El miedo

Decía un tipo de estos que se hicieron famosos en los late-nights hablando sobre la crisis económica, de esos que ahora se hacen llamar coach o algo así, que, muchas veces, nos preocupamos por cosas que no han pasado y que, probablemente, no van a pasar.

Interpreto esta máxima suya como conato de respuesta a la incapacidad que tenemos para racionalizar los miedos, las incertidumbres. La cuestión es: ¿se puede aprender a hacerlo? Entiendo que sí y que precisamente a ello, entre otras cosas, se dedican esos profesionales a los que me refería. Pero aún así, también entiendo que es francamente difícil desprenderse de ellos.

Es difícil, precisamente, porque los miedos, el miedo, bloquean, a menudo, nuestra capacidad de raciocinio. Nos nublan y paralizan. Y da igual si se tiene motivo o no para temer. Incluso me atrevería a decir que, a veces, una excesiva capacidad para entenderlo todo nos hace más conscientes de las amenazas (reales o imaginarias) que nos rodean, aunque luego debamos emplear ese mismo mecanismo para superarlo.

Igual no es sólo nuestra mayor consciencia la que incrementa la aparición de los temores. Creo que la intensidad de los mismos también crece con la edad. Nuestra evolución/involución nos lleva a temer perder las cosas que se van consiguiendo a medida que pasa el tiempo. Y no me refiero, exclusivamente, a cosas materiales. Quizá por eso los que ya lo tienen todo perdido (no me refiero a pérdidas, exclusivamente, materiales) no tengan miedo a nada y se atreven a todo.

Creo que me estoy liando cuando mi objetivo era sentarme a poner negro sobre blanco y a compartir públicamente estos pensamientos para tratar de entenderme y entenderlo. Sí, tengo miedos y creo que cada vez más. Los voy sobrellevando pero a veces me sobrepasan. Y todo desde la irracionalidad, desde la incertidumbre o, dicho de otra forma, todos parten de temores a cosas que no me han pasado y posiblemente no me vayan a pasar. Lo del coach.

Lo que también conocemos como preocupaciones. Me decía no hace mucho mi amigo Javi que la propia palabra ya lo advierte en su forma. Antes de la ocupación, antes de estar ocupado, antes de estar en ello. Cuando llega el ello, para bien o para mal, desaparece la preocupación, desaparece la angustia previa. Desaparece buena parte del miedo. O no. No sé.

Miedo a escribir del miedo. Incluso hay – ha habido – de eso. a costado parir este texto. Admitir los miedos, aunque todos los tengamos, cuesta. Pero es terapéutico compartirlo. O eso creo yo. Hace poco lo comprobé al tratar el tema con amigos. El mal de muchos, ya sabéis. De la conversación se extraían aspectos del tipo de si los miedos simbolizan la incapacidad a abandonar la zona de confort, si son síntomas de comodidad, si el miedo es propio de conservadores, etcétera. Que si no nos han enseñado a afrontar los miedos y las incertidumbres y, por tanto, no sabemos aprovechar las oportunidades que, algunos dicen, también surgen en esos momentos. No sé. Lo dejamos aquí. Otro día, quizá, volveremos al tema. Si hay valor.

Buenas tardes.

* La imagen pertenece a mi colección de Paredes que Hablan.

Notas a vuelapluma de una tertulia sobre trascendencia, azar y eneagramas.

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La trascendencia. El azar. El eneagrama. El discurso. Quién me iba a decir a mí que el ir llorando sobre la mala suerte que persigue a mi equipo de fútbol tras caer eliminado en Copa del Rey iba a acabar (de)generando una conversación así. La inescrutabilidad, añado.

Yo no sé explicar muy bien qué es eso que me aterraba de niño y que en la actualidad me fascina. Esa percepción de exclusividad vital, de unicidad, de conexión con mi propio ser. Esa consciencia (si es que puede ser consciencia) de que estoy sentado delante de un ordenador tecleando este escrito. Que lo hago yo. Una persona. Esta persona. Mi persona. Yo. Me toco un brazo después de escribir ésto. Sigo sin saber explicarlo. Me encanta, por otra parte, no saber explicarlo. Me pareció entender a mi contertulio que las religiones nacieron precisamente con el fin de superar ese miedo a no encontrar explicación a esa aterradora y fascinante sensación. Y que, más o menos, de eso va un poco todo el rollo de la trascendencia. No sé, me suena todo muy new age, la verdad, y nunca me he considerado yo muy espiritual aunque quizá lo sea. Y ya no tengo pelo para dejarme coleta.

El azar, por otra parte, quedó un poco denostado. La suerte, la fortuna, ese concepto abstracto al que muchas veces nos agarramos para, nuevamente, tratar de explicar(nos) cosas. Creo que lo sustituimos por confianza o autoconfianza. Creer. Creérnoslo. La profecía autocumplida y tal. El efecto Pigmalión. Llámalo fe, qué sé yo. Y salió, claro que salió, el nombre de Simeone como ejemplo. Igual pecamos de evidentes y de obvios pero, ojo, los datos le han respaldado. Este tipo parece que generó confianza en el Pupas. Y se lo han creído a pies juntillas.

Y el discurso. O, mejor dicho, la narración del discurso. Que llegue el gurú y difunda su mensaje pero que tenga altavoces, resonancia. Siguiendo con el fútbol como ejemplo, recordamos a la Roja cuando aún no lo era. Mi compañero dijo que fue Luis Aragonés quien rebautizó así a aquella España que hasta 2008 no pasaba de cuartos de final. Un rebautizo, una refundación, un cambio. Y una cohorte de voceros dispuestos a difundir la nueva buena y una audiencia que se la cree. Todos los medios hablando de La (nueva) Roja y creyendo en que algo había cambiado. Campeones de Europa. Algo cambió, sí.

Autoconfianza, fe, nuevo discurso y nuevas formas de narrarlo y difundirlo.

Y ya tampoco me preguntéis como pasamos a hablar del Eneagrama de la Personalidad. Y aquí ya no me pidáis reflexiones tan sesudas (lo digo como si las anteriores lo hubieran sido). Me quedo con lo anecdótico, con el colorín: soy un siete, un 7, soy un puto cienfiebres que hoy tiene que plasmar por escrito lo que disfrutó teniendo una tertulia así y mañana quilosá qué será lo próximo que le entusiasme.

Buenas tardes.

Disfrutar sufriendo

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Hace unas semanas leía un interesante artículo titulado ‘Gestionar el sufrimiento’ en el que se daban algunas claves para sobrellevar los reveses que la vida nos da. Trucos basados en la confianza, el acompañamiento, en el acto de compartir… Pautas para tomar el toro por los cuernos, para hacer de la introspección la actividad que nos ayude a afrontarlo…

Considero recomendable su lectura, la cual, a su vez, me llevó a reflexionar en torno a una cuestión que, creo, no aparece reflejada en dicho artículo: el placer del sufrimiento. Sí. Creo que hay gente que disfruta sufriendo.

Es cierto que el disfrute de determinados padecimientos se produce cuando estos son, digamos, banales. Por ejemplo, hace una semanas, veía yo por la televisión las evoluciones (o, en este caso, involuciones) futbolísticas de uno de mis equipos predilectos, el Liverpool, frente al Crystal Palace. Un partido en el que comencé a sufrir de manera intensa cuando los londinenses marcaban un segundo gol que ponía el 2-3 en el marcador, tortura que culminó dolorosa con el empate final y, a la postre, con el resultado que significaba tirar por la borda casi definitivamente (y como, efectivamente, así ha sido) un título de liga 24 años después.

En aquellos angustiosos momentos, compartí mi dolor con otro amigo red que también se mostraba consternado por lo vivido. Pero ambos teníamos la certeza de que, aún a riesgo de volver a pasar por el mal trago, la siguiente jornada volveríamos a estar frente a la pantalla dispuestos a disfrutar sufriendo.

Otro ejemplo de eso del placer (banal) que produce sufrir, lo encontramos en las personas que se someten a duras pruebas deportivas. Hace poco un amigo participó en un ultratrail por la montaña. Para los neófitos en esta terminología, un ultratrail por la montaña se traduce en correr, en este caso, 90 kilómetros a través de riscos, senderos, descampados, salvando importantes desniveles, etcétera. Mi amigo lo hizo. Corrió (disfrutó, sufrió) 90 kilómetros en algo más de 17 horas. La angustia, el dolor que reflejaba su rostro en algunas fotos que le sacaron eran realmente estremecedoras. Y, aún con todo, su valoración a lo vivido (lamentado) era muy positiva.

Asimismo, considero o, al menos, creo haber conocido a personas que encuentran satisfacción y placer en el hecho de regodearse en situaciones de padecimiento. Personas que parecen disfrutar lamentándose, que se revuelcan por el barro del sufrimiento y, aunque manifiestan su intención de querer acabar con ello, no parecen demostrarlo con sus actitudes.

Supongo, como también traslada el mencionado artículo, que anclarse en estas situaciones se convierte en algo adictivo, que, aunque agota mental emocional e incluso físicamente, es complicado salir de ese círculo… Y dado que la propuesta de solución que aporta la pieza de Miriam Subirana se basa – a grosso modo – en prestar atención a las cosas que nos aportan bienestar, ¿no será que la gente no sale porque, como en los casos de los “sufrimientos banales” expuestos más arriba, disfruta sufriendo? En definitiva, si disfruto así (aunque sea de una forma inconsciente), ¿por qué he de cambiar mi estado, por qué he de dejar de sufrir?