Tres discos para dinamitar una tarde burguesa

Iba a ser una tarde de sábado como Dios manda. Los niños acicalados. Nosotros arreglados pero sin grandes aspavientos. Una fina lluvia que no impediría que diésemos un paseo tranquilo por el pueblo. Un paseo de esos de pipas de calabaza, de gusanitos para el niño, de los de brazo de ella entrelazado con el mío. Sin grandes alharacas. De ir a tomar algo al bar de la calle peatonal: café, KAS de naranja, un mostito y a casa. Todo bien, anodino según se mire; lo propio, en realidad, a determinadas edades, en determinadas situaciones familiares. Planes de sábado de lo más común. Los que no vas a compartir en tus redes sociales para no dar imagen de carca. Todo así, como muy aburguesado. O no. Yo creo que es transversal a diferentes clases sociales. O sea, todo muy normal. Todo bien. Correcto. Hasta que me quise hacer con unos artefactos sonoros made in Baraka. Y esto cambió, al menos en mi febril mente, la fotografía.

En el tranquilo paseo sin rumbo fijo, nuestros pies acabaron en la calle Gipuzkoa. Veo que se entreabre la persiana del 15.000 Hops, garito dedicado a las cervezas artesanas y de una cada vez mayor raigambre entre los aficionados a dicha bebida del pueblo. Recuerdo que Anita, la de los Peleles y la de los Sinclairs, me dijo que ahí, en ese bar, podía hacerme con el EP de Los Retumbes, otro de sus proyectos musicales paralelos. Ni corto ni perezoso penetro en el garito y me llevo el último ejemplar disponible del dúo de rock primitivo. Esta repentina adquisición, me hace rememorar que hay otra referencia que tengo que recoger.

No quiero marear a la Dueña y a los herederos pero, dado que aún no nos habíamos asentado en ningún abrevadero, les sugiero que, mientras lo buscamos, nos pasemos por El Tubo para llevarme el último EP de los Dr. Maha’s Miracle Tonic. Que seguro que está cerrado, mujer, pero ya que vamos de paseo, pues pasamos por ahí. Y efectivamente, el templo del punk-rock de Barakaldo, de la margen izquierda y me atrevería a decir que de Euskadi, está cerrado pero a punto de abrirse ya que don David, acompañado de su moza, aparecen para empezar a preparar el antro para la noche. Saludos cordiales y para adentro. Mi primogénito decide acompañarme. La Dueña se queda fuera con el carro.

– Aita – inquiere Nicolás al llegar al garito – huele raro.

Sí, El Tubo huele raro. Huele a rock, hijo mío, le digo. A humo. A noche. Reímos y coincidimos en que quizá, dentro de unos años, le darán igual esos hedores. Quizá lo catastrófico pueda llegar a ser que desaparezcan. Sea como fuere, olores aparte, el crío se deleita cuando le enseñamos la colección de bufandas de fútbol que decora El Tubo. Y yo me llevo el EP de los Maha. Y pregunto por el fenómeno musical del momento, esos Campamento Rumano de los que todo el mundo habla. Y Kalbo, David, me dice que ahí le queda un ejemplar del disco, que me lo lleve. Y lo hago. Y más tarde me enteraré que Patxi se ha quedado sin él. Ya lo siento. Y salimos.

Y noto turbada la cara de mi señora, alejada del lugar donde la habíamos dejado. Tiene razones. Me dice que unos yonkis han aparecido cerca de ella y del bebé profiriendo, con el clásico tono elevado de estas personas, insultantes amenazas. No a ella, sino a alguien que no estaba ahí. El caso es que cuando ha escuchado no sé qué de rajar la cara con una botella ha decidido alejarse un poco de la escena, a la espera de que acabásemos de salir de El Tubo.

Y justo se pone a llover con más fuerza. Que nos volvamos ya para abajo, dice. Ni pipas de calabaza ni, ahora, brazo entrelazado. Ni tomar algo en una calle peatonal. A uno de los tugurios del barrio, a ver un rato un absurdo Huesca – Atlético de Madrid con unas cortezas de cerdo. Hay que ver. Con lo idílicamente clase-media que parecía todo al principio. La sensación de que ese plan familiar se ha distorsionado un poco se acrecienta al pinchar los tres discos. Y me da por apuntarme en un papel algunas de las imágenes de esa tarde. Para contarlo, aquí y ahora. Que, en realidad, no he contado nada, ya sé… pero siempre se puede intentar relatar episodios de lo más común y que parezca algo más emocionante, ¿no? La idea era, en verdad, animar a la audiencia a escuchar a los tres grupos que, indirectamente, dinamitaron la tarde y, ya ven, me ha salido hacerlo así. Espero no les importe. Ni a ellos ni a ustedes.

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¿Has repetido?

Le volví a ver el otro día. Junto a una sucursal de una entidad financiera. De pie, sus labios pegados a un micrófono, tocando una guitarra española; en el suelo, la funda del instrumento para recolectar las monedas que la gente tenga a bien echarle por escuchar sus tonadillas.

Unas canciones sensibles, románticas, con letras típicas, evidentes. Glosas de cantautor enamorado o herido de amor, que es lo mismo. Versiones dulcificadas de temas clásicos de pop. Todo muy blanco, muy inofensivo. Inofensivo. Ya ves. Cualquiera diría que el autor de dichas interpretaciones fue el que hace un cuarto de siglo me desvió el tabique nasal de dos patadas en la cara.

No puedo evitar fijarme en él cada vez que le veo tocando su guitarra en la calle. A pesar de los golpes que me propinó y del miedo que me hizo pasar durante algunos fines de semana, no siento rencor, ni tengo ganas de venganza. En realidad, no me inspira casi ninguna emoción. Como mucho, se me dibuja una sonrisa en la cara pensando que verle me hace rememorar aquella tarde y, por tanto, me brinda la oportunidad de contarlo todo. Otra vez. Pero ahora por escrito y a un público potencialmente mayor.

Fue el fin de semana inmediatamente anterior a empezar 1º de BUP. Sentados en un banco de la “parti”, charlábamos tranquilamente cuatro amigos. De repente, un grupo de adolescentes, de, aparentemente, edades parecidas a las nuestras aparecieron a nuestro lado. Eran más. Nos doblaban en número. Rodearon el banco. Uno se sentó entre dos de nosotros y otros dos se pusieron enfrente, de pie. Uno de ellos se erigió en portavoz del grupo. El cantautor. El actual poeta urbano.

Comenzó diciendo cosas intrascendentes que no recuerdo bien para, a continuación, preguntar a qué colegio íbamos. En la sucesión de respuestas de mis tres amigos y de la mía propia, además de escuchar la de nuestro interlocutor, no caí en la cuenta, ingenua y desgraciadamente, que el futuro trovador estaba escolarizado en el centro enemigo al mío. Bueno, más bien el que recién acababa de abandonar para iniciar mi andadura en el instituto.

Precisamente, en relación al momento académico de los presentes, es cuando se desencadena el fatal desenlace. A la pregunta de en qué curso estábamos, todos respondemos 8º de EGB y/o, como era mi caso, a punto de empezar 1º de BUP. Nuestro divo, sin embargo, afirmó hallarse haciendo 6º. En vista de su aspecto físico, de sus dimensiones, de su porte, incluso de su forma de expresarse, mi mente supuso que esta incoherencia sólo podía deberse a algún desliz académico y, ni corto ni perezoso, inquirí: ¿HAS REPETIDO?

Se destapó la caja de los truenos. Mi interlocutor, el futuro romántico cantautor, en dos rápidos movimientos propios de un cinturón negro de karate, me cruzó la cara de dos precisos puntapiés. A ver, supongo que íbamos a cobrar de todas todas, estoy seguro de ello, de que venían a eso, pero, bobo de mí, le puse en bandeja de plata la oportunidad por el hecho de querer saciar mi curiosidad y por pecar de empático (¿en qué estaría pensando, maldita sea, en brindarle apoyo escolar para ayudarle a mejorar?) De hecho, no creo siquiera que se sintiese ofendido ante la pregunta “¿has repetido?”, pero, puestos a buscar una excusa para demostrar sus capacidades en lo que a artes marciales se refiere, pues eso, que se lo dejé a huevo. O sí, quién sabe, igual sí le molestó y, vaya usted a saber, igual ese fue el acicate que le llevó a sentarse a componer piezas tiernas y desnudas que, a día de hoy, comparte en la vía pública, tras, eso sí, descargar su furia sobre mi pituitaria.

Apéndice, dicho sea de paso, que empezó a sangrar profusamente tras recibir los impactos del proto-rapsoda y que hizo que, ante la visión de la hemorragia, el bardo y sus secuaces huyesen rápidamente, dejándonos a mí y a mis amigos, con un palmo de narices, nunca mejor dicho. Llorando y herido, subí a casa y mi hermano, alarmado al ver lo sucedido, salió como alma que lleva el diablo en busca de los atacantes, pero no logró darles alcance (si llega a alcanzarlos seguramente nuestro futuro artista habría cantado la Traviata) De hecho hoy es el día que ni siquiera me atrevo a decirle que el cantautor de la esquina, ese que interpreta temas tan vomitivamente edulcorados, es el que me mandó a San Eloy con la porra como un pimiento.

Ay. Me quedo un rato ensimismado, mirándole, escuchándole. Supongo que él supone que estoy prendado ante sus edulcoradas y diabéticas composiciones y parece que incluso se esmera más en rasguear su guitarra, en mejorar la entonación y el chorro de voz. Él, claro, no me reconoce. Imagino que sólo sería una víctima más de sus años de furia pre-adolescente. Le escucho pero no le escucho. Solo le veo, nos veo, en aquel banco de la particular, yo preguntando si había repetido y él elevando, cual Jean Claude Van Damme, su pierna para impactar en mi rostro. Por un momento, se me pasa por la cabeza echarle una moneda pero recordando lo susceptible que es el muchacho, me alejo de él con una sonrisa en la boca. A pesar de todo.

* La foto la he sacado de aquí, de un banco de imágenes libres de derechos y tal.

Dos ejemplos para practicar la amnesia histórica

Hace unos años, en plena temporada navideña, en la empresa volvía a aparecer la misma pregunta: ¿por qué no recibimos nuestra cesta?

La respuesta era conocida y para buscarla sólo había que dirigir la mirada al director, al joven director que, desde hacía unos pocos años, gestionaba una de las líneas de negocio de la entidad. A su juicio, no era de recibo que una empresa como esa diese cesta de Navidad y, por tanto, según él, se evocasen reminiscencias esclavistas. Sí, esclavistas. Supuestamente, según su versión, era habitual que antes de las fiestas navideñas los amos regalasen a sus esclavos un lote de productos alimenticios con los que felicitarles tan entrañables fechas. El caso es que, a partir de este presunto episodio histórico que nadie había podido corroborar en libros o en breves búsquedas en la red, los por entonces subordinados al mencionado director nos quedábamos sin lote para que a la empresa no se le tachase de tener simpatías con los confederados que defendían tan execrable práctica en los EEUU en las postrimerías del siglo XIX. Y claro, tampoco es plan de que a uno le tachen de negrero sólo por reclamar sidra y peladillas.

No sé si la reacción de los trabajadores hubiese sido la misma si, valiéndose del mismo argumento, el director en cuestión o cualquier otro jerifalte nos negase la paga extra de julio al considerar que ésta no deja de ser, en este caso, una evocación del franquismo. Al parecer, la decisión de implantar dicha gratificación fue una iniciativa de Francisco Franco o alguno de sus ministros para conmemorar la fecha del alzamiento, el 18 de julio de 1.936, y como una forma de aliviar las paupérrimas condiciones económicas de los españoles en plena posguerra. En tal caso, podría resultar comprensible, en base al ejemplo anterior, que se retirase la celebración o conmemoración (en forma de aguinaldo) de algo tan ilegítimo y despreciable como un golpe de estado. Pero, esto, en realidad, nunca se ha planteado en la empresa. Ni siquiera lo ha hecho nuestro directivo yankee. Tampoco lo he oído en ninguna otra empresa.

De hecho, si seguimos tirando de ese hilo, el hilo de la supuesta coherencia ideológica, sería de recibo no disfrutar de determinados beneficios si no se corresponden con los preceptos de uno, a saber: cogerse vacaciones en Semana Santa si no se es católico o no celebrar la propia Navidad por el mismo motivo, no celebrar el día asignado a la nación porque uno no se siente miembro de la misma, etcétera.

Sí, ya sé que esto suena muy cuñao, admito que es un argumento prototípico de los que suelen atacar a los nacionalistas periféricos o a los ateos. En cualquier caso, aplicar sistemáticamente una especie de memoria histórica en base a determinados acontecimientos, costumbres o episodios pasados para cercenar privilegios por haber nacido con la mácula de lo injusto, podría ser la norma pero, en estos casos, lo habitual es correr un tupido velo, es sufrir una amnesia o justificar el mantenimiento de los mismos pensando, a mi modo de ver, en el beneficio general de los perceptores.

Además, por ir acabando con esta reflexión de chichinabo, me sobreviene pensar lo cansado y difícil que resulta – debe resultar – vivir tratando de mantener una coherencia absoluta con los ideales de uno estando rodeado de tanta mezcla, cuando se vive en una época que muchos tildan de, precisamente, desideologizada, cuando se vive – se tiene que vivir – en convivencia y connivencia con otros. Este es otro argumento al que podemos agarrarnos para practicar la amnesia (selectiva) histórica, no sin olvidar que, en muchas ocasiones, los supuestos argumentos históricos para justificar determinado comportamiento son de escasa relevancia o, directamente, falsos.

Imagen vía Paredes que Hablan.

Cómo se me deriva la deriva (en el Soho)

“Yo vine a Londres porque quería encontrar una forma de libertad. Pero no creo que vaya a encontrarla en el Soho. Para mí, eso no es Libertad, tan solo es su apariencia (…). Esa clase de vida, vagabundeando por los cafés del Soho y durmiendo en el suelo, no me satisface. No creo que la respuesta sea encontrar un nuevo modo de vida. La forma, la manera en que uno vive, es algo muy distinto a la vida misma, y es esa vida misma lo definitivo e importante”.

Él fue a Londres, huyendo de una gris ciudad de las Midlands, buscando una forma de libertad. Ansiando, además, profundizar en ese concepto, para algunos tan abstracto, para otros tan meridiano. Pretendiendo disertar al respecto, escribiendo compulsivamente sobre ello. Él también fue a la City con ese objetivo… ¿o ese objetivo le encontró a él? ¿Lo hizo, de hecho, al ir topándose con pintores, putas, alcohólicos, vagabundos, caricaturistas y demás ralea supuestamente habitual en la época (años 50 del siglo XX) y en el supuestamente centro neurálgico de esa bohemia, el Soho?

El joven (si no recuerdo mal creo que cuenta con 19 años) aterriza, además, en la capital británica con un buen puñado de libras en el bolsillo y en ese iniciático deambule sin destino, acaba con sus huesos, como digo, en el Soho, atrayendo (¿él o su dinero?), como digo, a un buen número de estrafalarios personajes.

El contacto con ellos y el pasear casi incesante, casi sin referencias espaciales por el propio barrio, supone, a mí modo de ver, el comienzo de un camino (¿de una evolución, de una involución?) en nuestro protagonista. Me da la impresión que la ilusión o el hambre de aventura y su motivación en pos de la Libertad le lleva a abrazar, quizá ingenuamente, los caracteres de esos personajes como la panacea que buscaba para ejemplificar la libertad en su máxima expresión.

Sin embargo, tengo la impresión (o eso he querido creer) que muchos de ellos se acabaron acercando a Harry Preston (el protagonista de ‘A la deriva en el Soho’) con una vocación utilitarista, interesada, atraídos por esas libras que podían satisfacer necesidades primarias y otras igualmente necesarias pero no tan básicas vistas desde un punto de vista más maslowliano. Y tengo la impresión (o eso he querido creer) que a medida que el protagonista se anclaba a estas compañías e iba conociendo otras nuevas, a cada cual más extravagante, él iba reconociendo ese interés, a pesar de lo cual no se negaba a ser utilizado y, ni mucho menos, se oponía a rechazar esas relaciones que a él le proporcionaban satisfacciones y, sobre todo, conocimiento y experiencia.

Quizá por esto también, por ese aprendizaje exprés extraído del vagabundeo, he sentido que Preston se iba alejando de los extremos (de los más planos y conservadores, digamos, que poblaban su vida pre-Soho, y de los más libérrimos conocidos en el barrio negro londinense) Y creo que, además de esa experiencia simultánea, hubo otro factor que desencadenó esa, llamémoslo así, equidistancia: el amor. Que no sé si trata de amor pero, desde luego, la aparición en su vida de una joven venida de las antípodas, aterrizada en Londres de una forma un tanto casual, y la complicidad surgida entre ambos, creo que llevó a nuestro héroe a desengancharse de la pléyade de bohemios que le acompañaban en aquellos estimulantes y azarosos días y concluir, en definitiva, que “la manera en que uno vive es algo muy distinto a la vida misma”.

Quiero destacar y destaco, como diría aquel, esas sensaciones o impresiones, pese a que pueden estar totalmente equivocadas, porque me quiero ver o me veo reflejado en él. Porque siempre me he sentido o me quiero sentir atraído por personas o personajes un poco al margen, nihilistas, extravagantes, irracionales, a veces antihumanistas, huraños o estrambóticos, divertidos y reflexivos y no sé qué más adjetivos poner para señalar a esos otros grandes protagonistas de ‘A la deriva en el Soho’. Y, por descontado que él, Preston, se moja en esta historia mucho más de lo que yo he podido hacer (si bien, ahora que lo pienso, me dedico a lo que me dedico) y mucho más de lo que jamás haré. Y porque él, sea por el tiempo que sea, se mueve en ese alambre pseudomarginal huyendo de su anodina vida anterior, alambre que yo conozco, en realidad, a través de relaciones mucho más superficiales (sin querer, nuevamente, hablar de – mi – trabajo) y sin abandonar, en definitiva, mi pseudoburguesa vida.

Quizá por todo ello, uno de los fragmentos del libro que subrayé en rojo tras doblar la esquina superior izquierda de la página par en la que aparecía y que vuelve a entroncar perfectamente con el destacado al inicio de este texto, es el siguiente:

“Yo empezaba a familiarizarme con la idea de que los vagos del Soho no poseían el espíritu de iniciativa que cabría esperar de su género de vida; las únicas características que desarrolla la vida bohemia son la ineficiencia y la vagancia”.

Pero no me malinterpreten al pobre Preston (ni siquiera a mí) a pesar del tono crítico y desencantado de lo mencionado. Él, de hecho y a pesar de ello, sigue con ellos y rebate y les sigue el juego y participa de sus costumbres, de sus delirios, de sus espacios y de sus excentricidades. Empatiza, claro, con muchos de ellos y les otorga su parte de razón en este mundo. Creo que, hasta cierto punto, los considera necesarios como contrapunto a la aburrida cotidianidad. Insisto: lo cree así pese a la ineficiencia (ineficiencia, ojo, recordemos, para la “iniciativa que cabría esperar de su género de vida”) y la vagancia. Pues eso. Que yo. Que yo también. Que yo también les otorgo su parte de razón y empatizo y, hasta cierto punto, los considero necesarios y, en mi caso, trabajo por/para/con ellos (aunque no, digamos, con bohemios precisamente) pero desde esa equidistancia vital, cobarde, acomodaticia, burguesa… llamémoslo equis. O sea, no me atrevo a ser como ellos pero admiro que lo sean y me gusta la relación subrepticia que, de vez en cuando, he establecido o establezco con ellos.

Es más, y ya acabo, no huyan, creo que nuestro ya querido Preston, debido a su fulgurante deriva en el Soho, ya ha tenido suficiente y si se tuviese que hacer una continuación a la obra de Wilson ésta debería ser la de un hombre de mediana edad casado con la nezoelandesa conocida en esos días londinenses, que sigue pensando en la libertad (experimentada y reflexionada) pero con la certeza de que esa, aquella vida no es para él.

Y por si no ha quedado claro todo lo que he querido decir en estos párrafos, acudamos a los libros. Bueno, al libro. Es fácil. Vuelvo a pegar a continuación el fragmento inicial, impreso en la página 198 de mi ajada edición de ‘A la deriva en el Soho’, mi primera y fructífera lectura de este 2019:

“Yo vine a Londres porque quería encontrar una forma de libertad. Pero no creo que vaya a encontrarla en el Soho. Para mí, eso no es Libertad, tan solo es su apariencia (…). Esa clase de vida, vagabundeando por los cafés del Soho y durmiendo en el suelo, no me satisface. No creo que la respuesta sea encontrar un nuevo modo de vida. La forma, la manera en que uno vive, es algo muy distinto a la vida misma, y es esa vida misma lo definitivo e importante”

Y fin. No era mi intención realizar, ni mucho menos, una especie de reseña al uso de ‘A la deriva en el Soho’ (Colin Wilson) ni tampoco escribir una disertación tan rimbombante y pedante como la que ha salido. Mi idea era dejar algunas reflexiones, un poco a vuelapluma, derivadas de su lectura. Sorprendido estoy, eso sí, de lo que ha surgido, de cómo se ha derivado la deriva (en el Soho) habida cuenta que me acerqué a esta obra con ciertas reservas. De esperar algo más cercano a lo oscuro, lo desconocido, lo atávico, lo liminal (que, quizá, de una forma subjetiva por ahí andan, qué sé yo… y Carlos, perdóname los prejuicios, je) me encuentro con una especie de trip beat por las calles de Londres que, sin embargo, me resuena y, no sé, supongo que, en cierta forma, me remueve. Bienvenido sea, pues el revolcón.

Las manos siguen frías

Desentumezco los dedos. Escribo esto ahora para desentumecerlos. El corrector del word me subraya en rojo desentumezco y desentumecerlos. Me resulta extraño que las primeras palabras de este texto sean esos verbos, en esas formas. Verbos que no parece reconocer la máquina, el procesador de texto. Me dan ganas de parar. Casi hasta de llorar. No. Confesaré que esto último es una especie de licencia que he añadido al releer este primer párrafo. No, no he sentido ganas de llorar.

Esto que nos ocupa me ha sobrevenido hace un par de horas o así, mientras fumaba un cigarro. He inhalado humo y he chupado frío. He bajado con una chaqueta fina al portal de la oficina. Y con un café de máquina. Si hubiese quitado la tilde a máquina, la esdrújula sería una llana y habría rimado con fina y oficina. Lástima de reglas ortográficas y gramaticales.

Bebía y fumaba con una fina chaqueta ya de noche, decía. Noche cerrada. Mucha gente abandonaba ya el edificio tras acabar su jornada laboral. Yo sólo me tomaba un pequeño descanso. En él, he decidido, decía, empezar a escribir algo para desentumecer los dedos. Curioso: el procesador de texto no me subraya ahora el infinitivo.

Las manos siguen frías. Pensaba que al escribir esto las calentaría. O, al menos, templaría las falanges tecleando. Al usar ese sinónimo, falanges, para no volver a decir dedos me ha sobrevenido una sonrisa. ¡Qué tontería! He pensado en el otrora sindicato o partido o lo que fuese: la Falange. La Falange Española. Lo que iba a ser un ejercicio para desentumecer los dedos parece virar hacia un texto en el que incluir referencias políticas. Puedo desviarme, de hecho, al ascenso de VOX y tal. Realizar una reflexión acerca del auge de la extrema derecha en Europa. En breve, de hecho, empezaré a leer ‘Ilska – La Maldad’ que versa, precisamente, sobre esto. Pero no.

No. No estoy ahora aquí para eso. Que va. He abierto un documento en blanco para desentumecer los dedos. Ahora voy a poner en cursiva, en el párrafo anterior, dedos y falanges y, a continuación, voy a buscar un sinónimo para desentumecer. Y también lo voy a poner en cursiva. Esperad. Ya está: desentorpecer, desadormecer, desentumir, reavivar. Os confesaré que también he buscado un sinónimo para dedo. Y no: falange no aparecía como sinónimo. Mejor. Era la excusa que necesitaba para no llevar este escrito hacia vericuetos ideológicos.

Desadormezco los dedos. Los desentorpezco, los reavivo. Pero las manos siguen frías. He salido a cuerpo gentil a la calle, a fumar y a beber sucedáneo de café y ahora no entran en calor. Tampoco estoy tecleando de una forma compulsiva, obsesiva. Y eso que me gusta imaginar que lo que va surgiendo a medida que avanzo en este escrito es una especie de declamación sin sentido como la de aquellos artistas que igual, qué sé yo, en los años 20 o 30 del siglo pasado practicaban algún tipo de escritura automática de la que brotaban textos inconexos, con poco sentido y que, estos sí, golpeaban con fruición las teclas de una vieja Olivetti llevados por no sé qué motivación. Aunque a lo mejor lo hacían a mano. En un café lleno de humo. No me pararé a buscar ahora información sobre ellos en la red para saber qué instrumento utilizaban, para saber en qué década lo hacían, ni siquiera para comparar esta serie de párrafos aburridos con lo que en mi cabeza visualizo como escritura automática o algo de esa índole. No quiero hacerlo para que no se me enfríen más las manos y, sobre todo, porque no quiero que penséis que con esta perorata absurda pretendo emular a aquellos bohemios que buscaban vete a saber qué mediante ejercicios así. No. No quiero parecer un impostor aunque sea demasiado tarde.

Además, he sido sincero desde el principio: esto ha surgido para desentumecer los dedos, las falanges (ay, no), para desentorpecerlos y reavivarlos, tras un café y un cigarro. Como una especie de entrenamiento para hipotéticos futuros nuevos textos que no interesarán a nadie. Ya es suficiente. Se ha producido un salto de página y estoy en la dos. Ya vale. Te compadezco si has llegado al punto y final. Gracias por ayudarme a desentumecerlos.

Las manos siguen frías. Son las de la foto. Frías y feas. Es difícil que unas manos salgan bonitas – una mano – en un picado con el teléfono móvil.