La radio y yo

No recuerdo qué fue primero pero empezaré por La Furgoneta Azul. Me remonto a cosa de hace quince años o por ahí cuando, tras unas conversaciones con Edu Gong en las cuales él nos facilitaba el acceso a la extinta radio popular de PitiTako Irratia, pensamos que podría estar guay hablar de música en plan coña y pinchar canciones desde una emisora pirata. La propuesta no fructificó o quizá sería más adecuado decir que germinó en otro formato: el de la web. Web que, posteriormente mutó a blog y que, finalmente, cinco o seis años después, ahora sí, se cristalizó en un programa de radio, en la antena de Bidebieta Irratia primero y BI FM después. Espacio que se mantuvo durante siete temporadas y que tenéis enlazado por ahí, a la derecha.

Lo otro que no recordaba qué fue primero es mi participación en la SER, en Radio Bilbao. Entre 2003 y 2005, eso seguro, arrancó. Yo trabajaba como educador social en un espacio joven en el que también ejercía su labor una compañera, Ainara, a la que, supongo, le daría mis buenas chapas sobre diferentes temas cada vez que subía a fumar un pitillo. Quizá, derivado de ello y fruto de la amistad que Ainara tenía (y aún tendrá) con Azul Tejerina, un día me viene contando que ésta, Azul, buscaba gente joven para su espacio, El Farol del Sur, que se hacía al lado del curro, y que ella, Ainara, había pensado en mí y en mi hermano educabloguero Iñigo para participar. Y empezamos a acudir, claro. Y desde entonces pues aún aguantamos unos cuantos años en plan tertulianos, tratando infinidad de temas una tarde a la semana, primero en El Farol y más tarde en La Ventana. Allí conocimos a Yuri, a Iñaki, allá llevamos a Lorena (que aún aguanta al pie del micrófono con ‘De las ondas a la red‘) e incluso logré embaucar a mi señora esposa y a una amiga a participar en el espacio por eso de que hubiese más presencia femenina en la mesa. Aguantamos unos años pero también son unos cuantos ya los que han pasado desde que dejamos de acudir a los estudios de la SER. Fácil que desde 2011 o por ahí, no recuerdo bien.

O sea, que entre La Furgoneta Azul y los programas de Azul, he pasado unos cuantos años de relación, digamos, directa con la radio. Me parece algo lógico, en todo caso. Me encanta la radio. Escucharla, hacerla o participar en ella. De hecho, si hablamos de escucharla, mi relación con este medio abarcaría casi los 40 palos, o sea, desde que nací. Al menos, desde mi más tierna infancia recuerdo en casa un transistor conectado en el enchufe de la cocina. Para desayunar, para comer y para cenar. Quizá es porque no teníamos televisión en dicho espacio pero, sea como fuere, la presencia de este medio, la compañía de las ondas fue una constante desde siempre.

Al recordar lo que escuchaba, lo que he escuchado, me vienen algunos nombres a la cabeza: Iñaki Gabilondo en el Hoy por Hoy, en la SER, por las mañanas; Tomás Fernando Flores y su siglo XXI en Radio 3; el carrusel deportivo y al showman radiofónico Pepe Domingo Castaño; Diego Manrique y su Ambigú; el desaparecido Carlos Llamas, en Hora 25, también en la SER, posiblemente mi periodista favorito de siempre; el Butano, José María García, a quien empecé a escuchar con asiduidad porque en El Larguero se metían mucho, de aquellas, con Javier Clemente, entonces seleccionador español; La Rosa de los Vientos con Juan Antonio Cebrián también me acompañó muchas madrugadas; etcétera.

En fin, sirva toda esta txapa nostálgica para anunciar que, desde el pasado 5 de octubre, he vuelto a la radio. Vuelvo a sentarme delante de un micrófono. Vuelvo a hacerlo acompañando de nuevo a Azul Tejerina en su casa, en su Hoy por Hoy Bilbao, donde siempre soy bien recibido. Desde entonces, por ahí estaré una vez al mes. De hecho, hoy he vuelto a estar ahí, segundo episodio de mi nueva temporada. Si os apetece escuchar el primer capítulo, podéis hacerlo pinchando aquí, dándole al play y avanzar hasta el minuto 58; en el caso de la jornada de hoy, clickad aquí y a partir del minuto 54 podréis hacerlo. En ambos casos, si sois amantes de la radio como yo lo soy, mejor que os escuchéis el programa entero, claro está.

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Comics – Tebeos [Listas Tontas]

Hoy se ha inaugurado en la localidad vizcaína de Getxo la XVI edición del Salón del cómic de dicho municipio. Como en los últimos años, mañana a la mañana un grupo de amigos ha organizado una expedición a dicho espacio. Una excursión a la que, en principio, me apuntaré. Este hecho me ha llevado a pensar en mi relación, de unos años a esta parte, con este género: el del cómic, la historieta, la (sofisticada) novela gráfica, el tebeo.

Echando la vista muy atrás me vienen a la cabeza imágenes de ajados ejemplares, en formato apaisado, del Capitán Trueno. Supongo que eran propiedad de mis hermanos y sé que me gustaba ojearlos pero no tengo el recuerdo de que me apasionasen. Sí lo hacían, en cambio, los Mortadelos. Me encantaban, además, los finos números compuestos por una sola historieta. Los prefería frente a los Súper Humor, no sé por qué. Me flipaban los números que el gran Ibáñez dedicaba a los mundiales o a las olimpiadas. Me destenillaba con los disfraces de Mortadelo, con las metidas de pata de Filemón ante el Superintendente Vicente y los desvaríos pseudocientíficos del profesor Bacterio.

En la “liga Ibáñez” también me gustaban bastante Pepe Gotera y Otilio y Rompetechos aunque no llegaban a la fiebre de los Mortadelos. Y también en el ámbito de estas historietas de humor, me cayeron y me leí unos cuantos ejemplares de los personajes del otro dibujante consagrado de la época en España: Escobar. Eso sí, admito que aborrecía a sus exitosos Zipi y Zape. Me parecían, ya de pequeño (o, al menos, justo antes de la adolescencia) una cosa como muy simple, naif, no sé… no acababan de hacer gracia sus historias y, normalmente, me parecían repetitivas. De otros de sus personajes, como Petra, criada para todo o el bueno de Carpanta, guardo mejor recuerdo; en el caso de la primera porque recuerdo que mi abuela me los compraba por el mero hecho de que la protagonista era tocaya de ella y, en el caso de Carpanta, porque su sufrimiento para llevarse un bocado a la boca sí que me resultaba irrisorio (siempre que pienso en Carpanta me viene a la cabeza la imagen de una langosta como epítome de la inalcanzable comida de lujo para el paupérrimo personaje de Escobar)

En fin, que los nombres señalados fueron los primeros tebeos que se cruzaron en mi camino y que me acompañaron, en mayor o menor medida, hasta mi adolescencia, etapa en la que abandoné casi totalmente el mundo de la viñeta, salvo puntuales excepciones de entre las que me gustaría destacar el fantástico “El señor de los chupetes” de Súper López, el mítico personaje de Jan. Pero, como decía, en aquellos lejanos años pubertos, el cómic desapareció de entre mis intereses.

Y, con ese amplio paréntesis, llegamos a una época en la que el género renace o resucita para mí. Y lo hace, creo yo, coincidiendo con la buena prensa que un nuevo concepto estaba adquiriendo: la novela gráfica. Es como si, de repente, el tebeo de siempre se sofisticara o, si me lo permiten, se intelectualizara. Temas profundos, novela negra, historias personalísimas, comics de autor… y no es por dármelas de guay pero, al principio, desconfié. Veía algo impostado en el hecho de que todo el mundo empezase a reivindicar un género que yo, inculto de mí, sólo asociaba a unos momentos y a unas temáticas… pero, sea como fuere, arrastrado, como tantas otras veces, por la(s) tendencia(s) y por las fiebres de gente de mi alrededor, acabé cayendo. Y en esa (fantástica) caída, lo primero que me llamó la atención fue la facilidad de lectura y la riqueza de matices y de estructuras que encontraba en ellos, tanto en los guiones como en los dibujos y, a partir de ahí, comencé a descubrir fantásticas historias y, por tanto, el cómic pasó a engrosar una buena parte de mis recurrentes fiebres.

Dicho lo cual, como podréis advertir los desafortunados incautos que hayáis leído esto, no hay presencia en esta personal pseudo-trayectoria con el mundo del tebeo-cómic-novela gráfica de obras relacionadas con super-héroes, CIMOCs, Conans o mangas. Sé que esto será un gran pecado para muchos ortodoxos del género pero, a decir verdad, esas temáticas o estilos apenas me atraen, a pesar de que hay quienes me insisten en que pruebe, como si de experimentar con una nueva droga se tratase, y de que algo de manga ya he catado (y además me ha gustado) Dicho lo cual, tampoco descartemos futuribles acercamientos a esos sub-géneros.

En fin, no me extenderé más en esta especie de egocéntrica retrospectiva comiquera porque, al fin y al cabo, la idea de incluir este post en las desérticas Listas Tontas es la de traer 10 títulos que, en este tiempo, tanto el más pretérito como el más actual, de alguna u otra forma me han impactado, me han llegado, me han entusiasmado… me han enfebrecido. Ahí van.

  1. El arte de volar. Antonio Altarriba / Kim.
  2. La casa. Paco Roca.
  3. Serie Los Mundiales – Mortadelo y Filemón. Ibáñez.
  4. Persépolis. Marjane Satrapi.
  5. La cumbre de los dioses. Jiro Taniguchi.
  6. Intrusos. Adrian Tomine.
  7. El ala rota. Antonio Altarriba / Kim.
  8. Arrugas. Paco Roca.
  9. Blankets. Craig Thompson.
  10. Los surcos del azar. Paco Roca.

Ayer tuiteé mucho. We’re from Barcelona.

Ayer tuiteé mucho. Desde hace un par de años me he convertido en un usuario más pasivo en esta red social. Ayer volví al perfil activo a pesar de que mi intención, al principio, era acudir a la misma con el objetivo de seguir todo lo que estaba sucediendo en Barcelona en tiempo real. Al final, era tal el maremágnum de información que se vertía en ella que decidí cambiarme con el mismo cometido a la radio, sin cerrar, eso sí, la pestaña de Twitter. Y, al final, acabé volcando opiniones y emociones, más allá de algún retuit que yo consideraba útil.

Ayer tuiteé mucho. Supongo, no recuerdo bien, que al nivel del último atentado perpetrado por esos hijos de puta que tienen por vocación aterrorizar al personal. Quizá ayer más. La ciudad que ha sufrido este último ataque, Barcelona, me pilla más cerca. No en un sentido estrictamente geográfico sino en el sentimental. Me encanta Barcelona. He tenido la suerte de disfrutar de ella varias ocasiones. Tengo familia allí. Bueno, en Badalona, pero vaya, cerca. Ana curró allí unos meses y la fui a visitar y a estar con ella allí un par de semanas. Tengo familia, amigos, conocidos, compañeros y compañeras de gremio allí. Por eso me tocó más de cerca. Por ello, quizá, tuiteé más.

Curiosamente, entre todo lo que se pudo escribir ayer en el Twitter o en el Facebook o en otras redes sociales, me dio la (positiva) impresión de que ayer no surgió el debate entre víctimas de primera y de segunda que, en otros atentados, había surgido y que enconaba los ánimos de los defensores de uno y otro lado cuando la sangre de esas víctimas, fuesen de la categoría que fuesen, aún estaba caliente. Ayer, supongo que como a mí y por el hecho de que la mayor parte de mi timeline es de aquí, pues a todo el mundo le tocaba más de cerca y no había lugar para esa diatriba.

Ayer tuiteé mucho. Empecé con un “Joder” seguido de tres puntos suspensivos con el que pretendía expresar mi estupor ante lo que leía. O lo que veía. Aunque, a decir verdad y sin ninguna intención de dármelas de nada, ayer (hoy sí) no visioné ninguna foto o vídeo de carácter escabroso. En cuanto podía detectar que me iba a encontrar algo así, decidía no pinchar el link o darle al play o lo que fuese. Y creo que no se me coló ninguna. En este sentido (y, de nuevo, sin querer dármelas de nada), a pesar de que ayer uno de los grandes debates que surgieron en las redes fue el de la difusión de imágenes truculentas y, asociado al mismo, la responsabilidad que se le achaca a los medios de comunicación ante tal labor, creo que deberíamos pararnos a pensar en la responsabilidad que tenemos los receptores a la hora de admitir, visionar y compartir esos contenidos.

De hecho, creo que los medios de comunicación también tienen que informar mediante imágenes. No estoy muy de acuerdo con la campaña que parece que se orquestaba ayer, gatitos incluidos, pidiendo que no se hiciese. De acuerdo en que se deben evitar las imágenes morbosas y de acuerdo en que se tienen que evitar las fotografías o los vídeos que puedan servir a los malos para escapar. Pero no creo que con ello se deba pedir a los medios que, en cierta forma, oculten la realidad de lo que está pasando. Por muy dolorosa que pueda ser.

Ayer tuiteé mucho. Como con el último atentado. Bueno, más. Seguro. El caso es que de entre lo que pude escribir en esa caja destinada a un máximo de 140 caracteres, lo que más tristeza me produjo y me sigue produciendo hoy es la sensación de que sabíamos que esto podía pasar aquí, en una ciudad cercana, conocida, con amigos y familiares. Y la sensación de que, desgraciadamente, quizá en no mucho tiempo, puede que esté tuiteando mucho otra vez. Y repita los tuits y se repitan las escenas, las declaraciones, las repugnantes salidas de tono de algunos, los prejuicios contra colectivos concretos, los comportamientos de los afectados, los debates sobre las imágenes, las llamadas a la unidad, la solidaridad de la gente, los lazos negros, los fotomontajes con un icono de la ciudad atacada, las víctimas (de 1ª o de 2ª), los insultos, los abrazos… repeticiones que uno espera que algún día acaben, aunque visto lo visto, hay que ser consciente de la tremenda dificultad para poner fin a esta locura.

Ayer tuiteé mucho. Hoy ya no. Hoy he pretendido sentarme a elaborar(me) de forma más sosegada y por escrito algo de lo que tuiteé y, al final, me ha salido una especie de vomitona que, en realidad, no aporta nada nuevo. Que sólo me vale, supongo, para mí. Como por quedarme a gusto compartiendo algunos pensamientos derivados de la trágica jornada de ayer.

Ayer tuiteé mucho. Y no puse una canción en esa red entre tanto tuit. Ahora lo haré. Tras publicar esta entrada e incrustar una canción en la misma. En un alarde de originalidad, elijo “We’re from Barcelona” de los suecos I’m from Barcelona. Buen rollo y un mensaje: hoy todos somos de Barcelona.

Las Fiebres Musicales de julio (I)

Galbana estival. Y sin estar de vacaciones, oigan. Lo atribuiremos a ello. Pereza para casi todo. Incluso para enfebrecerme por discos o canciones. Y es que las calenturas musicales del pasado julio han discurrido de forma proporcional a la climatología que hemos tenido por estos lares. Es decir, no han sido excesivamente altas. Unas décimas. Pasen y vean, que no me extenderé.

De los Zebra Hunt ya les hablé en mi banda sonora del mes de mayo. Ha sido uno de los descubrimientos de lo que llevamos de año. El caso es que es una de esas bandas con canciones tan redondas que te dices: “oh, esto en en directo tiene que ser una maravilla”. Y hete aquí que el pasado 3 de julio actuaban no muy lejos, en Donosti. No muy lejos pero sí lo suficiente como para descartar la idea al tratarse de un lunes en el que este que escribe salía de currar a las 9 de la noche. Para desquitarme, rallé un poco el disco los subsiguientes días. Y para morir de envidia, el vídeo en el que interpretan en directo, en dicho bolo, en la sala Dabadaba, el segundo corte del “In Phrases”, titulado “Bad terms”.

El rollo nostálgico sacude en cualquier época, chavales. Nos ponen los discos o las canciones de cuando peinábamos menos canas y demás. Cómo nos impactaron y tal. El caso es que pensando en hacer una lista sobre discos en directo (atentado que finalmente perpetré) me tiré una tarde entera escuchando, prácticamente en bucle, el “It’s alive” de los Ramones. ¡Qué discazo! Me acordé del Blanco, amigo de la infancia, que me lo grabó, y de lo chinorris que éramos, desgañitándonos con el “Blitzkrieg bop”. Yo creo que aún ni íbamos al instituto. Aún me puedo ver con el walkman quemando la cinta TDK en que quedó registrado. Ay, la añoranza no se toma vacaciones.

Y acabo con los Ride. Los británicos han sido confirmados, hace escasas semanas, para el cartel de la próxima edición del festival BIME, en Barakaldo. Este año no tenía ninguna intención de acudir a este evento pero este anuncio ha trastocado los planes. Nunca les he visto en directo y siempre ha sido una banda que me ha gustado mucho, tanto en sus inicios más shoegazer como en su etapa más brit. Además, según me han dicho, su pasada actuación en el FIB debió rozar lo memorable por lo que, nada, habrá que, de momento, ir pensando en comprar entrada de día para el mencionado festival. Y, con todo, derivado de todo esto, pues unos cuantos días los dediqué a repasar los discos de Ride.

Bola extra: dos canciones que me fliparon y a las que llegué después de leer esta fantástica entrevista a Juan de Pablos en la Jot Down y, tras la lectura, escuchar unos cuantos programas antiguos de Flor de Pasión. Ahí las tenéis. “Angellina” de Joan Baez y este “January” de Pilot. Escuchadlas porque son simplemente magníficas.

Dudas de clase

Hablaban de clase. De dudas de clase. De clase social. De identidad. Se sentían de clase obrera. ¿Lo eran? Se dedicaban a trabajos de esos que entran en la categoría de profesiones liberales. Es como una especie de eufemismo para decir que no se manchan, que no cargan peso, que no están asados de calor en verano ni chupando frío en invierno. ¿Lo eran?, ¿seguían perteneciendo a la clase trabajadora? El origen familiar y la ubicación geográfica les decía que sí. Y, qué coño, cambiaban su tiempo y su fuerza de trabajo por dinero. Sí, lo eran.

¿Se sentían de clase trabajadora?, se preguntaban. ¿Cómo se comportan, en la actualidad, los miembros de dicho grupo?, reflexionaban. Uno de ellos, desde lo anecdótico, criticaba los cambios que él observaba. Veía, decía, que el pueblo, el pueblo de ambos, el origen de los dos, antaño símbolo industrial de la comarca, el pueblo había cambiado y ahora era una urbe más destinada al sector servicios o al comercio. Decía, por ejemplo, que echaba de menos los bares cutres, poco cuidados, las tabernas destinadas a un consumo recio, sin pinchos, sin ornamentos. Vino peleón y tabaco. Creía, de hecho, que la presencia de locales modernos, cálidos, con gran variedad de vinos y tés, no se correspondía con la idiosincrasia de un pueblo obrero. Garitos, venía a decir, enfocados a un sector más burgués.

El otro le rebatía que ese ejemplo era un argumento fácil de comprar pero que, precisamente, le parecía escucharlo desde una atalaya precisamente burguesa. Decía el otro que lo podía admitir, si tendían a clasificarlo todo en función de estereotipos. Pero que le costaba verlo, admitía. “¿Tiene que estar un bar predestinado a un determinado segmento social?”, se preguntaba y le preguntaba a su compadre. “Es como pensar” insistía “que el acceso, qué sé yo, a museos o espacios artísticos también esté vedado a personas de clase
media-alta sólo porque históricamente esa sea la imagen de personas que se asocia a este tipo de lugares”.

“El rollo”, volvía el primero, “es que ya no hay conciencia de clase. La gente ya no pelea ni lucha por sus derechos. Nos han vendido la moto de la clase media y esa es la clave por la que se le ha despojado a los trabajadores de todo el poder que habían adquirido y gracias al cual se pudo poner contra las cuerdas a los más poderosos. Y claro que lo de los bares es un poco bobada pero es para que te sirva de ejemplo de esto que te quiero decir”.

Al segundo algunas partes de lo que le decía su amigo le sonaba a discurso del siglo XIX. No estaba seguro de atreverse a decir lo que finalmente acabaría diciendo. “Creo que nos tenemos que sentir orgullosos de nuestros orígenes y estar agradecidos de todos los derechos laborales que se han conseguido a lo largo de la historia pero, no sé, tío, no entiendo porque por pertenecer a la clase trabajadora, trabajando y formándonos, para, en general, avanzar socialmente, no podemos acceder a algunos sitios, a algunos espacios…”.

El primero se llevaba las manos a la cabeza mentalmente. Creía que su amigo tenía más claras las cosas. Tenía más claro en qué lado tenía que estar si bien, empezaba a pensar, comenzaba a revisarse fugazmente, y darse cuenta, viendo sus propios comportamientos que tampoco él lo tenía meridiano. “Pero, tío, es es el chocolate del loro. Todo esto está orquestado. Arriba están los que están. ¿Acaso hay una cajera de supermercado en las instituciones?, ¿no, verdad? Esto está montado por y para ellos, tío. Y por eso el invento de la clase media: para mantenernos contentos a unos pocos, seguir ellos arriba y mucha gente jodida”.

Razón no le falta, pensaba, pero todo sonaba demasiado manido. “No sé, tío, puede que tengas razón, pero no me parece justo… De hecho, también se podría pensar lo bien que se lo tienen montado los de arriba para que caigamos en este juego y que sigamos sin tocar nada que suene a ellos o que no se asocie a nosotros o que… qué sé yo… todo para que los cotos sigan bien marcados”.

“Ya, no sé tío”.

“Ya”.

Seguían con dudas. Con dudas de clase. De clase social. Los dos. Unos tipos normales, trabajadores liberales, en un pueblo otrora obrero ahora dormitorio. Uno tomando una cerveza de caña, el otro una copa de vino de una denominación de origen cuya existencia casi desconocía hasta ese momento. Así se fueron a sus casas. El de la cerveza a su piso en propiedad, con hipoteca a muchos años; el del vino a su alquiler. Se fueron dubitativos. Pero bien. Cada uno de ellos se propuso tratar de poner negro sobre blanco estas dudas. Igual escribirlas les ayudaba a resolverlas. Tampoco funcionó. Ni falta que hace.

*Imagen vía mis Paredes que Hablan.