al nivel del último atentado perpetrado por esos hijos de puta que tienen por vocación aterrorizar al personal. Quizá ayer más. La ciudad que ha sufrido este último ataque, Barcelona, me pilla más cerca. No en un sentido estrictamente geográfico sino en el sentimental. Me encanta Barcelona. He tenido la suerte de disfrutar de ella varias ocasiones. Tengo familia allí. Bueno, en Badalona, pero vaya, cerca. Ana curró allí unos meses y la fui a visitar y a estar con ella allí un par de semanas. Tengo familia, amigos, conocidos, compañeros y compañeras de gremio allí. Por eso me tocó más de cerca. Por ello, quizá, tuiteé más.

Curiosamente, entre todo lo que se pudo escribir ayer en el Twitter o en el Facebook o en otras redes sociales, me dio la (positiva) impresión de que ayer no surgió el debate entre víctimas de primera y de segunda que, en otros atentados, había surgido y que enconaba los ánimos de los defensores de uno y otro lado cuando la sangre de esas víctimas, fuesen de la categoría que fuesen, aún estaba caliente. Ayer, supongo que como a mí y por el hecho de que la mayor parte de mi timeline es de aquí, pues a todo el mundo le tocaba más de cerca y no había lugar para esa diatriba.

Ayer tuiteé mucho. Empecé con un “Joder” seguido de tres puntos suspensivos con el que pretendía expresar mi estupor ante lo que leía. O lo que veía. Aunque, a decir verdad y sin ninguna intención de dármelas de nada, ayer (hoy sí) no visioné ninguna foto o vídeo de carácter escabroso. En cuanto podía detectar que me iba a encontrar algo así, decidía no pinchar el link o darle al play o lo que fuese. Y creo que no se me coló ninguna. En este sentido (y, de nuevo, sin querer dármelas de nada), a pesar de que ayer uno de los grandes debates que surgieron en las redes fue el de la difusión de imágenes truculentas y, asociado al mismo, la responsabilidad que se le achaca a los medios de comunicación ante tal labor, creo que deberíamos pararnos a pensar en la responsabilidad que tenemos los receptores a la hora de admitir, visionar y compartir esos contenidos.

De hecho, creo que los medios de comunicación también tienen que informar mediante imágenes. No estoy muy de acuerdo con la campaña que parece que se orquestaba ayer, gatitos incluidos, pidiendo que no se hiciese. De acuerdo en que se deben evitar las imágenes morbosas y de acuerdo en que se tienen que evitar las fotografías o los vídeos que puedan servir a los malos para escapar. Pero no creo que con ello se deba pedir a los medios que, en cierta forma, oculten la realidad de lo que está pasando. Por muy dolorosa que pueda ser.

Ayer tuiteé mucho. Como con el último atentado. Bueno, más. Seguro. El caso es que de entre lo que pude escribir en esa caja destinada a un máximo de 140 caracteres, lo que más tristeza me produjo y me sigue produciendo hoy es la sensación de que sabíamos que esto podía pasar aquí, en una ciudad cercana, conocida, con amigos y familiares. Y la sensación de que, desgraciadamente, quizá en no mucho tiempo, puede que esté tuiteando mucho otra vez. Y repita los tuits y se repitan las escenas, las declaraciones, las repugnantes salidas de tono de algunos, los prejuicios contra colectivos concretos, los comportamientos de los afectados, los debates sobre las imágenes, las llamadas a la unidad, la solidaridad de la gente, los lazos negros, los fotomontajes con un icono de la ciudad atacada, las víctimas (de 1ª o de 2ª), los insultos, los abrazos… repeticiones que uno espera que algún día acaben, aunque visto lo visto, hay que ser consciente de la tremenda dificultad para poner fin a esta locura.

Ayer tuiteé mucho. Hoy ya no. Hoy he pretendido sentarme a elaborar(me) de forma más sosegada y por escrito algo de lo que tuiteé y, al final, me ha salido una especie de vomitona que, en realidad, no aporta nada nuevo. Que sólo me vale, supongo, para mí. Como por quedarme a gusto compartiendo algunos pensamientos derivados de la trágica jornada de ayer.

Ayer tuiteé mucho. Y no puse una canción en esa red entre tanto tuit. Ahora lo haré. Tras publicar esta entrada e incrustar una canción en la misma. En un alarde de originalidad, elijo “We’re from Barcelona” de los suecos I’m from Barcelona. Buen rollo y un mensaje: hoy todos somos de Barcelona.

Vincular para desaparecer

El pasado viernes, tras aproximadamente medio año sin escribir nada en EducaBlog, volví a ello con un post titulado “Vincular para desaparecer“.

Lecturas varias y mucha escucha. Esas han sido las principales fuentes de inspiración para pergeñar este texto que, desde luego, creo que me sirve para reflexionar, dudar y seguir preguntándome cosas al respecto de mi labor profesional y, como ocurre muchas veces en estos casos, para dudar y seguir preguntándome sobre muchos aspectos que también se replican en mi día a día personal.

Precisamente, por esta última cuestión, animo a todo el mundo a leerlo, se dedique a esto de la intervención social o no.

Dudas de clase

Hablaban de clase. De dudas de clase. De clase social. De identidad. Se sentían de clase obrera. ¿Lo eran? Se dedicaban a trabajos de esos que entran en la categoría de profesiones liberales. Es como una especie de eufemismo para decir que no se manchan, que no cargan peso, que no están asados de calor en verano ni chupando frío en invierno. ¿Lo eran?, ¿seguían perteneciendo a la clase trabajadora? El origen familiar y la ubicación geográfica les decía que sí. Y, qué coño, cambiaban su tiempo y su fuerza de trabajo por dinero. Sí, lo eran.

¿Se sentían de clase trabajadora?, se preguntaban. ¿Cómo se comportan, en la actualidad, los miembros de dicho grupo?, reflexionaban. Uno de ellos, desde lo anecdótico, criticaba los cambios que él observaba. Veía, decía, que el pueblo, el pueblo de ambos, el origen de los dos, antaño símbolo industrial de la comarca, el pueblo había cambiado y ahora era una urbe más destinada al sector servicios o al comercio. Decía, por ejemplo, que echaba de menos los bares cutres, poco cuidados, las tabernas destinadas a un consumo recio, sin pinchos, sin ornamentos. Vino peleón y tabaco. Creía, de hecho, que la presencia de locales modernos, cálidos, con gran variedad de vinos y tés, no se correspondía con la idiosincrasia de un pueblo obrero. Garitos, venía a decir, enfocados a un sector más burgués.

El otro le rebatía que ese ejemplo era un argumento fácil de comprar pero que, precisamente, le parecía escucharlo desde una atalaya precisamente burguesa. Decía el otro que lo podía admitir, si tendían a clasificarlo todo en función de estereotipos. Pero que le costaba verlo, admitía. “¿Tiene que estar un bar predestinado a un determinado segmento social?”, se preguntaba y le preguntaba a su compadre. “Es como pensar” insistía “que el acceso, qué sé yo, a museos o espacios artísticos también esté vedado a personas de clase
media-alta sólo porque históricamente esa sea la imagen de personas que se asocia a este tipo de lugares”.

“El rollo”, volvía el primero, “es que ya no hay conciencia de clase. La gente ya no pelea ni lucha por sus derechos. Nos han vendido la moto de la clase media y esa es la clave por la que se le ha despojado a los trabajadores de todo el poder que habían adquirido y gracias al cual se pudo poner contra las cuerdas a los más poderosos. Y claro que lo de los bares es un poco bobada pero es para que te sirva de ejemplo de esto que te quiero decir”.

Al segundo algunas partes de lo que le decía su amigo le sonaba a discurso del siglo XIX. No estaba seguro de atreverse a decir lo que finalmente acabaría diciendo. “Creo que nos tenemos que sentir orgullosos de nuestros orígenes y estar agradecidos de todos los derechos laborales que se han conseguido a lo largo de la historia pero, no sé, tío, no entiendo porque por pertenecer a la clase trabajadora, trabajando y formándonos, para, en general, avanzar socialmente, no podemos acceder a algunos sitios, a algunos espacios…”.

El primero se llevaba las manos a la cabeza mentalmente. Creía que su amigo tenía más claras las cosas. Tenía más claro en qué lado tenía que estar si bien, empezaba a pensar, comenzaba a revisarse fugazmente, y darse cuenta, viendo sus propios comportamientos que tampoco él lo tenía meridiano. “Pero, tío, es es el chocolate del loro. Todo esto está orquestado. Arriba están los que están. ¿Acaso hay una cajera de supermercado en las instituciones?, ¿no, verdad? Esto está montado por y para ellos, tío. Y por eso el invento de la clase media: para mantenernos contentos a unos pocos, seguir ellos arriba y mucha gente jodida”.

Razón no le falta, pensaba, pero todo sonaba demasiado manido. “No sé, tío, puede que tengas razón, pero no me parece justo… De hecho, también se podría pensar lo bien que se lo tienen montado los de arriba para que caigamos en este juego y que sigamos sin tocar nada que suene a ellos o que no se asocie a nosotros o que… qué sé yo… todo para que los cotos sigan bien marcados”.

“Ya, no sé tío”.

“Ya”.

Seguían con dudas. Con dudas de clase. De clase social. Los dos. Unos tipos normales, trabajadores liberales, en un pueblo otrora obrero ahora dormitorio. Uno tomando una cerveza de caña, el otro una copa de vino de una denominación de origen cuya existencia casi desconocía hasta ese momento. Así se fueron a sus casas. El de la cerveza a su piso en propiedad, con hipoteca a muchos años; el del vino a su alquiler. Se fueron dubitativos. Pero bien. Cada uno de ellos se propuso tratar de poner negro sobre blanco estas dudas. Igual escribirlas les ayudaba a resolverlas. Tampoco funcionó. Ni falta que hace.

*Imagen vía mis Paredes que Hablan.

¡A la salud de EducaBlog y sus gentes!

aniversario

En 2005 ya estaba instaurada la ley anti-tabaco que prohibía fumar en los centros de trabajo. Afortunadamente para los que éramos (y, desgraciadamente, seguimos siendo) fumadores, la terraza del centro cívico Bidarte, en Deusto, Bilbao, se convertía en un humeante centro neurálgico de encuentro de profesionales que le daban al cigarro y, entre calada y calada, también compartían diferentes pensamientos o posiciones sobre su día a día.

Por aquel entonces, yo trabajaba coordinando un Gaztegune o espacio de ocio para jóvenes. Esta labor me proporcionaba diferentes momentos de satisfacción pero, al mismo tiempo, motivado por otros aspectos relacionados con otras disciplinas, no paraba de darle vueltas a la cabeza a lo que significaba mi curro y en qué forma podía virarlo por otros derroteros.

Y, entonces, me reencontré con Iñigo y conocí a Mertxe… Y el resto de la historia os la cuento en este post que publiqué ayer en educablog.es, en este brindis que ejerzo por las personas que aparecen en el mismo, por vosotras y vosotros que volvéis a leer algo impreso en esta cienfebrista casa, por el propio EducaBlog, mi familia y mis amigos… ¡¡SALUD!!

PD: encantado de volver a encontrarnos por estos lares, de volver a alimentar este espacio personal al que espero no tardar tanto en regresar.