¡VIVA LA INFANCIA!

Recuperar la conversación, el aburrimiento y el juego. El infinitivo alude a ti madre, padre. Y a mí. Y a nuestros hijos e hijas. Que dicen José Ramón Ubieto y Marino Pérez que recuperar esos elementos es una de las fórmulas con las que luchar contra esa infancia hiper (hiperestimulada, hipersexualizada, hiperconectada), esos niños, niñas y adolescentes y su interacción con el mundo adulto que tan bien describen en el libro “Niñ@s Híper” (NED Ediciones, 2018) que he reseñado en EducaBlog.

Parece fácil, ¿verdad? Hablar, dejar a las criaturas que nos molesten cuando están aburridos y jugar. Chupao, ¿no? Pues no. Todos lo sabemos. En los tiempos que corren, es muy habitual que las pantallas callen las conversaciones, que no permitamos los tiempos de aburrimiento y nos mantengamos y les mantengamos siempre ocupados con algo y que no encontremos espacios para el juego.

Pero quizá es necesario que nos esforcemos en intentarlo. Al menos, debemos hacerlo si no queremos perpetuar un modelo de infancia como el que se describe en el mencionado libro. Un libro, por otra parte, que, en formato casi de intercambio epistolar entre los dos autores, recomiendo encarecidamente tanto si eres profesional que trabaja con infancia, juventud y familias como si, por supuesto, eres padre o madre.

No me quiero extender. Si queréis leer con más detalle lo que me ha parecido dicha obra, pues eso, podéis pinchad aquí. Aún así, a continuación, dejo algunas reflexiones, a vuela pluma, que he subrayado en sus páginas y que no he incluido en el post de EducaBlog, no sin antes reivindicar ese alegato mencionado en el título con el que se concluye el libro de Ubieto y Pérez: ¡VIVA LA INFANCIA!

Todos productores y consumidores podía ser el lema que igualase a adultos y a niños, borrando las fronteras entre unos y otros. Una identidad compartida, ya no por la vía de los ideales, sino a través del objeto del consumo común. El problema de esta utopía es que hace aguas por todas partes, generando síntomas que muestran su fracaso.

Esta hiperconexión no es ajena al destino que la curiosidad y el aburrimiento, signos inequívocos de la infancia, están tomando. La curiosidad aplastada por los estímulos incensantes que los invaden y el aburrimiento como una especie de enfermedad de la que habría que curarse rápidamente.

Nuestra sociedad es hiperreflexiva y parte de esa hiperreflexividad viene de la propia ciencia, que supuestamente tiene unos conocimientos sobre el desarrollo infantil, sobre cómo cuidar a los niños, no sólo en el sentido pediátrico, sino en todos los ámbitos de la vida. Supuestamente entonces, los niños tienen que estar monitorizados por la ciencia a través de los padres. Esto da lugar a una paradoja: los propios padres pierden el sentido común, las maneras tradicionales de educar a los niños para que sepan estar y para que funcionen de acuerdo con las pautas de la sociedad.

La ciencia está ocupando los espacios que antes estaban ocupados por el sentido común. Y la ciencia debe estar al servicio de la vida, no actuar como un sustituto de todos los conocimientos.

Hoy se clasifica más que se acompaña.

En nombre del bien común y en nombre del cálculo de lo mejor, de lo que conviene, se plantean toda una serie de políticas de control que tienen que ver con el peso ideal, con la vida saludable, con la medicación necesaria, etc. Las tecnocracias sanitarias han diseñado, como ejecutoras de esa biopolítica, toda una serie de protocolos de vida y de control.

Esta pasión actual por las etiquetas tiene que ver, también, con las crisis identitarias de las personas. Muchas veces son los propios pacientes quienes piden una nominación. Ellos son los que quieren una etiqueta. Quieren un nombre para eso que les pasa. Y lo quieren porque hoy vemos que hay una crisis generalizada de identidad, una dificultad seria para representarse.

El etiquetaje también produce un efecto de exención de la responsabilidad. Por lo que respecta a los propios niños, aprenden a no tener ninguna responsabilidad acerca de sus problemas. Dado que si ellos tienen los problemas que tienen, por los que van al psiquiatra, al pediatra, al psicólogo, esos problemas se atribuyen a la enfermedad, no a él. Y si luego él mejora de resultas de una medicación que le dieron, no es él el que ha mejorado, sino que es la medicación la que le ha hecho a él mejor.

Cada vez más el fenómeno cultural tiende a la expropiación de la experiencia y a lo que eso implica, quitando al sujeto la capacidad de testimonio. Y lo que él pueda explicar, queda borrado en beneficio de esa homogeneización. Hoy en día, por ejemplo, esa expropiación pasa también en nuestra vivencia de la realidad. No paramos de fotografiar con la paradoja de que cada vez vemos menos el paisaje y no paramos de acumular fotografías que ni siquiera llegaremos a ver después. Hoy el paisaje de la infancia queda oculto, cada vez más opacamente, por la proliferación de diagnósticos en esa operación de macdonalización de la infancia.

Los simulacros suplantan la realidad, el “desierto de lo real” (Baudrillard)

La sociedad del cansancio no solo cansa a uno sino que uno también se puede cansar de ella, plantarse.

Fenómeno de la hipermodernidad: lo que antes estaba prohibido, ahora no sólo está permitido sino que, sobre todo, es de obligado cumplimiento. Esa sociedad disciplinaria se ha transmutado, no en una liberación como se prometía, sino en una sociedad del control, más feroz que nunca porque ahora se trata del autocontrol, cada uno se evalúa y se vigila a sí mismo.

Se ha fomentado una autoestima mediante elogios, parabienes y autobombardeos de positividad, desconectados de cualquier tipo de mérito, de singularidad, sino simplemente porque yo estoy aquí.

Se ha fomentado el narcisismo, niños con el ego inflado, que más tarde o más temprano van a chocar con la realidad, en la que no tienen garantizados lo sparabienes, en la que van a chocar con otros que vienen igual de inflados que ellos. El narcisismo, la agresión y la infelicidad son algunas de las consecuencias de la autoestima subida.
Luego viene la medicalización, como otra tendencia característica de esta sociedad neoliberal en la que estamos, consistentes en naturalizar los problemas sociales que genera la propia sociedad, convirtiéndolos en supuestos problemas naturales, a título de trastornos o enfermedades. El neurocienticifismo termina por hacer el resto.

La rebeldía como tal es necesaria en el proceso de individuación y separación de todo sujeto humano.

Muchos fenómenos, más que de rebeldía a una norma establecida por un ideal paterno, habría que situarlos más bien en la perspectiva de una cierta desorientación, en la que quedan tanto los hijos como los padres. Se ve en el hecho mismo de que muchos padres estén más pendientes de ganarse el amor de los hijos cuando más bien deberían perseguir su respeto y ser los hijos quienes buscasen la estima paterna.

Hay que introducir la nada, un poco de vacío en la hiperactividad, hipersexualidad… recuperar el aburrimiento. El vacío es necesario para que surja el pensamiento y la invención. El fin de la infancia es el propio éxito de los objetos.

La infancia seguirá viva sometida a un fuerte control, que la empuja cada vez más a una reducción del tiempo, a una comprensión de su duración y a una tendencia a la homogeneización, vía la estandarización. Ese control ya no se ejercita, como antaño, a través de la conciencia moral (“No hagas esto, esto está mal”), sino que hoy funciona más bien como un imperativo: “Tú puedes, tienes que ser feliz”.

Querer callarles la boca con pastillas o smartphones para protegerlos (¿de qué?), o protegernos nosotros de sus quejas, los convierte en cambio más vulnerables. Sería una ironía darles primero tabletas (tablets) para que no se aburran y después tabletas (píldoras) porque se aburren.

Anuncios

[AUTOBOMBO] Ganador del #RelatoPanenka

Los volúmenes que aparecen en la foto vienen a engrosar mi biblioteca en lo que a temática futbolera se refiere. Sí, el balompié ha generado – y genera – muchos e interesantes títulos. Pero no vengo, en realidad, a hablar de literatura futbolera o de estos ejemplares en concreto. De hecho, los libros de la imagen me sirven de excusa para practicar el Autobombo, esto es, el aplaudirme a mí mismo por equis motivo. En este caso, comparto con la cada vez más exigua audiencia de Cienfiebres, el hecho de que, fíjense qué cosas, resulté ganador del concurso #RelatoPanenka que la magnífica revista de fútbol Panenka organiza cada año en Twitter con motivo del día del libro. ¿Y cómo participé? Pues eso, escribiendo un tuit, un pequeño relato adaptado al máximo de caracteres de la mencionada red social con el fútbol como temática. ¿Y qué escribí? Pues esto:

Y nada, que aunque ya difundí la noticia en otros espacios, tanto virtuales como presenciales, considero que no estaba de más traerlo aquí. Y, por supuesto, manifestar mi agradecimiento a los que consideraron que mi tuit era acreedor de dicho reconocimiento y mi ilusión por el premio y, sobre todo, por el hecho de que, aunque sea humilde, no deja de ser mi primera vez en esto de obtener un galardón por escribir una pequeña, muy pequeña, pieza de ficción.

La radio y yo

No recuerdo qué fue primero pero empezaré por La Furgoneta Azul. Me remonto a cosa de hace quince años o por ahí cuando, tras unas conversaciones con Edu Gong en las cuales él nos facilitaba el acceso a la extinta radio popular de PitiTako Irratia, pensamos que podría estar guay hablar de música en plan coña y pinchar canciones desde una emisora pirata. La propuesta no fructificó o quizá sería más adecuado decir que germinó en otro formato: el de la web. Web que, posteriormente mutó a blog y que, finalmente, cinco o seis años después, ahora sí, se cristalizó en un programa de radio, en la antena de Bidebieta Irratia primero y BI FM después. Espacio que se mantuvo durante siete temporadas y que tenéis enlazado por ahí, a la derecha.

Lo otro que no recordaba qué fue primero es mi participación en la SER, en Radio Bilbao. Entre 2003 y 2005, eso seguro, arrancó. Yo trabajaba como educador social en un espacio joven en el que también ejercía su labor una compañera, Ainara, a la que, supongo, le daría mis buenas chapas sobre diferentes temas cada vez que subía a fumar un pitillo. Quizá, derivado de ello y fruto de la amistad que Ainara tenía (y aún tendrá) con Azul Tejerina, un día me viene contando que ésta, Azul, buscaba gente joven para su espacio, El Farol del Sur, que se hacía al lado del curro, y que ella, Ainara, había pensado en mí y en mi hermano educabloguero Iñigo para participar. Y empezamos a acudir, claro. Y desde entonces pues aún aguantamos unos cuantos años en plan tertulianos, tratando infinidad de temas una tarde a la semana, primero en El Farol y más tarde en La Ventana. Allí conocimos a Yuri, a Iñaki, allá llevamos a Lorena (que aún aguanta al pie del micrófono con ‘De las ondas a la red‘) e incluso logré embaucar a mi señora esposa y a una amiga a participar en el espacio por eso de que hubiese más presencia femenina en la mesa. Aguantamos unos años pero también son unos cuantos ya los que han pasado desde que dejamos de acudir a los estudios de la SER. Fácil que desde 2011 o por ahí, no recuerdo bien.

O sea, que entre La Furgoneta Azul y los programas de Azul, he pasado unos cuantos años de relación, digamos, directa con la radio. Me parece algo lógico, en todo caso. Me encanta la radio. Escucharla, hacerla o participar en ella. De hecho, si hablamos de escucharla, mi relación con este medio abarcaría casi los 40 palos, o sea, desde que nací. Al menos, desde mi más tierna infancia recuerdo en casa un transistor conectado en el enchufe de la cocina. Para desayunar, para comer y para cenar. Quizá es porque no teníamos televisión en dicho espacio pero, sea como fuere, la presencia de este medio, la compañía de las ondas fue una constante desde siempre.

Al recordar lo que escuchaba, lo que he escuchado, me vienen algunos nombres a la cabeza: Iñaki Gabilondo en el Hoy por Hoy, en la SER, por las mañanas; Tomás Fernando Flores y su siglo XXI en Radio 3; el carrusel deportivo y al showman radiofónico Pepe Domingo Castaño; Diego Manrique y su Ambigú; el desaparecido Carlos Llamas, en Hora 25, también en la SER, posiblemente mi periodista favorito de siempre; el Butano, José María García, a quien empecé a escuchar con asiduidad porque en El Larguero se metían mucho, de aquellas, con Javier Clemente, entonces seleccionador español; La Rosa de los Vientos con Juan Antonio Cebrián también me acompañó muchas madrugadas; etcétera.

En fin, sirva toda esta txapa nostálgica para anunciar que, desde el pasado 5 de octubre, he vuelto a la radio. Vuelvo a sentarme delante de un micrófono. Vuelvo a hacerlo acompañando de nuevo a Azul Tejerina en su casa, en su Hoy por Hoy Bilbao, donde siempre soy bien recibido. Desde entonces, por ahí estaré una vez al mes. De hecho, hoy he vuelto a estar ahí, segundo episodio de mi nueva temporada. Si os apetece escuchar el primer capítulo, podéis hacerlo pinchando aquí, dándole al play y avanzar hasta el minuto 58; en el caso de la jornada de hoy, clickad aquí y a partir del minuto 54 podréis hacerlo. En ambos casos, si sois amantes de la radio como yo lo soy, mejor que os escuchéis el programa entero, claro está.

De la aldea global a la aldea globalizada

Hola, qué tal. Un pequeño rescate del marasmo, del agostamiento, del abandono al que he sometido a este espacio desde hace casi un mes. Pero tan pequeño que me limitaré a hacer un Ctrl+c, Ctrl+v de un post que escribí el pasado 2 de octubre para ser publicado en el blog de unas compañeras gallegas, 365 posibilidades, con motivo del Día Mundial de la Educación Social y de la iniciativa Carnaval de Blogs que, un año más (y van cinco), promueve la gente del Colegio de Educadores Sociales de Cataluña. En esta edición el tema propuesto era el de “Los retos de la educación social en tiempos de la globalización”. Artículo que, aún apoyado por mis amigos de Educablog, me costó pergeñar y que, admito, puede resultar, no sé, quizá un tanto redundante habida cuentas de otras piezas que pueda haber por ahí al respecto del tema en cuestión. O no, no sé. Lo dejo a vuestra consideración y no me enrollo más. A ver si en los próximos días regreso con más fuerza. Salud.

Tuvo que sonar bien aquello de Aldea Global. Imagino que, en su momento, el término acuñado por Marshall McLuhan en la década de los 60 se compraría por muchos activistas, interventores sociales y demás figuras como un eslogan a reivindicar, un lema que imprimir en camisetas y por el que pelear.

Desgraciadamente, el tiempo nos ha demostrado que aquella idea de globalización que podía desprenderse del citado término (basada, entiendo, en internacionalismo, solidaridad, interculturalidad, etc) acabó virando hacia un concepto más mercantilizado, más orientado al intercambio desde un punto de vista comercial, productivo… vaya, que pasamos de la aldea global al mercado global y dicho cambio dejaba de lado a la persona, sus ideas, sus derechos… cosificándolo todo, tecnificándolo todo, olvidándose de la cooperación, de la distribución de la riqueza, de la dignidad personal… y debilitando los estados del bienestar que con tanto esfuerzo se intentaron construir.

La ideología neoliberal, esa que tanto rehúye, precisamente, de las ideologías, absorbió o se apropió de la idea global dejando tras de sí un sinfín de estados-naciones-pueblos sin autonomía con la que gestionar las crisis sociales y económicas que nos han sacudido en las últimas décadas.

Y ahí estamos, las educadoras y educadores sociales… llorando la pérdida del lema o de la idea (supuestamente) primigenia de aldea global y capeando el temporal de consecuencias del mercado global; adaptándonos a esa jungla, a sus pobladores y a las formas inherentes al sistema (occidental), tratando que las víctimas sean las menos; aceptando (obligatoria o voluntariamente) las características que esta realidad (sí, esta realidad, la de ahora, la de ayer y, posiblemente, la de mañana) también ha traído a nuestra profesión: la persona es usuaria, dedicamos más tiempo a informes, diseñamos cada vez más herramientas científicas de último modelo made in UE, etc…

Y ahí estamos, adaptados queriendo desadaptarnos, en muchos casos, sin muchas posibilidades de conseguirlo. Sobreviviendo (metafórica y, desgraciadamente, en muchas ocasiones, literalmente) a estos tiempos que ya son unos cuantos y que, de una forma u otra, ya deberíamos conocer de sobra. Quizá, por ello, en realidad, ya estamos más que adaptados. Se puede decir, sin querer sonar peyorativo, que sí, que las educadoras y educadores sociales también formamos parte del sistema.

Dicho lo cual y aceptando que estamos dentro, algo se podrá hacer, ¿no? Perseguir ese utópico mantra universitario que nos decían en la carrera a finales del siglo XX basado en la transformación social… buscando ese cambio de paradigma (¿sería del técnico al crítico?) pero a sabiendas de que el enemigo (me disculpan el tono beligerante) es enorme… no, mejor: es GLOBAL.

La potenciación de la criticidad en estos tiempos en los que no da tiempo a ser crítico, por tanto, sería un punto de partida. OK. Reivindicar la identidad propia frente a la repetición, la fotocopia, el cliché alienante (me resulta curioso, me permiten el inciso, esta apuesta por una especie de defensa de lo individual cuando una de las cosas que más se ha renegado de la globalización ha sido, justamente, la individualización que traído, en detrimento de lo comunitario, concepto que, por otra parte, casaba muy bien con la idea de lo global, al menos semánticamente. Ya paro) OK. Trabajar por el empoderamiento de las personas, por la igualdad de las personas, por sus reconocimientos, poner en valor los grandes acuerdos en materia de derechos… OK, vale.

¿Cómo? Partido a partido, como el Cholo, siendo un partido un barrio, un aula, una casa, un centro cívico… ya saben, eso de mucha gente haciendo cosas pequeñas y tal… (lema Mr. Wonderful total, o sea, otra arenga absorbida por la máquina, por el mercado… me disculpan el nihilismo, please)

Habrá que reconocer que, según leo y escribo esto, me digo que más de lo mismo… o sea, son recetas que siempre he leído/escuchado (entre otras miles, claro)… son ideas que van en nuestro ADN profesional y que me llevan a preguntarme: ¿por qué no somos capaces de culminarlas, de llevarlas a la práctica?, ¿por estar dentro del sistema, como decíamos antes?, ¿hay que refundar el sistema?, ¿quizá, en su momento, pensamos, ingenuamente, que una conceptualización como la de aldea global encajaba perfectamente en el ideal que una educadora o educador social podía perseguir como meta final y eso ha conllevado una, digamos, pérdida de tiempo o aceptación parcial?, ¿cuándo empezamos a darnos cuenta de que esto no era así?

Igual no es cuestión de tiempo, si no de ritmo, de velocidad. Quizá los cambios (políticos, sociales, migratorios, culturales…) aparejados a la tendencia globalizadora, a ese paradigma nos han pasado por la derecha y, probablemente, ha sido muy difícil seguirles siquiera el rastro. O ellos muy rápidos o nosotras muy lentas, no lo sé.

Sea como fuere, por supuesto que habrá que seguir apostando por la persona, sus derechos, por la igualdad entre los seres humanos, etcétera, sin duda, y habrá que hacerlo como decíamos: piano piano, sin prisa pero sin pausa (a pesar de la ventaja que nos llevan), desde abajo, horizontalmente pero tirando para arriba… haciendo política, claro, etc… y deberíamos pensar, por qué no (quiero pensar que ya lo hacemos), en seguir ese itinerario valiéndonos, aprovechándonos y apoyándonos en algunos aspectos que nos ha traído el mercado global, sabiendo identificar las oportunidades que nos brinda, que también las hay: las herramientas de comunicación, avances científicio-técnicos (sí, también debemos apropiárnoslos sin olvidar que son sólo una herramienta y que debemos aprovecharlo para el bien común), la facilidad para configurar redes de apoyo mutuo, la posibilidad de nuevas vías de autofinanciación basada en el mecenazgo interpersonal, las facilidades para moverse, para desplazarse, nuevas formas de asociacionismo, la apertura a nuevos nichos (pequeño desliz mercadotécnico, perdón) o ámbitos de intervención, etc…

Los retos están ahí. Son enormes (globales), claro. Nos sacan mucha ventaja, sí. Pero, al final, siempre nos queda la artesanía, lo manufacturado frente al plástico; lo realizado con pasión frente a lo realizado desde la frialdad mercantilizada; iremos más lento pero perseguimos calidad versus cantidad; sigamos ese camino, sigamos resistiendo y buscando la manera de transformar las cosas. Precisamente la supervivencia del tercer sector y su autoconciencia son fuente de esperanza para la transformación, sin desdeñar, ojo, el riesgo de mercantilización del mismo. Continuemos, pues, con todas las trabas (adaptándonos también a ellas), anhelemos la idea de McLuhan que, digo yo, debió fascinar a nuestros predecesores y transformemos, por tanto, el mercado en aldea, la aldea de todos y todas.

Yo fui portero del Barakaldo CF

Un encabezamiento apelativo. Eso pretende el título de este post. Llamar vuestra atención. Sin mentir, eso sí. Yo fui portero del Barakaldo CF. En serio. Lo fui. Ese es uno de los grandes (sino el gran) titular a extraer del artículo que el pasado 19 de agosto se publicó en el fantástico blog del amigo Holden Caulfield, Crónica Deportiva Sentimental. Un texto que escribí para dicho espacio invitado por su autor que ha tenido la idea o iniciativa de conmemorar el centenario del club hacia cuyos colores profesamos afición común mediante escritos de corte sentimental o nostálgico. El propio Holden, en ese sentido, se ha salido de la tabla con una pieza particularmente emotiva titulada Cien historias mínimas que os recomiendo leer encarecidamente aunque no te guste el Barakaldo e incluso aunque el fútbol no sea de tu agrado.

Portero del Barakaldo, decía. Así es. Ese es el destacado de Mi puerta, el verdadero título del artículo. Con Mi puerta, en realidad, yo he querido rendir homenaje a todos los amigos que se rieron (con razón) de otra pieza que escribí, no sé, entre el año 1997 y 1999, titulada del mismo modo. Mis primeros pinitos frente a un teclado, hablando del Barakaldo, ay. Un incunable que, a veces, aunque no lo creáis, algunas amistades me han pedido que rescate. Desgraciadamente, no tengo de dónde. No sé dónde ni cómo acabó. Una lástima. Por eso, aprovechando la oportunidad que me brindaba el bueno de Caulfield, me decanté por hacer una versión 2017 de Mi puerta.

En fin, no me enrollo más. El anzuelo está lanzado. Recordad: yo fui portero del Barakaldo CF. En serio. Lo fui. Esto os ha de obligar a ir a Crónica Deportiva Sentimental y leerlo. Hacedlo pinchando aquí. Y ya daos un garbeo por el blog de Holden y, si os mola, recordad que también escribe (impresionantemente bien) de música en el ya mítico Fiasco Fiasco.

Ale pues.

* En la imagen, la portería del fondo de La Kábila, en el antiguo Lasesarre. Mi puerta.